Con Camilo en la mochila

Setenta años después del ‘Viaje a la Alcarria’ de Cela, repasamos la nómina de viajeros por la Alcarria - artistas, fotógrafos, cineastas, escritores y periodistas- que le han sacado partido artístico a su recorrido por la ruta celiana.


Hace dos años no era el Centenario de Cela, ni se cumplían los setenta años del primer viaje por la Alcarria del que luego sería galardonado con el Nobel. Pero hace dos años, coincidiendo con las mismas fechas en las que Cela tomó un tren hasta la estación de Guadalajara y se lanzó durante diez días a recorrer los pueblos de la Alcarria, cuatro artistas guadalajareñas repitieron la experiencia a su manera. ¿Por qué lo hicieron? “Porque nos dio la gana”. Ese era el lema. Y seguramente no hay un motivo más celiano.

A veces no vemos lo que tenemos más cerca”, explica la diseñadora Laura Domínguez, que junto a sus colegas del proyecto Arte en Marcha, Gracia Iglesias, Sara Domínguez y Natividad Díaz, emprendió el camino en junio de 2014 dejando un rastro de performances por los pueblos por los que pasaban. “Como dice Sabina, hay que ponerse las gafas de mirar de cerca. Cuando tienes cierta edad comprendes que da igual donde hayas nacido, que las oportunidades siempre están ahí y únicamente es cuestión de verlas: aunque este año lo veamos más claro con el centenario, lo cierto es que el Viaje a la Alcarria siempre ha estado allí”, explica la diseñadora Laura Domínguez.

Lo que hicieron estas artistas fue retomar el camino, pero también refrescarlo con su punto de vista moderno, novedoso y creativo. No fueron las primeras en marchar con un ejemplar de Cela en el morral, pero lograron conectar el camino de ayer que pervive en las páginas de Cela con el camino de hoy, el que se bifurca en busca de nuevas posibilidades, más imaginativas, a menudo muy aprovechables para el turismo. “Nuestra creatividad le da un punto de actualidad al viaje”, dentro de la persecución de “esa verdad” que contiene el libro. Y así, se permiten aportaciones mucho más personales como llevar en las camisetas las Tetas de Viana, que Cela no subió y ellas sí. Y que añaden un motivo muy personal a su ruta que no traiciona al autor: “Si Cela viviera, se reiría mucho con nosotras y nuestras camitetas”, dice Iglesias en referencia a las camisetas con el perfil de las Tetas de Viana.

Fotógrafos, historiadores, cineastas...

El gran éxito de Cela con su ‘Viaje a la Alcarria’ ha sido ése: echar a los caminantes a andar y a los creadores a volar. Del mismo modo que estas artistas, a la que acompañaron también otras personas de la cultura en diversos tramos hace dos años como el historiador Antonio Herrera Casado o los fotógrafos Virgilio Hernando y Nacho Abascal, hay un largo catálogo de viajeros por la Alcarria que han buscado en los mismos paisajes de Cela la inspiración para películas, libros, cuadros o fotografías.

El director Antonio Giménez Rico llevó al cine la novela en 1975, con guion de Antonio Castro y música de Luis Eduardo Aute. El drama, de 53 minutos, contó, en el reparto con los actores Joaquín Hinojosa, Antonio Gamero y Mariano Ozores (padre), entre otros.

El pasado febrero la Alcarria, que tiene un Nobel, tocó con la punta de los dedos un Goya. El productor Tomás Cimadevilla estuvo nominado al premio al Mejor Cortometraje Documental con ‘Regreso a la Alcarria’, una película de 19 minutos en la que relata su propio viaje por la comarca siguiendo la ruta celiana. Allí, de hecho, se encontró con las cuatro expedicionarias de Arte en Marcha.

Viajar es mi principal afición además del cine y de leer, y siempre tuve el anhelo de hacer la ruta”, dice esta cineasta, que leyó por vez primera el libro en el colegio, “muy a gusto” por cierto. Aunque había pensado en alguna ocasión hacer una serie sobre el camino, el documental nació casi por casualidad. De regreso de un año de estancia en Irlanda, sin demasiadas ocupaciones, decidió salir en junio de 2014 hacia los caminos de la Alcarria, sin más compañía que su sombra, coincidiendo con las fechas en que lo hiciera el novelista gallego en 1946. Volvió a leerse el libro y fue una vez que andaba recorriendo las sendas cuando se dio cuenta de que las tomas que estaba grabando con el móvil le reclamaban un montaje en forma de documental. Lo completó más tarde con un regreso posterior, esta vez en coche y con un amigo cámara, pero la película estaba ahí. No fue la primera vez ni la última, pero Don Camilo había obrado el milagro: su viaje había inspirado otro viaje; su libro, un cortometraje nominado a los premios de la Academia de Cine.

Estoy muy orgulloso del corto, dentro de las limitaciones, porque responde al mismo espíritu que la novela”, asegura Cimadevilla, en referencia al tipo de personas que le salieron al paso, las escenas costumbristas que capturó o los paisajes que llevó hasta la gran pantalla. “Los de la Alcarria son muy cautivadores, con la fuerza de los ríos y del agua, en sus valles, incluso en aquellos elementos que han cambiado, como la Central de Trillo, cuyas torres en un mismo plano que las Tetas de Viana funcionan como una metáfora visual de la acción del hombre sobre la naturaleza”. Aunque, como Cela, este madrileño pone el acento en las gentes. “Los paisajes son maravillosos, pero lo es más el paisanaje, con gente muy acogedora que no se cortaba nada ante la cámara”, explica Cimadevilla. “Tienen muchas ganas de contar cosas y de abrirte su casa o su cueva”.

Un corto hecho por escolares

Tantas son las ganas de contar que incluso toman la iniciativa. Entre las recreaciones del Viaje a la Alcarria, al menos en alguna de sus partes, está un cortometraje realizado con un resultado fenomenal por los alumnos del colegio rural agrupado Santa Lucía de Alcocer, Budia, Pareja y Salmerón, que puede verse en la plataforma de internet Vimeo. Son casi 15 minutos en blanco y negro, con música de Pascual Piqueras –director del Conservatorio Provincial de Música– y guion escrito por los alumnos de Primaria e inspirado en los episodios que relata el escritor cuando con treinta años visitó La Alcarria. El resultado es divertido sin resultar chapucero, con interpretaciones a cargo únicamente de los niños, que hacen de pastores, posaderos, médicos y cuantos personajes se cruzó Cela en el camino. El papel del propio Camilo lo interpreta con desparpajo otro niño, Víctor Ismael del Pozo.

El de estos pequeños es uno de los más originales regresos a la Alcarria basados en la obra de Cela, que los ha tenido incluso virtuales. Lo fue el que organizó la Fundación Cela, con motivo del 60 aniversario del libro, para facilitar a internautas de todo el mundo fondos y fotografías hasta ahora inéditos. Pero las musas de la Alcarria han inspirado también a pintores como el guadalajareño Jesús Campoamor, amigo de Cela, que lo elogiaba como “pintor de limpio pincel y escultor de buen perfilado cincel” y que ha retratado en numerosas ocasiones los paisajes alcarreños.

Hace diez años, el pintor José Félix Sánchez -que pertenece a la asociación de acuarelistas Aguada-, recorrió durante dos fines de semana los pueblos del libro para tomar apuntes y fotografiar algunas estampas, a partir de los cuales pintó una veintena de cuadros que fueron colgados y vendidos con fines benéficos. Otro artista, este de gran renombre, que recorrió la ruta de Cela de joven fue Antonio Pérez. Lo hizo con un amigo, en su caso no tanto para crear nueva obra como para corregir las inexactitudes del escritor en su recorrido.

El primer libro de viajes que tuvo un museo en el mundo ha sido también fuente de inspiración para los fotógrafos. El primero de ellos, como ahora se sabe, fue Karl Wlasak. Aunque de la lectura del libro se deduce que Cela viajaría sólo, no es verdad: este artista y su amiga Conchita Stichaner lo acompañaron en 1946 y algunas de sus fotografías se exponen precisamente en esas vitrinas de la torre del homenaje del Castillo de Torija. “Hizo un buen reportaje, las fotografías son una obra de arte”, recuerda el periodista Pedro Aguilar.

Los libros sobre el libro

Pero más aún que carretes, celuloide y óleo, en todos estos años el ‘Viaje’ de Cela sobre todo, ha provocado ríos de tinta. Hay libros que vuelven sobre el viaje a favor y en contra de la mirada de Cela, en busca de los viejos personajes o de otros nuevos, a pie, e incluso, en bicicleta. Uno de los títulos clásicos es la ‘Guía del Viaje a la Alcarria’ que escribió el que fuera su secretario y actual biógrafo, el poeta Francisco García Marquina, que ha perdido la cuenta de las veces que lo ha recorrido: “He hecho todos sus itinerarios y sucesivas veces, en coche o a pie, desde los años sesenta hasta conocer muy bien el terreno y a sus habitantes”, asegura. En los senderos ha conocido viajeros franceses, belgas o italianos que han desembarcado en La Alcarria para seguir las huellas del Nobel. Y con algunos, como con la profesora Luisa Chang, traductora al chino del ‘Viaje’, incluso tuvo el gusto de completar todo el itinerario.

La relación de Marquina con el libro data de mucho antes que su vinculación con Cela. La primera lectura fue durante el Bachillerato: “teníamos una tertulia literaria en el Café Pelayo, el mismo en que se reunía Ángel González. A los 17 años y en pleno franquismo nos llamó la atención que hubiese un libro en el que a la Princesa de Éboli la llamasen la puta”, relata con humor. Pero la lectura que más le marcó fue posterior: “La más provechosa fue al iniciar los treinta años, la época en que Ingeborg Bachmann considera la de hacer, a plena conciencia y con suficientes posibilidades, lo que a uno le da la gana”.

La ya famosa guía de la editorial Aache, que se reedita este año con motivo del centenario de Cela, ha servido para marcar los pasos a muchos viajeros. En una ruta que tiene pendiente una mejor señalización, las 272 páginas de este madrileño afincado en la provincia sirven para orientar los pasos tras los de don Camilo, en busca de sus personajes, paisajes y tascas. Un itinerario que también se puede hacer sobre dos ruedas. De hecho el maestro de escuela Francisco Lirón, aficionado a la bicicleta de montaña, publicó en 2003 en Aache otra guía orientada a seguir la ruta a pedales: marcaba ocho etapas a lo largo de 373’7 kilómetros que atravesaban 46 localidades, con citas de Cela al comienzo de los capítulos “para que el betetero [ciclista de bicicleta de montaña, B.B.T.] sea consciente de revivir de alguna manera aquel histórico viaje”. Las páginas de la guía incluyen recomendaciones, mapas y todo lujo de detalles útiles para el cicloturista, pero también fotografías y notas sobre la gastronomía o el  patrimonio de los pueblos que salen al paso.

Periodistas tras la huella de Cela

Entre los primeros en seguir la huella celiana estuvieron los periodistas Salvador Toquero y Santiago Barra, de ‘Flores y Abejas’, con el libro ‘Buscando a Cela en la Alcarria’ de 1982, que ahora va a ser reeditado. “Hemos peregrinado por la misma Alcarria sobre la que lo hiciera Cela”, escribían en el epílogo, hace ya 34 años. “Algunos caminos se han borrado y han surgido otros; el agua ha llegado o huido de donde estaba entonces y los pueblos se han ensanchado o encogido en un sístole o diástole de muy distinto signo”, constataban, antes de concluir: “Buscábamos a los personajes de Cela, como soporte humano a este trabajo, y nos encontramos con el mismo Cela recabando un protagonismo que no hemos querido eludir”. Entre éste, el de algunas sospechas, como que Cela hiciese en realidad dos viajes, “uno sólo y otro acompañado” o si fueron inventados algunos personajes de los que no queda sombra en la búsqueda de estos dos cronistas.

El de periodistas siguiendo las huellas de Cela por los caminos de la Alcarria para luego reproducirlo en libros y periódicos es casi un género en sí mismo que este año, con motivo del Centenario, florece de nuevo. Apenas estrenado el Año Cela, el 21 de enero una de las firmas con más renombre en los últimos tiempos en El Mundo, Jorge Bustos, publicó un reportaje en el periódico siguiendo los pasos de Cela. Lo tituló ‘El tercer viaje a la Alcarria’.  “Ya era bonita La Alcarria cuando la poblaron. Lo fue más cuando la literaturizaron. Ahora ha ganado confort, pero conserva la pausa de sus mesoneras y el silencio de sus alboradas”, observaba el cronista al final de sus impresiones viajeras.

Quien lleva muchos años siguiendo estos pasos es Pedro Aguilar, autor de una biografía cuajada de anécdotas, ‘Las cosas de don Camilo’. Reconoce que no se ha hecho la ruta entera de un tirón, aunque sí ha estado en todos los pueblos que conforman el itinerario y ha completado a pie algunos de sus tramos como Torija-Brihuega y Hueva-Pastrana. En dos ocasiones ha participado en algunas etapas; cuando era director de Nueva Alcarria, junto a un grupo de caminantes que estaban haciendo el viaje para una guía que finalmente no se llegó a escribir, y hace dos años acompañando a las artistas de Arte en Marcha.

Con motivo del aniversario de la muerte de Cela también hizo Aguilar el viaje completo en coche, “buscando gente que se acordara de él de cuando hizo el primer viaje, y hablé con algunos de los que estaban vivos”. De esa experiencia escribió un reportaje para el Centro de Estudios de Castilla-La Mancha y otros dos para Guadalajara Dos Mil que luego incluyó en su libro ‘Las cosas de Don Camilo’. Estas experiencias le han obligado a volver “un montón de veces” sobre algunos pasajes de un libro que ha leído de un tirón dos o tres veces. La primera, con 18 años, al empezar la carrera y para hacer un reportaje en el periódico guadalajareño ‘Turismo y Ocio’: “A propósito de eso leí el libro”. Y se maravilló: “Me gustó muchísimo por lo bien escrito que estaba, cómo describía la atmósfera de aquella época. Sobre todo, por lo bien tratado que estaba el lenguaje, que era una de las cualidades que tenía Cela, lo bien que sabía escribir y contar las cosas, sin caer en los tópicos”, explica Aguilar, que considera que el novelista gallego “transformó la literatura de viajes” porque en su libro “describe el paisaje y el paisanaje de una manera diferente a los libros de viajes de la época”; y goza de “un carácter testimonial: cuenta la realidad rural frente a la urbana en la que vivía, crea pequeñas estampas de la época y recrea la atmósfera de la Guadalajara de los años cuarenta”.

Otras ocasiones en que Aguilar ha parado por las sendas del Viaje ha sido acompañando al periodista y escritor Manu Leguineche, que se afincó en Brihuega y también ha legado algunas de las páginas más brillantes sobre la Alcarria en libros como ‘La felicidad de la tierra’. En caso de su amigo, no obstante, no acostumbró a desgastar demasiado las botas: “Manu no ha sido muy buen andarín nunca”, revela Aguilar, que recuerda que acompañó al veterano periodista en coche a conocer a una expedición que le había despertado curiosidad: seis excursionistas, varios de ellos jubilados, que recorrieron la ruta en una expedición organizada por la Casa de Guadalajara en Madrid con motivo del 50 aniversario de la publicación del ‘Viaje’.

Los otros viajes del propio Cela

El propio Cela volvió a la Alcarria en dos ocasiones más en ruta, antes de decidir afincarse en Guadalajara en sus chalés de El Clavín y El Espinar. La primera de estas reediciones fue inaugurando placas con las instituciones locales, en un gesto que no siempre se ha entendido bien. José María Ridao ha sido especialmente duro en su libro ‘El pasajero de Montauban’ de 2003: “O los responsables de la iniciativa no percibieron la carga de profundo desafecto humano que contiene ‘Viaje a la Alcarria’ o, si la percibieron, debieron de creer que la caricatura grosera y despiadada que un premio Nobel hace de la miseria no puede ser lo que parece, sino un inexplicable aunque alto honor”. Aunque la mirada despectiva que este autor presupone en Cela no es compartida por todos los críticos, el suyo es un caso particularmente interesante de ‘viaje a la Alcarria’ para revisar el libro y condenarlo por no destacar esa “otra Alcarria diferente y dedicada a sus faenas” en vez del “Carnaval portátil que despliega Cela”.

De estos nuevos regresos a la Alcarria de Cela quedó esta vez un libro y un anuncio de publicidad inspirado en aquel. “La diferencia es que antes caminaba rumbo, y a la que iba saltando, y ahora me dejo llevar por esta guía de Campsa”, decía en el ‘spot’, a la vez que aceptaba un plato de caldereta. Si el primer viaje le dio a Cela reconocimiento literario, el segundo -con las placas- ahondó en la fama y el tercero, recorriendo las carreteras comarcales en un Rolls, tuvo una orientación fundamentalmente comercial, por más que de este otro también resultase un libro. Se lo ha afeado incluso un amigo y rendido admirador como Francisco Umbral: “Con su ‘Nuevo Viaje a la Alcarria’, Cela había ganado varios millones y tapado el prestigio limpio y lejano de su primer libro alcarreño. Ha sido constante en la vida de CJC borrar sus propias huellas gloriosas con un negocio editorial que surge después y le malogra siempre”. Una opinión totalmente opuesta a los elogios del Viaje de los años cuarenta, “un libro bellísimo, sencillo, corto, lírico, realísimo, emocionante de simplicidad y talabarteado de verdad”, dejó escrito en su ensayo ‘Cela, un cadáver exquisito’.

En efecto, cuarenta años después Cela volvería a completar el viaje y lo publicaba en un libro que dedicaba al doctor Gregorio Marañón, esta vez “in memoriam”. En la dedicatoria ofrecía precisamente algunas notas sobre el espíritu que le había animado a hacer este segundo viaje, que en la memoria colectiva se representa con la pintoresca estampa del tránsito en un Rolls conducido por la negra Viviana Gordon, a la que cariñosamente bautizó como Oteliña. También le acompañaron dos juglares que interpretaban para el autor diversos romances y coplillas en diferentes momentos del trayecto.

Aunque la comarca era una vez más la Alcarria, esta vez quien lo recorría era un novelista famoso -que desataba tantas pasiones como enemistades- y no un joven escritor a pie. Un hombre que parecía la caricatura de una estrella de rock y que a sus setenta años era, como él mismo reconocía en el prólogo, más viejo y más gordo -40 kilos había ganado en otros tantos años-: “con estos años y estas arrobas a cuestas, o a rastras, el paseo no he de repetirlo a mero pinrel, como cabe pensar, sino en más reconfortadora, saludable y placentera circunstancia: en Rolls, que es automóvil sólido y de fundamento, y con Oteliña al volante, choferesa que se semeja una cometa volando y es tan segura en sus airosas fidelidades como en su gráciles infidelidades”.

No sólo el viajero era otro. El recorrido sirvió a Cela para constatar los cambios en el paisaje -esa central nuclear que recorta el horizonte retando a las Tetas de Viana o ese trasvase que enviaba el agua de un nuevo pantano a Levante- y en el paisanaje: el escritor hace recuento de bajas o saluda a hombres y mujeres que eran niños y niñas en su primera aventura. Camilo incluso constata que tímidamente cambia el siglo de los tiempos para la Alcarria, “ese país de hermoso nombre, antiguo, sonoro y misterioso al que a la gente, poco a poco, muy poco a poco, ya le va dando la gana de ir”. Setenta años del primer camino, treinta después del segundo, ese sigue siendo el reto: que vengan a la Alcarria. A poder ser, con Camilo en la mochila.


 
Reportaje publicado originalmente en el número 11 de papel de Cultura EnGuada, especial trimestral de primavera. 

 

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