El filandón de Ana Griott

La narradora leonesa hiló un repertorio de cuentos populares con la mujer como protagonista demostrando mucho oficio y tocando todos los palos de la narración ante un CMI de Aguas Vivas casi lleno.


Cuando ella cuenta, todas las mujeres cuentan, asegura Ana Griott, que se subió a las tablas del Viernes de los Cuentos, “la Meca” del género –añadió con razón– para protagonizar la penúltima sesión de la temporada. Contaron su abuela que jamás contaba; las mujeres casadas y las solteras, las africanas y las esquimales, las que siempre cuentan y las que nunca cuentan, aquellas que siempre callaban.

Ana Griott obró de sacerdotisa en un escenario sagrado donde convocó a las voces de todas estas mujeres para una celebración de la vida a través del miedo, del erotismo, del humor y del lirismo. Porque la Griott se paseó con naturalidad alrededor del mundo y tocó todos los palos con la sencillez que sólo puede aparentar quien tiene tantas tablas.

La sesión se desperezó sin prisas ni sobresaltos ante un patio de butacas casi lleno, una vez más. Arrancó su contada recordando sus orígenes leoneses y acudiendo a la figura de la primera mujer, de la abuela silenciosa con aspecto de bruja que, al contrario de lo que pudiera creerse al verla a ella, tan dicharachera, jamás contó un cuento. Aquella abuela leonesa era una de esas mujeres que no cuenta. O que cuenta con sus silencios.

Hecha esta declaración de intenciones, Ana Griott relató el primer cuento que se supo, una historia de zombies de su prima, que sí contaba, pero siempre el mismo. Navegó por vez primera a través de los mares para llegar hasta Cerdeña, donde dio cuenta de las peripecias del gigante Baborco, que acabó exiliado en Córcega. Luego viajó hasta África, donde la anécdota del hombre al que enterraron con el miembro erecto sirvió la historia del primer hombre, la primera mujer y el ser de sombra, la primera gran historia de la noche, con la que dio cuenta del motivo original por el que todos sin excepción morimos.

Casadas y solteras

De las lejanías regresó Ana Griott a su tierra natal para explicar que las mujeres allí hilaban y contaban reunidas en lo que llaman un filandón. Una convocatoria muy parecida, en realidad, a esta que hizo en Guadalajara convocando a todas las mujeres para hilar historias. Pero allí en León (como en Galicia y Asturias), las mujeres se reúnen en dos grupos, casadas y solteras por separado –sus miradas son radicalmente opuestas, y eso se nota en los relatos–. Así que brindó un caso de cada. Con las casadas tiró de humor y tono pícaro para explicar aquello de “follar como descosidos”, y con las solteras se adentró en un escenario de leyenda y un derroche final de lirismo para contar un precioso cuento de una mujer loba.

Siguió con la dramática historia de Carlos/Carlota y la no menos trágica de una mujer esquimal que se casó con dos osos –estupenda de nuevo en su paso de unos registros a otros–, navegó el Atlántico para rescatar la historia de un amigo escocés que homenajea a los propios narradores orales y siguió con un cuento bosquimano que explica que nos morimos, pero no de verdad, para enfilar la recta final con un cuento científico (en realidad, surrealista) sobre cómo era la vida en el único punto que existía antes del ‘Big-Bang’ y las fuerzas que desencadenaron esta explosión primigenia.

Parecía que aquí había acabado la sesión, pero hubo un último regalo: una historia de esperanza ambientada en los gulags de la Rusia estalinista. Otro homenaje a los narradores. Concretamente, a las narradoras, a esas mujeres que, como anoche la propia Griott, en su voz ofrecen color, pálpito y aliento. En su caso lo hizo para rescatar de los silencios historias casi siempre increíbles de seres extraños a los que tal vez podamos ver por Madrid, allí donde van a parar quienes –desde León, pero también desde tantos otros sitios– finalmente deciden emigrar o exiliarse.

Pequeñas historias que encierran una ambición muy grande: explicar que “esto de los cuentos es para vivir”. Nada más y nada menos.

 

 

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