El ‘retrato total’ del Nobel

Marquina presenta en la Feria del Libro una monumental biografía sobre Cela en su centenario, donde repasa toda su trayectoria, aborda los temas más controvertidos de su vida y analiza con criterio el conjunto de su obra.


A Camilo José Cela, que distinguía entre “amigos e hijos de puta”, el público le correspondió en consonancia: tenía una legión de seguidores y una tropa no menos nutrida de detractores. Fue un escritor de una enorme calidad, pero también un hombre excesivo y una figura pública tan popular como una estrella de rock. Aunque falleció hace ya quince años, todavía hoy su nombre despierta filias y fobias. En pleno centenario de su nacimiento, tan celebrado en esta Alcarria que el Nobel situó sobre el mapa de la literatura universal, el poeta Francisco García Marquina ha escrito una biografía monumental: ‘Cela. Retrato del Nobel’. Un retrato total e imprescindible publicado por la editorial Aache que se presentó este viernes en la Feria del Libro arriacense.

El ensayo tiene 640 páginas, fotografías muy interesantes del que fuera Premio Nobel de Literatura en 1998 y un repaso hondo de su trayectoria tanto vital como literaria, deteniéndose por supuesto en los muchos episodios que han vinculado para siempre al escritor nacido en Iria Flavia en 1916 con la provincia de Guadalajara.

Acompañado del editor Antonio Herrera Casado y de la traductora al chino de ‘Viaje a la Alcarria’, Luisa Chang, Marquina convirtió la presentación de este viernes en la Feria del Libro, en una conferencia cuajada de anécdotas. Todas ellas las cuenta también en el libro, que no obstante mantiene un equilibrio perfecto entre el contenido académico y el siempre divertido anecdotario que legó el autor de ‘La Colmena’. De lectura deliciosa, esta completa aportación a la figura del escritor entra en juicios sobre sus escritos, intenta indagar en el complejo carácter de Cela y ofrece detalles y confidencias por parte de quien no sólo es uno de los principales estudiosos del Nobel, sino que ha sido testigo privilegiado de su vida, como secretario y como amigo. De ahí cierto subjetivismo que anuncia con honestidad: “su pretendida objetividad está teñida de impresiones personales”.

De la infancia dorada al camino a Finisterre

Las primeras 232 páginas del libro de Marquina constituyen una biografía al uso que justificarían por sí mismas la publicación, aunque el libro ofrece mucho más. Esta primera parte es un recorrido cronológico escrito de manera brillante y ágil, desde el nacimiento del personaje en Iria Flavia hasta su muerte en Madrid, del primer capítulo que titula “infancia dorada” al último, con su “camino a Finisterre”. El lector descubre el carácter indómito del niño Camilo en los colegios, una escapada adolescente a Portugal –donde tuvo una primera novia–, sus primeros escarceos amorosos y, con ellos, los primeros versos, su vocación por las letras frente a la inclinación paterna por la medicina, la relación universitaria que tuvo con una muchacha de izquierdas a la que para alardear le llegó a escribir por carta que era comunista o que tomó partido como combatiente del lado nacional en la Guerra Civil. Marquina narra las típicas peripecias de un joven escritor de provincias en el Madrid de la posguerra, “convaleciente de su tisis, sin un duro en el bolsillo y sin más futuro que su novela bajo el brazo”. Un Camilo desanimado que tuvo una crisis existencial que le llevó al borde del suicidio en la Nochevieja de 1941.

Ese Cela que acudía a las tertulias del Café Gijón comienza a publicar sus primeros poemas, cuentos y artículos y triunfa muy pronto con su primera novela, ‘La familia de Pascual Duarte’ (Pío Baroja leyó el manuscrito: “un poco raro y sádico, pero valiente”). Relata al biografo las dificultades para que salga adelante ‘La colmena’ –finalmente en Argentina, por el rechazo a causa de la censura en España– y la relación con su primera mujer, Charo Conde, que además de esposa será “un apoyo sustancial en la vida y obra” del escritor de Iria Flavia, hasta el punto de “ser un elemento imprescindible de la ‘empresa Cela’”.  

Marquina no evita en su recorrido por la juventud de Camilo su trabajo como censor durante 14  meses, pero combina los episodios más sombríos con otros curiosos, como las aproximaciones frustradas a la pintura, al toreo y al cine del que finalmente encontraría en la vocación literaria su forma de triunfar en la vida. La narración de la vida del futuro Nobel avanza entre lugares como Madrid, Mallorca y Guadalajara, marcada por el ritmo de las publicaciones de sus novelas, de trabajos paralelos e incansables (entre ellos como editor de Alfaguara y de tres publicaciones literarias), una fama cada vez más consolidada y una obsesión hecha realidad: la concesión del Premio Nobel.

Los excesivos años 90 del Nobel

La lectura ofrece un retrato muy marcado antes y después del Nobel, aunque habría que decir que al inmenso suceso de 1989 habría que añadirle también dos operaciones quirúrgicas consecutivas que le hicieron replantearse su visión sobre la vida y su relación con la que sería su segunda esposa, Marina Castaño. Fueron también los años de la acusación de plagio por ‘La cruz de San Andrés’, con la que gana un entre amañado y apañado Premio Planeta, o las disputas con ese Premio Cervantes que tanto ansió aunque lo considerase “cubierto de mierda” cuando se lo concedían a otros.

¿Por qué un Nobel necesitaba tanto un premio como el Planeta,  hasta el punto del arreglo al que llegó su agente con la editorial? “Cela era un nietzscheano gallego que iba a por todas, trataba de ser el primero en la fila y quería disfrutar en esta vida y apuntarse a la otra –escribe Marquina-. Ganando el Planeta ha cumplido las expectativas propias de su desaforada personalidad”. Pero el problema no fue sólo ese, sino la acusación de plagio. Marquina no niega que tomase ciertos elementos de la novela de una autora que se presentó al premio, pero cree que el resultado es de autoría totalmente celiana.

No fueron las primeras acusaciones de que su obra no fuese autoría suya. El propio Marquina alude a la extendida observación de que él y su mujer María Antonia Velasco hayan sido “negros” del Nobel, con una explicación matizada: Cela escribía sus textos, otra cosa era que tomase de sus colaboradores abundante documentación o, como en el caso de la obra de teatro ‘El homenaje al Bosco II’, que “aprovechó sólo literalmente algunas briznas”. Y concluye: “En ese texto de Cela no hay una sola frase que sea de nuestra propiedad”.

La figura de Marina Castaño queda también retratada, de algún modo, en el libro de Marquina. Y, más allá de desavenencias, en las últimas páginas del libro (en un cierre sensacional, por cierto) el biógrafo deja una sentencia clara: “Marina amó, cuidó e hizo feliz a Camilo y esta verdad la redime de otros desaciertos”.

Vida y obra, a fondo

Pero la monumental biografía de Cela tiene otras dos partes esenciales. Una de ellas es un recorrido de perfil más psicológico, intentando comprender al personaje más allá de los brochazos gordos de su vida que todos conocemos. Y la tercera, un análisis magnífico de su obra literaria, desde sus obras más conocidas hasta las consideradas injustamente como menores, incluyendo relatos cortos y artículos de prensa, que fueron muchos. En conjunto, Marquina opina que la del que sería el mejor escritor español de la segunda mitad del siglo XX es una obra que constituye “un monumento de creación artística” que “representa una época y un país”.

Sobre el legado literario se extiende la última parte del libro para mantener que “tuvo el acierto de partir de la literatura clásica y, desde esa base, mostrar un constante afán de innovación”; repasa los libros –sin ocultar que el Planeta, ‘La Cruz de San Andrés’, no aporta nada a su obra, es un título “de mantenimiento”- y valorando no sólo sus títulos más conocidos, sino también su literatura de viajes (sobre todo ‘Viaje a la Alcarria’). En este magnífico estudio de la obra celiana, Marquina destripa sus motivaciones, ensalza el estilo de un escritor “con oído de poeta y ojo de pintor” y descubre algunos detalles curiosos del proceso de escritura del Nobel. “La palabra de Don Camilo estaba llena de sensatez, vigor y gracia. Y un desenfado que la hacía inconfundiblemente suya”.

Pero a Marquina le interesa tanto lo que quedó escrito sobre el papel como aquello que el escritor dijo, escenificó o pensó. Porque, insiste en varias ocasiones a lo largo de su libro, siempre –pero en Cela todavía más–vida y obra están unidas. “Toda la literatura de nuestro autor es una autorrevelación”, sostiene el poeta madrileño afincado en la provincia de Guadalajara. No se puede distinguir entre el hombre y sus escritos. “La literatura de Cela tiene una indudable finalidad catártica, exculpatoria, donde da salida a lo que le obsesiona, a lo que le duele o a lo que anhela”.

Si los libros tienen la impronta bárbara y vital de su autor, éste se halla influido por la literatura hasta constituirse como un personaje de fábula”, insiste Marquina. Y como tal, hay un rasgo que destaca por encima de todos: Cela se construyó como personaje protagonista, que debía destacar por encima de la vulgaridad. Ese empeño le hizo esforzarse en el trabajo como escritor, pero también le exigió la creación de un fuerte perfil público, un histrión que no dejaba a nadie indiferente. Tenía una firme voluntad de estilo en el escritorio que trasladaba a cada aspecto de su vida. “Camilo fue un inteligente actor de esta táctica de hacer excentricidades rentables”.

Más allá de los episodios más llamativos de su biografía, Marquina entra de lleno en esta segunda parte del libro, durante 170 páginas, en los rasgos más destacados de su personalidad. Es aquí donde la biografía más convencional deja de serlo para convertirse en una biografía crítica, un verdadero retrato, como lo titula. A la pregunta de cómo era don Camilo, el que fuera su secretario y amigo responde con muchas y detalladas pinceladas.

CJC era más vividor que académico, un hombre vitalista y juvenil, instintivo hasta ser “primitivista”, un defensor acérrimo de su privacidad, egoísta y curioso, que pensaba que “la vida es rara”; un actor más que un espectador, excesivo en sus interpretaciones, que vivió un “progresivo endiosamiento”, especialmente tras la concesión del Nobel. Y pese a todo ello, advierte el biógrafo, un “galaico y british” dual y por tanto contradictorio en muchas de las cosas que hizo y dijo, “un humorista que solía andar con cara de mala leche” y “un anarquista vestido de etiqueta”. Tremendamente ingenioso y caprichoso, fue “un cachondo que jugaba a intimidar”. Amaba el riesgo “y por eso era un jugador”, pícaro y vagabundo vocacional con un fondo de ternura detrás de una fachada de “personaje atroz”.

Cada uno de estos rasgos del poliédrico carácter celiano los explica Marquina acudiendo a episodios concretos y ofreciendo un derroche de anécdotas que amenizan la lectura mientras se va trazando el dibujo del personaje. Que es muchas cosas más: minucioso, acaparador, fetichista, provocador, susceptible, mentiroso, fantasioso y fabulador; tan pronto un gentilhombre como un gamberro, “según sus horas” y, ante todo, un trifundador que siempre confió en sí mismo, que “de combativo derivó en pendenciero” y que “estaba encantado de conocerse a sí mismo”. Hay quien dijo que todo esto era, en realidad, la máscara de un tipo retraído. Marquina cree que no. “Yo creo que CJC no era un tímido crónico y ejerciente, sino un hombre audaz y belicoso moderado por sentimentalismo”.

El personaje excesivo

Dice Marquina que “lo que Camilo sentía se ocultaba bajo lo que Cela aparentaba”. Y en otro sitio añade que fue “un hombre de fachada imponente y corazón delicado” que, como la luna, tenía dos caras. La oculta es la menos conocida y presenta a un hombre sentimental que “cuando deja de interpretar a su personaje despliega una sonrisa amable”. La conocida por todos, del Cela que se pone bajo los focos, revela a un hombre que tiene por caracteres “el exceso, el egocentrismo, la ambición y el triunfo a toda costa” y que es excesivo y ofensivo para quienes son objeto de las fobias de una personalidad que sentenciaba siempre con una voz de megáfono.

A lo largo del libro, su biógrafo y amigo aplica unos esfuerzos considerables por excusar –cuando no salvar– al personaje de la condena que le han merecido aquellos comportamientos o rasgos de su personalidad más controvertidos. Lo hace cuando aborda sus “sombras” con el Régimen de Franco, su visión siempre despreciativo hacia la homosexualidad masculina o el trato a menudo despectivo hacia las mujeres. En capítulos que le exigen extenderse más que para abordar otros temas, el biógrafo intenta que el lector comprenda la lógica o el contexto de las manifestaciones. “Camilo era un ser lleno de cualidades tópicas viriles: machista, desmañado, egoísta, pendenciero y vanidoso”, le disculpa.

En esta labor de restauración de la figura en su retrato sale ganando Cela, aunque a veces a costa del biógrafo, que en esta segunda parte del libro, sujeta a consideraciones más subjetivas, aporta impresiones personales para convencer al lector de que las cosas no son siempre como parecen, que los usos –pero también los abusos– de un lenguaje ofensivo contra ciertos colectivos eran inevitables o excusables aun cuando fueron entendidos por la mayoría como evidentes desatinos que necesariamente afearían el retrato del Nobel.

Creo que esa manía que tenía a la homosexualidad puede proceder de estar educado en un culto a la virilidad”, explica el poeta, que no llega a aclarar los motivos por los que a Cela se sentía tan comprometido para opinar sobre asuntos como el matrimonio homosexual o la adopción como para entrar en el debate con feroces ingenios como “se les iba a permitir adoptar nenes para poder adiestrarlos desde pequeñitos en el hábito de tomar por retambufa”. Y, aunque explica las razones estilísticas para escoger “maricón” en vez de “gay” u “homosexual masculino”, no excusa la vehemencia y la insistencia en hablar de maricones, excesos que nunca tuvieron otros colegas de oficio tan academicistas como Cela en el uso del lenguaje.

Marquina no elude los temas más polémicos y en todos intenta ofrecer un argumentario sobre las razones del Nobel. También con los elogios de Cela hacia la figura de José Antonio. Para explicar esta “juvenil simpatía” del escritor gallego por el falangista, el biógrafo recurre a que “puede explicarse por el idealismo y la lírica propios de la mística falangista”, y para sostener estas debilidades echa mano de ejemplos de escritores de izquierdas alabando a Stalin o añade que ahora “es difícil juzgar las motivaciones y conductas en aquellos tiempos de penuria y violencia en que las gentes vivían cautelosas”.

El biografo fue amigo de Cela y no lo oculta al lector que tome sus páginas sin conocer los antecedentes. Hay en el libro un esfuerzo por hacer comprender al Nobel para que no se le juzgue con ligereza, pero el retrato queda finalmente dibujado con todos sus claroscuros. Las luces se ensalzan sin matices (“Cela era disciplinado”, “es un escritor total”, “era un escritor de raza”) mientras que las sombras son presentadas con atenuantes o como rasgos propios de la mirada de quien juzgó a Cela, más que de él mismo: “aparecía como piadoso”; “propugnaba la singularidad en contra del igualitarismo, al precio de ser considerado clasista”, y tenía “apariencia de insolidaridad”, que no es lo mismo que ser insolidario.

El CJC que rompe los esquemas

Junto a los episodios tal vez más reconocidos de un Camilo José Cela deslenguado con colectivos desfavorecidos, ofendido por los jurados que le negaban los premios o acomodado con el poder, el retrato de Marquina ofrece no pocas pinceladas que rompen los esquemas y los bocetos más apresurados. Lo es cuando Marquina detalla la labor que hizo como editor de ‘Los papeles de Son Armadans, dando cabida a escritores de calidad de todo tipo de  condición, pero también con su compromiso en defensa de las libertades en el país, la firma de cartas colectivas contra las represalias a intelectuales o escritores por parte del régimen franquista o el trato que tuvo con amigos de izquierdas, incluyendo, por cierto, a Picasso.

Marquina retrata también al Cela menos conocido y se encarga de remarcar esos otros episodios apócrifos, de cosas que supuestamente dijo o hizo y que no son ciertas, aunque ahora formen parte de la leyenda y, por tanto, del retrato. Hasta el punto de que reconoce que hay dos sucesos celianos muy famosos que nunca sucedieron y que, por esta ley de conversión de lo apócrifo en real, acompañarán siempre su memoria como hechos ciertos”. Seguirá siendo así porque en esta biografía tampoco se los señala como falsedades. “¿Qué puede mi mopdesto testimonio personal contra una tradición consolidada?”, se pregunta un Marquina al que no le falta su habitual ironía en todas estas páginas.

A lo largo de 85 años de vida de Cela y de más de 600 páginas de Marquina, el retrato resulta a veces contradictorio y posiblemente sea inevitable en un hombre de dualidades, de tensiones permanentes, que dijo tantas cosas y a veces opuestas. Estos extremos hicieron que a Cela se le quisiese o se le odiase casi sin opción de término medio. Ahora, en su centenario, el retrato que le dedica la editorial alcarreña Aache funciona también en este debate enfrentado como un homenaje para quienes tanto le quisieron y, a la vez, puede servir una venganza para quienes tanto le odiaron.

Quienes se han rendido incondicionales a su figura pueden prodigarse en una biografía que elogia profusamente lo elogiable e intenta comprender los desatinos, hasta el punto de reparar algunos de ellos. Por su parte, quienes lo rechazaron de manera visceral tienen aquí servida su venganza, porque este libro les ofrece argumentos profundos y serenos para que hagan un juicio que no esté tomado por la ligereza, las fobias o los prejuicios con los que Cela, en cambio, prejuzgó y sentenció a menudo a los otros. Y para quienes tengan a bien captar el mensaje que pide el autor y ser más “sagaces”, hay una opción intermedia, la de entender que Cela era tanto el dechado de virtudes que unos elogiaban como el manojo de defectos que censuraban los otros. Seguramente como toda persona, pero en su caso elevado siempre al máximo exponente.

Marquina explica al inicio del libro su propósito de hacer una biografía “veraz, sin apagar luces ni ocultar sombras”. Como ambas están presentes, el retrato resultante tiene los claroscuros convenientes. Al lector le toca, por su parte, no desvirtuar el acabado añadiendo luces hasta saturar el retrato ni añadiendo sombras innecesarias hasta apagarlo. Ya no es necesario obligar al retratado a seguir distinguiendo entre amigos e hijos de puta.

 

 

 

 

 

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