Siguiendo los pasos de Cela…

Crónica del viaje del periodista Julio Martínez, que participó en el 'Viaje a la Alcarria' organizado por Diputación y CEOE los pasados 28 y 29 de septiembre y al que fueron invitados medios locales y especializados en turismo. • En 48 horas, la comitiva recorrió buena parte de las localidades que hace 70 años recorrió Camilo José Cela. 


La Alcarria es un hermoso país al que a la gente no le da la gana ir. Yo anduve por él unos días y me gustó. Es muy variado, y menos miel, que la compran los acaparadores, tiene de todo: trigo, patatas, cabras, olivas, tomates y caza. La gente me pareció buena; hablan un castellano magnífico y con buen acento […] 

Camilo José Cela, «Viaje a la Alcarria» – Dedicatoria a Gregorio Marañón.

Camilo José Cela nació el 11 de mayo de 1916 en Iria Flavia (La Coruña). Era un gallego de pro. Sin embargo, también conoció otros lugares. Entre ellos, Guadalajara. Cuando apenas contaba con 30 años, desembarcó en nuestra provincia. Lo hizo un 6 de junio de 1946. Llegaba a la capital para comenzar un periplo que le llevaría a escribir 'Viaje a la Alcarria'. Gracias a esta obra, dio a conocer una de las comarcas arriacenses más representativas. Durante varios días pateó la zona, conversó con sus gentes y vivió intensas aventuras. El escritor sabía que venía a un magnífico lugar. De hecho, cuando estaba decidiendo el destino al que se dirigiría, exclamó: “Sí, la Alcarria. Debe ser un buen sitio para andar, un buen país”. 

Por ello, en el centenario de su nacimiento y en el 70 aniversario de la realización de esta expedición -la obra completa se publicó en 1948 en la Revista de Occidente-, la Diputación de Guadalajara y CEOE han querido rememorar los pasos del Premio Nobel. Así, el 29 de septiembre -el mismo día en el que Buero hubiera cumplido 100 años- ambas entidades organizaron un viaje para periodistas por la Alcarria. No se hizo parada en todos los lugares que recorrió el gallego ni se empleó el número de días que éste utilizó. Pero durante dos intensas jornadas se conocieron los principales sitios por los que pasó el autor.

El comienzo de todo

Por ello, la propuesta se inició en Guadalajara, junto al Palacio del Infantado. Allí, los informadores fuimos recibidos por representantes municipales. Entre ellos, la concejala Isabel Nogueroles y el vicealcalde, Jaime Carnicero. Ambos explicaron su proyecto de declarar Patrimonio de la Humanidad al monumento. “Es el edificio más emblemático de Guadalajara”, comentaba Carnicero.

Tras deleitarnos con el gótico civil isabelino del Infantado, tomamos camino hacia Torija. Durante el viaje en autobús, el guía -un joven arriacense llamado Alberto- nos fue dando algunas nociones sobre nuestro primer destino. “El parador donde se alojó Cela se reinauguró hace tres años”, confirmaba Alberto, que fue uno de los agraciados con el programa 'Journey to the Alcarria', que otorgó 10 becas a estudiantes de diferentes nacionalidades para seguir los pasos del Nobel por la provincia.

Al llegar a Torija comprobamos que, como diría Cela, es “un pueblo subido en una loma”. Pero lo que destaca de esta localidad es su imponente castillo de piedra blanca, que le otorga una imagen incólume, señorial. Además, se trata de una de las pocas fortalezas que se ubican en una plaza de la Villa. De hecho, se encuentra frente al Ayuntamiento, generando una estampa impresionante. Allí, nos recibió el alcalde, Rubén García. Y todos, junto con los diputados provinciales que nos acompañaron durante el periplo -Jesús Parra y Alberto Domínguez-, nos dirigimos al interior del monumento, donde está el Centro de Interpretación Turística de la Provincia de Guadalajara (CITUG) y un museo en honor al Viaje a la Alcarria.

Se trata de una exposición permanente con 21 años de vida -se inauguró en 1995-, ubicada en la Torre del Homenaje de la fortaleza. Fue impulsada por Francisco García Marquina, Manu Leguineche -de quien surgió la idea- y Jesús Campoamor. “Hay expuestos bastantes elementos y utensilios descritos en la obra, así como fotografías del viaje, billetes y monedas de la época, y ediciones del 'Viaje a la Alcarria' escritas en varios idiomas”, comentaba Campoamor. “Es el primer museo del mundo dedicado exclusivamente a un libro”, subrayaba el primer edil, Rubén García.

Una vez conocidos los detalles tanto del CITUG como del museo celiano, seguimos nuestro recorrido. Esta vez lo hicimos en dirección a Brihuega, que era la siguiente parada. 

El Jardín de la Alcarria

Brihuega tiene muy buen aire, con sus murallas y la vieja fábrica de paños, grande y redonda como una plaza de toros. Por detrás del pueblo corre el Tajuña, con sus orillas frondas y su vega verde.

Cela supo captar muy bien la esencia de las localidades arriacenses. Y un claro ejemplo de ello es Brihuega. Tras coger fuerzas con un buen desayuno en la Hospedería Princesa Elima, nos dirigimos a la Real Fábrica de Paños. La redondez de su edificio principal es admirable. Se fundó a mediados del siglo XVIII. Sin embargo, lo más llamativo del complejo son sus jardines decimonónicos de estilo versallesco. La geometría emerge por todos los lados, pero sin dejar de lado un toque romántico.

De hecho, cuando se pasea por el lugar lo primero que se nota es una temperatura más agradable. Sobre todo si la tarde es calurosa. Pero también hay que mencionar la tranquilidad del lugar. Los sonidos del agua de la fuente y del trino de los pájaros son arrulladores. Y el mirador hacia el valle, ¿qué decir de él? Domina todo el Tajuña. Impresionante.

Tras esta imagen única, la ruta continuó por Brihuega. Nos deleitamos con la Iglesia de San Felipe, de estilo románico de transición. “La más bella de la localidad”, reza un cartel cercano. ¡Y se encuentra en una de las arterias principales de la villa! Más fácil para acceder, imposible. Muy cerquita de este santuario está el parque de María Cristina. “La vida se hace aquí”, explicaba un vecino. Precisamente, esta zona verde es una de las primeras cosas que vio Cela al llegar al 'Jardín de la Alcarria'. “Fuera de la puerta queda una alameda umbría, acogedora. Unas muchachas charlan en un banco. Ríen a grandes voces, y se dan palmadas en las piernas. Después se levantan y van a beber agua a la fuente”, señalaba el viajero.

La puerta a la que se refiere Cela es la de la Cadena -que daba acceso a intramuros-, por donde nos volvemos a introducir en Brihuega. Recorremos sus callejuelas, hasta llegar a la Fuente de los 12 caños, en la que tomamos fuerzas y seguimos hacia las Cuevas Árabes. Éstas consisten en una imbricada red de galerías, construidas entre los siglos X y XI. Su trazado es laberíntico, de ocho kilómetroS de longitud. Por ello, se han instalado diferentes separaciones en sus pasillos, para establecer un recorrido y que la gente no se pierda en su interior. Por último, al salir del subsuelo, disfrutamos del castillo de Peña Bermeja -que también se encuentra asomado al Tajuña- y del futuro museo de la Historia local, un proyecto que fue explicado por el alcalde, Luis Manuel Viejo.

Sin prisa pero sin pausa

Dejamos atrás Brihuega para adentrarnos en la carretera de Masegoso de Tajuña, lugar en el que hicimos parada y fonda. Pero antes de llegar nos encontramos con Cívica. Lo que nos llamó la atención de este caserío fue la roca. Se emplaza en una ladera con escarpes de caliza. Un conjunto pétreo en el que, durante la década de 1960, se excavaron una serie de galerías y escaleras -que, a su vez se encuentran protegidas por balaustradas- que le confieren una imagen única, mágica. La curiosa estampa se encuentra acompañada por multitud de arroyos y chorreras. El agua es la protagonista.

Tras contemplar Cívica, llegamos a Masegoso. Según Cela, es “un pueblo grande, polvoriento, de color plata con algunos reflejos de luz de la mañana, con un cruce de carreteras”. Se trata de un municipio animado. Durante la Guerra Civil estuvo afectado por los bombardeos -salvo la iglesia-, por lo que fue reconstruido por la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones. A pesar de ello, la localidad se recuperó enseguida. De hecho, han abierto una exposición permanente sobre actividades pastoriles y agrícolas. “El museo surgió para conservar y mostrar los utensilios de antaño”, confirmaba el alcalde, Jesús Villaverde. Tras esta visita, mitigamos el hambre en el restaurante Las Vegas.

Al acabar el cabrito asado, nos montamos otra vez en el autobús. Íbamos a Cifuentes, villa presidida por el castillo de don Juan Manuel. Nos recibió el primer edil, José Luis Tenorio, quien hizo hincapié en la riqueza patrimonial, natural e histórica de la localidad. “Aquí nació la Princesa de Éboli”, señalaba. Tenorio iba relatando estas informaciones mientras nos hizo un completo recorrido por el municipio. Visitamos, entre otros, la Iglesia del Cristo Salvador, San Francisco o la antigua sinagoga, que mantiene su pórtico muy bien conservado. En definitiva, y como diría Cela: “Cifuentes es un pueblo hermoso, alegre, con mucha agua, con mujeres de ojos negros y profundos, con comercios bien surtidos […]”.

El Oasis de la Alcarria

Esta intensa actividad mercantil sigue vigente en Cifuentes. Aunque una de sus mayores fuentes de ingresos es la Central Nuclear de Trillo I.  Una situación que se repite en la localidad que da nombre a esta industria. Hecho que no impide que la villa trillana tenga una gran belleza. Nos dirigimos hacia ella. Pero ya estaba cayendo la tarde y las luces del crepúsculo invadían el horizonte. A pesar de ello, pudimos disfrutar de una magnífica visita teatralizada por las calles del municipio.

La guía iba caracterizada como una reportera de los años 20 -cámara de fotos incluida-, y no dejó ni un solo detalle sin mencionar. Nos habló del puente sobre el Tajo y de sus cimientos romanos. Conocimos la ribera del rio Cifuentes, que desemboca en Trillo y que genera unas cascadas impresionantes. La noche acabó invadiendo todos los rincones, por lo que las formas apenas se distinguían. No así los sonidos. Nuestra cicerone era consciente de ello. Por ello nos pidió que cerrásemos los ojos. Sólo se escuchaba el arrullo del agua. Conocimos el himno oficial de Trillo…

La visita terminó en la Plaza Mayor, junto a la Iglesia. Sin embargo, nos emplazamos para el día siguiente, con más luminosidad. Así podríamos tomar más instantáneas. De allí fuimos al Balneario Carlos III, donde nos alojamos, cenamos y disfrutamos de un espectáculo de magia. El viernes por la mañana pudimos observar la riqueza de la localidad. Entendimos porqué a Trillo se le llama el 'Oasis de la Alcarria'. Una suntuosidad natural que explicó Cela magníficamente: “Al llegar a la localidad el paisaje es aún más feraz. La vegetación crece al apoyo del agua, y los árboles suben airosos, como en Brihuega”.

Lo más polémico entre los asistentes fueron las altas chimeneas de la Central Nuclear, que hacían competencia a las tetas de Viana. La batalla fue ganada por éstas últimas. Son dos montes gemelos, de similar altura, que simulan ser los senos de una mujer. No los perdimos de vista en el viaje hacia el Monasterio de Monsalud, nuestro siguiente destino. Allí nos ofrecieron otra visita teatralizada. El guía apareció vestido como un monje de época. Y, en su intervención, nos describió la historia y leyendas de este complejo cisterciense. 

Así supimos que antiguamente se creía que la Virgen de Monsalud era milagrosa y que curaba las aflicciones del corazón y a los endemoniados. Por ello, según cuenta la tradición, las brujas se acercaban hasta el lugar para expiar sus pecados. La visita finalizó con la degustación de un vino en una bodega subterránea muy cercana al monasterio, aunque más moderna que el resto del conjunto. Allí probamos el único caldo que, actualmente, es producido por monjes benedictinos en España. 

¿Y qué pasó con los visigodos?

Tras salir de Monsalud, el recorrido tocaba a su fin. Pero todavía quedaban lugares muy interesantes por conocer. Nos dirigimos a Zorita de los Canes, para imbuirnos de su luenga historia. Comenzamos por Recópolis, que fue una ciudad visigoda de nueva planta fundada en el 578 por el rey Leovigildo. Llegó a ocupar 33 hectáreas, aunque actualmente sólo está excavado el 10%. A pesar de ello, pudimos disfrutar de su grandiosidad. De hecho, se han hallado construcciones comerciales, palaciegas, religiosas… “En su entorno, incluso, hay restos de un acueducto que abastecía de agua a algunas zonas de la ciudad, como el conjunto palatino”, nos describieron. 

Además, en esta antigua urbe se han recuperado vestigios de tres culturas: visigodos, musulmanes y cristianos. Todo un lujo. Por ello, y a pesar de las altas temperaturas -visitamos la zona al filo del mediodía-, nos quedamos asombrados de su esplendoroso pasado. Fue tal la relevancia que tuvo Recópolis, que las fotografías bullían. Nos íbamos quedando por el camino para retratar su patrimonio. La guía, sorprendida, insistía que no se dispersara el grupo. Si estábamos juntos nos enteraríamos mejor de los detalles. Una situación que se volvió a repetir en el castillo calatravo de Zorita, que conocimos a continuación.

La visita a la fortaleza fue rápida. Debíamos marchar a Pastrana, última etapa del recorrido. Allí comimos y contamos con la presencia del alcalde, Ignacio Ranera, del presidente de la CEOE-Guadalajara, Agustín de Grandes, y del máximo responsable de la Diputación, José Manuel Latre, que nos había acompañado previamente en Trillo y Masegoso de Tajuña. Tras un buen menú, descubrimos los secretos de la villa. Pasamos por el Palacio Ducal, donde estuvimos en la habitación en la que la Princesa de Éboli estuvo presa hasta su muerte. Desde esta dependencia la noble observaba la Plaza de la Hora, un espacio que Cela describió como “cuadrado, grande, despejado, con mucho aire. Es también una plaza curiosa, con sólo tres fachadas, abierta a uno de sus lados por un largo balcón que cae sobre la vega”.

Nuestro recorrido no terminó aquí. Tuvimos la oportunidad de entrar en la Colegiata pastranera y ver la colección de tapices custodiados en su museo. Son unas obras de arte flamencas realizadas en el siglo XV. Todo un lujo digno de visitar. Fue un inmejorable colofón para un viaje intenso y enriquecedor. Parafraseando a don Camilo, aprendimos muchas cosas, pero aún nos quedan otras tantas por conocer. Porque la Alcarria guarda riquezas, secretos y rincones innumerables. Dignos de hacer cientos de visitas…