Chismes de familia

La joven narradora Tania Muñoz encadenó con mucho sentido del humor varias historias inspiradas en hechos reales y extraídas de un álbum de fotos que mostró a un público que llenó medio auditorio.


Uno nunca sabe hasta qué punto un contador de cuentos le está contando la vedad. Es cierto que esto debería importar muy poco, pero anoche, en el Viernes de los Cuentos, la joven Tania Muñoz insistió en que los personajes, lugares y sucesos que compartió sobre las tablas eran verdaderos. Como se dice en las películas: basado en hechos reales. En su caso, extraídos de un álbum de fotos familiar. Tal vez no sean episodios para enmarcar en las páginas de una enciclopedia de Historia, pero sí ilustran los capítulos de algo así como la memoria de los nuestros. Eso es lo que quiso subrayar la contadora al remarcar la verdad de lo dicho. Que somos más herederos de la historia de Wamba, el fotógrafo de la tienda de al lado, que de Wamba el rey visigodo.

La contadora castellonense se abrió las puertas del Viernes de los Cuentos, una plaza de primera, con su estreno en Guadalajara hace dos años en la sesión de ‘Inauditos’ del Maratón de los Cuentos, donde dejó muy buen sabor de boca. Y anoche, en el Salón de Actos del CMI de Aguas Vivas –el auditorio volvió a flaquear un año más por diciembre: ¡ay, los compromisos navideños!–, la joven narradora demostró que tiene voz propia: se ha trabajado un estilo muy personal y cuenta con un repertorio interesante, en el que narra relatos muy pegados a la calle con dosis de buen humor.

Muñoz arrancó con la divertidísima historia de sus tías Rosario y Teresa, mimetizadas hasta tal punto que a sus sobrinos les resultaba imposible diferenciar a la una de la otra. Una de ellas (¿Rosario? ¿Teresa?) se casó con el tío Antoniet, hijo del mítico Wamba (el fotógrafo de Castellón, no el rey visigodo). Con muy buen manejo del monólogo cómico, pero sin perder el sentido narrativo con que llevaba al público de un pasaje a otro, la contadora dio testimonio –contó la verdadera historia– de la primera instantánea movida del arte de la fotografía.

No menos divertida fue a continuación su crónica de la revelación de la Virgen María a una niña en un pueblo de Castellón para anunciar una aparición que llevaría a cabo el 1 de diciembre de 1947. Allí se marcharon 250.000 personas –beatos, curiosos y Wamba, el fotógrafo– para presenciar no éste, pero sí otros tres milagros. ¿Invención de Tania? Nada de eso. Es la historia –insistamos: la verdadera historia, busquen en Google– del malogrado ‘Miracle de les Coves’.

El tramo final de la contada llevó al público hasta Extremadura, la tierra del padre de la narradora, para contar la conmovedora vivencia de otra de las tías, extraída esta vez de una página en blanco del álbum. Fue una historia de ausencias, anclada en la Guerra Civil. Aunque el final era previsible, reveló una faceta más tierna y contenida de la narradora. Porque la historia –la verdadera historia– de todas las familias tiene también sus fotos escondidas en un cajón con doble fondo.

Tania cuenta como siempre han contado las mujeres sus chismes al cruzarse en el rellano de la escalera. Los suyos son cotilleos –conviene bajar la voz a veces para contarlos– y pequeños pero sorprendentes acontecimientos dignos de recuerdo en una capital de provincias. Historias que son reales pero que se inflan o se adornan cuando se cuentan con la pasión que tienen quienes ven en la vida la materia de la que está hecha la literatura. El álbum es sólo el punto de partida, pero no basta. Porque no es cierto que una imagen valga más que mil palabras.

 

 

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