Karlos Zuazo, todo corazón

El cantautor Karlos Zuazo puso un broche musical a la temporada del Viernes de los Cuentos, con mensajes de amor y confraternización en una sesión en la que estuvo acompañado de su guitarra.


Karlos Zuazo es todo corazón y algunas dosis de “flower power”. El suyo es un canto a la esperanza, una invitación a regresar a la esencia de las criaturas que pueblan el mundo y a la bondad primigenia del ser humano.  Su inocencia pura es una opción de vida a contracorriente, una radical transgresión en los tiempos que corren. Ahí reside la épica que canta este vitoriano que se anuncia como juglar del siglo XXI y que anoche en Guadalajara cerró la temporada de Viernes de los Cuentos en un CMI de Aguas Vivas que registró media entrada.

Presentó la cita la narradora alcarreña Estrella Ortiz, que recordó que este Viernes de los Cuentos más lírico que narrativo servía de “puente perfecto” hacia el Maratón de junio, cuyo tema será en esta ocasión la poesía. A renglón seguido hizo su aparición Karlos Zuazo. Primero fue el verbo: “soy un juglar de los de siempre, de los de antes”, anunció. Su voz antecedió a su estampa sencilla, vestido de vaquero de arriba abajo y pertrechado con su guitarra. Subió al escenario y dispuso el particular retablo que adorna su cantar, algunos fetiches, una vela, un cuaderno abierto para los amigos y un maletín que es toda una declaración de intenciones: “Love. Dream. Hope. Friends”.

Ya descalzo sobre territorio ‘hippie’, Karlos Zuazo inició su trayecto desde el Norte hacia la meseta “en una carreta de chapa y cuatro ruedas”, con una primera canción que funciona a modo de tarjeta de visita de alguien que conecta con esos héroes anónimos que cantan en las plazas. Un mensaje oportuno a dos días de un 15 de mayo.

En Zuazo toda mirada se vuelve siempre sobre la autenticidad de las cosas.  Siguió con su carta de principios (“he decidido volver a levantarme”) y con una bocanada de aire prestada de Alberto Cortez, una versión de ‘La vida’ que arrancó a capela. Con una música alegre y unas transiciones entre temas hiladas en verso y sin prolongaciones excesivas, el juglar vasco fue dejando persistentes mensajes de esperanza, un homenaje a todos los artistas y creadores  en una “hora de los cuentos en torno al fuego” y una preciosa canción dedicada a su hija que arrancó por vez primera el acompañamiento de las palmas del público.

En la presentación de una de las últimas canciones relató el cuento sencillo de un pueblo que vivía en una permanente sombra por culpa de una inmensa montaña que un anciano se dispuso a quitar de en medio con ayuda de una cucharilla. Esa breve historia dio la clave de la propuesta de este músico, su canto a los pequeños gestos que desencadenan las grandes gestas.

No fue la noche de los aficionados a la narración más ortodoxa. Tampoco de quienes suelan ver el vaso medio vacío. Zuazo, dispuesto a darle besos hasta al diablo, tuvo un final ‘in crescendo’ que remató con dos temas que contagian entusiasmo. El último, a modo de bis, fue un catálogo de mil motivos para ser mejores personas, “una canción infinita” que arrancó palmas y coros entre los espectadores.

Fue un Viernes de los Cuentos transfigurado en recital de cantautor feliz, reconvertido en una ceremonia de confraternización, un exceso de ‘buenrollismo’ que deslizó al auditorio hacia aquellas noches de acampada cuando éramos más jóvenes y todo lo que importaba estaba fuera de las pantallas. Cuando cantábamos siempre con una sonrisa en los labios.

 

 

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