Un país de una contada

El narrador Quico Cadaval contó durante hora y media en el Viernes de los Cuentos historias gallegas de vacas, ánimas, soldados y bromistas, en un regreso a Guadalajara que reunió a más de medio millar de espectadores.


A estas alturas no vamos a descubrir que Quico Cadaval es un maestro. Tiene todo aquello de lo que puede presumir un maestro en cualquier disciplina: un estilo propio, un magnífico dominio del fondo y la forma y un público fiel que le sigue hasta la veneración. En el XX aniversario del Viernes de los Cuentos que organiza el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara, el contador gallego era una figura obligada en el cartel. Y la ciudad respondió, con más de medio millar de espectadores ocupando las 400 butacas y casi todos los rincones del salón de actos del CMI de Aguas Vivas. Allí estuvieron los fijos, los habituales y los ocasionales. No faltó ninguno.

La sombra de las palabras’ llevó al público hasta Galicia, territorio mítico de Cunqueiro, que en la voz de Cadaval quedó conformado como un país de patrias muy chicas y mundos muy anchos, con una civilización –una forma de hacer, al modo gallego– que gira en torno a la vaca sagrada y en la que todo es posible porque sucede de una manera auténtica.

El veterano narrador gallego condensó historia, usos y costumbres de Galicia en un suspiro de hora y media, sin ningún punto y aparte, en un ejercicio ininterrumpido de verborrea musical, con un torrente arrollador de costumbrismo, leyenda y poesía que embelesó al público. No fue una sesión con demasiados momentos desternillantes, a diferencia de otras, pero todo lo contó con un humor inteligente, muy pegado a la tierra, que resta dramatismos y grandilocuencias a la vida, que se nos ofrece tremendamente maravillosa pero sencilla.

Lo de Quico Cadaval, ya se sabía, no es un anecdotario dicho con gracia, sino mucho más. Es pura literatura. Cadaval crea personajes de este y del otro mundo con un carácter muy definido en apenas cuatro pinceladas y levanta situaciones inverosímiles sin necesidad de más arquitectura que su voz. Es un animal verborreico capaz de enganchar a su público desde el preámbulo hasta los aplausos sin más ‘atrezzo’ que la botella de agua mineral. Y entre carcajada y carcajada, mientras uno todavía se sonríe con aquel perro llamado Butragueño que no daba con la sílaba tónica, es capaz de sorprender dibujando un arabesco en el aire, como aquel referido a Madame Bobary, que “creyó que el amor podría ser una vocación de la vida y no un condimento”.

Cadaval habló sobre todo de las vacas que pastaban en un prado que tenía una deliciosa hierba salada, La Gandarela. Su minúscula aldea, que linda mar a través con Boston, es la capital de un mundo que se comprime y se expande al gusto del narrador. En su barbería se libró la más apasionante de las batallas entre los partidarios de Hitler y de Churchill, que inspiró el “fracaso histórico” del ‘jacheiro’, personaje marca de la casa donde los haya, “verdadero artista del susto” que “trabaja con el miedo y la esperanza de la gente”. Un tipo que inspira compasión de tan ridículo como es y que protagonizó la recta final de la sesión.

Lo realmente sorprendente no fue el modo en que Cadaval relató cómo los bueyes montaban a las vacas, cómo grupos de treinta gallegos mal armados eran capaces de forzar la huida de 5.000 soldados de Napoleón o cómo una gallega asistió de manera improvisada una noche a una misa de ánimas. Lo verdaderamente sorprendente es pensar que todo lo que Quico Cadaval contó este viernes es verdad. ¿O no?