Cuentos en la penumbra

Una treintena de aficionados a la narración oral celebró anoche en la Biblioteca Pública una contada en corro en homenaje a los inicios de los Viernes de los Cuentos, que cumplen su vigésima temporada.


Al apagar las luces, se encendió la magia. La convocatoria del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara, organizador cada año del Maratón de junio, para reunirse a contar cuentos en corro en el patio de la Biblioteca Pública, una vez selladas las puertas del Palacio de Dávalos, reunió en la noche del viernes a una treintena de personas que, tan solo a la luz de una lámpara con forma de pila de libros, contó una veintena de historias. Fue una ceremonia íntima y seductora en la casa sagrada de la palabra: rodeados de libros; arropándose unos a otros con personajes y escenarios escritos en el aire.

Fueron casi dos horas de cuentos en la penumbra, de historias contadas casi como confidencias. Todo un homenaje a aquel grupo de osados que hace más de veinte años se reunía en la vieja fonoteca del Infantado para contarse cuentos entre Maratón y Maratón. Aquellos querían más… y se han hartado. Estos otros han tomado en plena carrera la antorcha que entonces encendieron los pioneros.

Siempre hemos tenido nostalgia de aquellos Viernes”, confesó en la presentación de la cita la presidenta del Seminario, Blanca Calvo, que repasó “la prehistoria” y la evolución de los Viernes de los Cuentos. Fue ella quien, al terminar su introducción, dio paso al tenso silencio que alguien debía romper con su hilo de voz. Y fue uno de los veteranos, Cuco, de los pocos que también estuvo en aquellas citas fundacionales, quien abrió la velada con una historia desenfadada que dibujó una sonrisa entre los presentes.

A partir de ahí, las historias manaron como un manantial durante cerca de dos horas. Cuentos de pedazos reales de vida, de presos políticos, de abuelos, leyendas de las Tierras Altas de Escocia, fábulas que nos explican la razón por la que los erizos tienen púas o cuentos clásicos con aromas orientales se entremezclaron con narraciones del cortometraje visto ese mismo día o con la ‘metahistoria’ de los Viernes de los Cuentos, contando cómo recordaba otro de los supervivientes aquellas citas a las que el paso del tiempo ha conferido cierto halo de leyenda.

Hubo cuentos breves de Galeano, historias sobre historias, cuentos basados en lo que puede ocurrir en una biblioteca o retazos de novela negra en un tren. También quedaron aclaradas las causas por las que el amor es ciego y siempre está acompañado de la locura.

El Seminario ofreció a los presentes algo de picar y de beber. Hubo quien contó por vez primera sobre una noche de lluvia de estrellas, quien salió al paso de manera espontánea con alguna anécdota y quien, llegada de otras ciudades a Guadalajara, confesó que no se le ocurría mejor manera para estrenar alcarreñismo que contar un cuento.

El conjuro prendió, aunque alguno echase en falta la queimada de los años noventa. Para rendir homenaje a la nostalgia de aquellas sesiones, nada mejor que un remate final con un poema en portugués, una lengua que nos sitúa siempre a un paso de la ‘saudade’. Pero también el tramo final puso la vista en el futuro con un pequeño carrusel de cuentos mínimos –como se llama a los microcuentos contados en la segunda noche del Maratón–, relatos brevísimos que fueron servidos como aperitivos de la próxima sesión de cuentos en corro. No habrá que esperar veinte años: será en febrero. Entonces ya sabrán que cuando la Biblioteca cierre sus puertas y apague sus luces, se encenderá la magia.