Algo más que una ocurrencia

La periodista Concha Balenzategui recuerda el marco en el que surgió el primer Maratón en la plaza Mayor, siendo Blanca Calvo alcaldesa y en un momento políticamente convulso, donde más de uno pedía su dimisión. 


Blanca Calvo lo “soltó” en una reunión de vecinos en Marchamalo. La alcaldesa hacía una ronda de visitas a los centros sociales de barrios y pueblos anexionados -entonces Marchamalo lo era- contando sus acciones y sometiéndose a preguntas. Y allí, hablando de alcantarillas -ese tema le gustaba mucho-, del montante que se llevaban las peñas festivas -en eso fue muy beligerante- y de otras cuestiones, anunció que el Ayuntamiento iba a convocar un maratón de cuentos, con el que intentaría inscribir a la ciudad en el Libro Guiness de los Récords. Era una actividad para dinamizar la Feria del Libro, que el Ayuntamiento organizaría a finales de abril, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Cervantes y Shakespeare.  

La alcaldesa amplió la noticia en rueda de prensa en los días siguientes. “Ocurrencias de bibliotecaria”, pensaron muchos. Y realmente, la iniciativa no fue fácil. Recuerdo las críticas de los concejales de la oposición, incluso de algún técnico del Patronato de Cultura. Y hasta un titular de primera página de Guadalajara 2000: “Blanca Calvo organiza cuentacuentos mientras piden su dimisión”. Así estaba el patio. 

Para entender estas cuestiones hay que retrotraerse 25 años atrás, a una España que había superado la Transición y la “Movida”, marcada por los grandes eventos del 92. Barcelona tenía sus Juegos; Sevilla, la Expo; y Madrid, la capitalidad cultural europea. Quien más quien menos se dejaba arrastrar por ese espíritu de hacer “algo sonado”. En Guadalajara había un ambiente cultural que entonces no percibimos como extraordinario, pero lo era. La ciudad, que albergaba actuaciones como la de Michael Nyman o Kiko Veneno, y en la que los grupos de música locales se contaban por decenas, vio nacer, aquel mismo año, además del Maratón de Cuentos, el Club Siglo Futuro (luego Fundación) y el Tenorio Mendocino, cuya solidez prueba el hecho de que soplen las 25 velas en espectacular estado de forma, y sean, aún hoy, las tres patas más importantes de nuestra cultura emanada de la sociedad civil.

 

Al margen de la cultura, Guadalajara vivía una época de efervescencia. En lo político, la etapa de Blanca Calvo en la Alcaldía -13 meses- fue tan convulsa como apasionante desde el punto de vista periodístico. El hecho de que un partido con 3 ediles mantuviera el bastón de mando frente a 22 concejales (gracias al apoyo inicial del PSOE), mientras un tránsfuga tenía en vilo el devenir de la gobernabilidad, aportaba grandes titulares diarios, en la provincia, y a veces a nivel nacional. Pero esta vez Calvo iba a conseguir una repercusión para Guadalajara distinta a la singularidad de su gobierno, un accidentado encierro nocturno -Ferias del 91-, las manifestaciones contra el cierre de Colgate, o las patrullas vecinales que plantaban cara a toxicómanos en las Casas del Rey. 

Mientras la labor de acoso y desgaste de la oposición contra el Equipo de Gobierno no aflojaba,  la “ocurrencia” de Calvo tomó forma y encontró grandes aliados. El Maratón consiguió el favor de nombres importantes de la cultura provincial, como Antonio Buero Vallejo, José Luis Sampedro, Ramón de Garciasol, Andrés Berlanga, Ramón Hernández, María Antonia Velasco, Francisco García Marquina, Alberto Pérez o Fernando Borlán. Ponía los pelos de punta verles ocupar las  sillas delanteras en aquella primera edición rodeada de las nueve casetas de libreros, que entonces no reclamaban su instalación en la Concordia. 

La infraestructura era sencilla, con un escenario apenas elevado y una mesa de organización en la que se turnaban funcionarios municipales. Pero allí estaban también los 52 murales elaborados por colegios, como prueba del apoyo popular, y cientos de personas, por momentos miles, que se juntaron a escuchar. Aunque en los días previos hubo incertidumbre, desde el momento en que se iniciaron los relatos, incluso desde la víspera (con un espectacular pasacalles, participativo y creativo como pocos) se supo que la batalla de los cuentos estaba ganada. El apoyo de los grandes nombres hizo aflojar las críticas, y sobre todo, las gentes de Guadalajara lo aceptaron, lo vivieron y lo disfrutaron. Quien no acudió, que los hubo, tenía miras muy cortas, o era un auténtico cenizo.

Lo narraba perfectamente el periodista Antonio Pérez Henares, que se destacó por su apoyo a la iniciativa y su beligerancia contra los detractores: “Si se hubiera hecho una memez rimbombante, con mucho protocolo y todo lleno de colgajos, discursos y etiquetas para celebrar el Día del Libro, a unos cuantos idiotas les hubiera parecido que ellos no se podían perder el acto y hubieran pujado por la primera fila. Pero como se ha hecho una cosa creativa; se ha contado, leído y escuchado, que es la mejor manera conocida de transmitir y dar cultura, pues a la gente que mide la cultura por los metros que tiene de libros encuadernados en el mueble del comedor le ha parecido poco menos que una ordinariez”, dejó escrito “Chani”. 

De aquel recién nacido Maratón hay que decir que los primeros narradores fueron los tres concejales de IU -Blanca Calvo, Fernando Revuelta y Elvira Moreno-, los únicos miembros de la Corporación que pasaron por los micrófonos. Hubo más nombres conocidos, como el presidente de la Audiencia, Víctor Manuel Sanz Pérez; el director del Insalud, Vitorino de Vicente; el delegado de Sanidad, Vicente Hita; el poeta Jesús Ángel Martín; el secretario de CCOO, Carmelo Berdún; o el veterano periodista Luis Monje Ciruelo. Las ausencias las puso el PP, y de largo. 

También pasó por el escenario Fernando Olalla, el recordado alcalde pedáneo de Marchamalo, que lo era por votación popular en un referéndum implantado por Blanca Calvo y también criticado en aquellos años. El entrañable Olalla contó una historia, seguramente improvisada, sobre un Marchamalo lleno de bosques donde cazaba un señor feudal de Guadalajara. Fue el primer cuento-protesta, reivindicativo, del Maratón, un género que ha estado presente en todas las ediciones. Otro subgénero que se ha perpetuado, el del relato erótico, llegó por primera vez por boca del mencionado Pérez Henares, que unos días después escribía aquel artículo, titulado con clarividencia “El nacimiento de una tradición”, y que terminaba así: “Es bien fácil conjeturar que se ha creado una de las que serán más hermosas e imitadas tradiciones culturales”. Chani era entonces columnista de Guadalajara 2000, periódico que se acababa de rendir, como casi todos en la ciudad, a la evidencia del éxito del Maratón. De hecho, el rotativo dedicó una doble página a la crónica del acto, bajo el título de “Guadalajara es ya la ciudad de los cuentos”, que me enorgullezco haber escrito. 

Tampoco se puede decir que todo saliera rodado. Porque una de las características de aquel primer año fue que los cuentos podían ser leídos, y la mayoría de los participantes lo hizo, lo que provocó momentos tediosos, e incluso violentos, como con la intervención de Victoria Rodríguez, mujer de Buero Vallejo, que se enfadó porque los niños de las primeras filas, aburridos, daban la lata. Tampoco se consiguió la inscripción en el Guiness, aunque se superaron las 24 horas. Pero las cifras eran lo de menos una vez que se impusieron las letras. El evento tuvo mucho de encuentro, de compartir pasajes, de beber literatura casi del frasco, con el sabor que tiene la magia de la primera vez. 

Con los años, ya saben, el Maratón fue creciendo en narraciones, y se superaron las dos noches. Además de vencer las dimensiones del tiempo, rompió las barreras del espacio. Pasó al Infantado al año siguiente, al calor de la Biblioteca, y superó también los escollos del traslado a Dávalos o las obras del palacio. Luego se amplió a los pueblos, a los hospitales, a los monumentos, y le nacieron maratones paralelos, con mayor o menor fortuna. Incluso lo imitaron en otras ciudades y viajó de cueva en cueva hasta otros continentes. Algunos famosos se marcharon, otros aún son fieles, y cada vez llegaron más profesionales de la narración, esos que nos brindan momentos verdaderamente deliciosos y nos abren la mente a otras historias y formas de narrar.   

Pero si el germen, el ingrediente genuino del Maratón, es guadalajareño, la fuerza que lo hará perdurar otros 25 años también reside en  la ciudad. Es la fuerza de la palabra y de la gente. La que hace que los colegios, asociaciones, particulares, narradores anónimos y todos los que nos hemos hecho mayores contando y escuchando, sigamos siendo niños un fin de semana al año.

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