Un escritor de pan y navaja

José Luis Sampedro, autor de ‘El río que nos lleva’, la novela que inmortalizó a los gancheros del Alto Tajo, cumpliría el 1 de febrero 100 años. • Su figura quedó íntimamente ligada a la provincia no sólo por la publicación de este libro en 1961, sino por los reconocimientos y agradecimientos mutuos que se cruzaron el escritor y los guadalajareños durante más de medio siglo, una historia que todavía continúa...


El río que nos lleva’ iba a tener otro título. La novela que transcurre en el Alto Tajo y con la que José Luis Sampedro elevó al olimpo literario a esos titanes que pastoreaban troncos sobre las aguas, iba a titularse ‘Pan y navaja’. Lo confesó el escritor en alguna ocasión: fue la editorial la que le convenció del cambio. Pan y navaja era lo que comían los gancheros y, de algún modo, representaba la vida humilde que llevaban unos héroes pegados a la tierra que el escritor, cuando aún era un niño de 13 años que se bañaba en el Tajo en Aranjuez, descubrió una mañana de agosto “con ojos maravillados”. Con aquellos hombres “tan auténticos y tan poseídos de sí mismos” tuvo, como reconocería con el tiempo, “un amor a primera vista”.

La autenticidad y la humildad que conmocionaron al niño fueron rasgos que emocionaron siempre al escritor. Los gancheros eran, en realidad, el tipo de personas que merecían la admiración de Sampedro y, tal vez por esto, también él quiso ser como ellos y acabó convertido en un escritor de pan y navaja, un ejemplo de sencillez, de autenticidad y de humildad. El gran escritor que huyó de las modas y se mostró fiel a sí mismo; el economista que quiso poner la economía al servicio de los pobres; el senador al que no se le pegaron los tics aristocráticos y que acabó siendo un referente del 15M en las plazas; el literato encumbrado que se veía más sensato que sabio y al que le preocuparon siempre más los lectores que los galardones y la posteridad fue, también, un guadalajareño agradecido. Y un ejemplar único en su especie, porque logró que se le tuviera por guadalajareño sin haber nacido ni vivido jamás en Guadalajara.

Los gancheros y Sampedro

La relación de Sampedro, que este 1 de febrero cumpliría 100 años, con la provincia se inició antes de publicar en 1961 ‘El río que nos lleva’. Empezó en los caminos. Para escribirlo se echó la mochila al hombro y, en ella, un mapa enrollado de quince metros que él mismo hizo a partir de los planos de escala 1/50.000 del Instituto Geográfico.

Como contó en su libro de memorias ‘Escribir es vivir’, fue después de publicar ‘Congreso en Estocolmo’ cuando vio llegado el momento de regresar tras la pista de aquellos tipos que “parecían de bronce, de hierro y de cuero”, cuyo oficio en los años cincuenta ya se había extinguido. “La huella imborrable que dejó en mi inconsciente juvenil el impacto visual de encontrarme un día el río entarimado y las relaciones entabladas con quienes habían traído las maderas, más pronto que tarde tendría que convertirse en novela, aunque yo no lo supiera a mis trece añitos”, rememoró en una conferencia en Santander de 2003. El escritor siempre recordaba los veranos de 1930 a 1935 en que había conocido a los gancheros. Tras la guerra, “el azar” le volvió a aproximar a estos hombres que había conocido de niño y decidió entonces reencontrarse con ellos “en su ambiente”. El largo tiempo que empleó en documentarse se encontró, según reconocería en el prólogo de una de las ediciones del libro, entre sus “más estimulantes vivencias”.

Luego vendría el proceso de escritura, madrugando mucho para volcar sobre el escritorio la historia imaginada pero ambientada en el Alto Tajo. Escribía antes de ir al trabajo, a partir de las cuatro de la mañana, “la hora a la que pasan las ideas”. Cuando se publicó el texto no fue precisamente un ‘best seller’. El éxito llegaría más tarde, cuando el escritor se popularizó en los años ochenta y a raíz de la versión cinematográfica dirigida por Antonio del Real en 1989 y en la que Sampedro, según confesó alguna vez en privado, echaba en falta la sensación “de camino” que él sí había trasladado a las páginas.

El ‘río que nos lleva’ relata la historia del irlandés Shannon entre un grupo de estos personajes capitaneados por un capataz, apodado ‘el Americano’. Aunque la aventura es inventada, los paisajes y la cultura guadalajareños calan a fondo las páginas. La Guadalajara que recrea Sampedro es la de “un mundo donde el hombre es más verdadero” y una tierra “donde los hombres son todavía -sí, todavía- generosos, cordiales y entrañablemente humanos”, según escribió en un prólogo a una edición con motivo de la película. Los gancheros de las sierras de Cuenca y Guadalajara suponían para el escritor la expresión de una forma de vida con “aplomo” y “elementalidad”; los veía como hombres “acabados, definitivos, recios, labrados como en granito de bloques de sangre y músculo”, frente a los cuales el resto éramos “seres a medio hacer”.

El librero y la bibliotecaria

Estoy muy unido a esas tierras desde que las descubrí con los gancheros”, reconoció el escritor en una entrevista de hace ocho años. Pero entre la mera publicación del libro y el auténtico idilio con Guadalajara surgió la figura imprescindible del librero Emilio Cobos, que obró de cupido. Lo recuerda ahora, a sus 85 años, rodeado de ediciones extranjeras y ejemplares de coleccionista de varios de los títulos de Sampedro. Tiene más de 40 libros firmados por su amigo el escritor y dedicados, según puede leerse envarios, a este “librero ejemplar”.

Y ejemplar fue a la luz de los hechos. Cobos, que había tenido la primera noticia de la novela de los gancheros gracias a un catálogo, se peleó la reedición de ‘El río que nos lleva’ cuando estaba agotado en su primera edición del sello Aguilar. Aliado con Caja de Guadalajara, que también por entonces tuvo el empeño de querer regalarlo con motivo del Día del Libro y que se comprometió para ello a comparar mil ejemplares, removió Roma con Santiago para rescatar el título del ostracismo, a pesar de la negativa de Aguilar a hacerlo. Por mediación de la agente Carmen Balcells logró el compromiso de una edición por parte de Alfaguara que, no sin tesón, finalmente salió adelante. La Caja pudo así regalar el libro entre sus clientes y José Luis Sampedro visitó la ciudad para la ocasión, con un acto público en el que la amistad con Emilio Cobos empezó a tomar forma. Pronto vendrían las llamadas constantes, las comidas de los matrimonios en una u otra casa y, al cabo de los años, el recuerdo mezclado con admiración del librero hacia el escritor: “Era una persona absolutamente entrañable, una delicia”.

Cobos estaba con Sampedro, por ejemplo, el día en que el rey le llamó para ser senador en las Cortes Constituyentes. Pero, además, el librero fue el auténtico “puente”, como él dice, entre el escritor y las autoridades e instituciones arriacenses. “Sampedro estaba totalmente entregado a Guadalajara desde el primer momento, pero hacía falta un carril para que eso llegase a algún lado”, explica Cobos a Cultura EnGuada. Fue él quien le organizó un encuentro con alumnos de un instituto para que diese una charla y quien le presentó a otra de las personas de la ciudad que acabaría tejiendo amistad con el novelista, Blanca Calvo. La bibliotecaria era en 1991 alcaldesa y promovió el nombramiento del escritor y economista como Hijo Adoptivo. Lo hizo en el Ayuntamiento con un acto conjunto con el poeta humanense Ramón de Garciasol, que se convirtió así, como bromeaba Sampedro, en su “hermano adoptivo gemelo”.

A partir de aquellos primeros contactos de carácter más oficial –lo fue también el nombramiento de Socio de Honor en la Biblioteca Pública– como alcaldesa o como directora del centro que entonces tenía sede en el Infantado, también Blanca Calvo tuvo oportunidad de vivir diversas experiencias con Sampedro que refortalecieron su relación. Lo fueron la enérgica adhesión del novelista contra el canon por préstamo en las bibliotecas o la fiesta sorpresa que su editorial le dedicó en Madrid por el 90 cumpleaños. Desde su posición privilegiada, Calvo describe algunas de las virtudes que observó en Sampedro: “era muy desprendido en su trato con el dinero”, “una persona joven de cabeza con una frescura muy agradable”, “un hombre que no tenía ninguna vergüenza de decir lo que pensaba, por radical que fuese” y que, “a diferencia de otros sabios y economistas, tenía un optimismo concienciado: era lúcido y realista, pero siempre mantenía un punto de esperanza” en su análisis de la realidad. Y, por supuesto, remarca el modo en que hablaba de la provincia: “La quería muchísimo y recordaba muchas anécdotas de la época en que vino para hacer el libro; esa forma de hablar de Guadalajara era un reconocimiento del amor que siempre la tuvo”.

Contando cuentos, en la balanza...

En sus tres visitas al Maratón de los Cuentos, del que Calvo es ‘alma mater’ y actual cerebro como presidenta del Seminario de Literatura que lo organiza, recuerda que Sampedro “lo disfrutaba muchísimo y lo hacía disfrutar”. Desde la primera edición, que el escritor nacido en Barcelona apoyó junto a Antonio Buero Vallejo o Ramón de Garciasol, se mostró siempre muy resuelto y divertido: “contaba sin papeles; con anécdotas graciosas, como solía hacer siempre él, con las que el público reía mucho”, recuerda ahora Calvo. En uno de los cuadernos de bitácora donde la organización levanta acta del transcurso de cada edición, hay una dedicatoria con la firma del autor de ‘Octubre, octubre’, que versa: “Otro año más en este ambiente gratísimo, popular y culto, que recuerda el foro y el ágora. Gracias por invitarme”.

Entre nombres de calles y centros educativos y encuentros más o menos solemnes, la relación del novelista con la tierra en la que ambientó la segunda de sus novelas avanzó al alza durante más de medio siglo. Calvo y Cobos piensan, no obstante, que los reconocimientos institucionales nunca estuvieron a la altura. “Han estado muy por debajo, seguramente por desacuerdo ideológico, porque Sampedro siempre fue un economista muy contrario al sistema capitalista”, puntualiza como posible causa el librero. Algo similar sostiene Calvo: “Reconocimientos oficiales ha habido muy pocos, pero populares sí que ha tenido más, que eran los que más le gustaban, porque él prefería marcharse a un acto sencillo de un pueblo que en su honor le ponía su nombre a una plaza”.

Los Econoplastas, un colectivo surgido al calor del Rincón Lento para promover el debate sobre economía, han escrito uno de los más recientes pero intensos capítulos de esta relación de afectos cruzados entre Guadalajara y el autor de ‘La sonrisa etrusca’. Cuando publicaron ‘Cuentos chinos de la economía’, le hicieron llegar un ejemplar que el escritor recibió con sus habituales amabilidad y buen humor, asegurando que se había sentido “feliz” al leerlo y de descubrir que él también era un ‘econoplasta’. Tras su fallecimiento en abril de 2013, la Asociación de Amigos de José Luis Sampedro y Los Econoplastas han reeditado un pequeño ensayo, con el título ‘Economía eres tú’, con el que el vínculo entre el escritor y los alcarreños sigue prolongándose incluso de manera póstuma. En este centenario que asoma en el primer tramo de 2017, los Econoplastas son, junto al Instituto José Luis Sampedro, la única llamada que ha recibido la familia del escritor desde Guadalajara para impulsar un homenaje.

Una vez más, los tributos llegan de mano de las gentes antes que de las autoridades. Tampoco tras su muerte las instituciones pasaron de los telegramas y comunicados de rigor, mientras que algunos amigos sí se reunieron en la Biblioteca Pública para recordarle y reivindicarle. Nada que no esté en consonancia con un escritor que siempre se mostró más conmovido por el cariño de las gentes, como reveló días antes de acudir a recoger el premio Su Peso en Miel en Peñalver: “Me gustan las cosas sencillas y verdaderas, a veces me invitan a cosas de categoría y no voy, pero una iniciativa cultural de un pueblo, simpática y graciosa, me atrae más y voy con ganas de complacerles y de pasarlo bien”.

Aquel 26 de abril de 2008 todos lo pasaron bien y para que así fuese, Sampedro aguantó estoicamente a pesar de que su débil salud no le hizo disfrutar como hubiese querido. Él no sólo agradeció el premio con su presencia, sino que, ya de vuelta a casa con los 72 kilos de miel que marcó la balanza, envió un lote de otros tantos kilos de libros para el pueblo. Un gesto que el alcalde, José Ángel Parra, comentó alguna vez en privado admirado por la muestra de calidad humana del novelista. Un escritor humilde, agradecido y auténtico, como aquellas gentes que almorzaban pan y navaja a la orilla del río.


Reportaje publicado originalmente en el número 14 del periódico trimestral impreso de Cultura EnGuada, en diciembre de 2016.

 

 

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