“Entre Santa Teresa y la princesa de Éboli hubo un conflicto de visiones del mundo”

Juan Manuel de Prada mantiene este miércoles un encuentro con los lectores organizado por la Fundación Siglo Futuro en el que presentará su última novela, ‘El castillo de diamante’, ambientada en parte en Pastrana y en la que recrea la relación entre la Princesa de Éboli y Santa Teresa, de quien se cumple el V Centenario de su nacimiento.


El escritor Juan Manuel de Prada participa este miércoles en el ciclo 'El autor y su obra' de la Fundación Siglo Futuro con la presentación de su última novela, ‘El castillo del diamante’ (Espasa, 2015), ambientado en parte en la localidad alcarreña de Pastrana durante el Siglo de Oro y en la que recrea la tempestuosa relación que mantuvieron Santa Teresa de Jesús y la princesa de Éboli. El acto será presentado por el historiador alcarreño Plácido Ballesteros, profesor asociado de la Universidad de Alcalá, y comenzará a las 20 horas en el Salón de Actos de Ibercaja.

 

¿Qué le fascinó de Santa Teresa y la princesa de Éboli para decidirte a escribir esa novela?

Eran dos mujeres muy atractivas desde el punto de vista novelesco, dos mujeres con las cosas muy claras sobre cómo llevar a cabo su proyecto vital, cultas, divertidas y fuera de lo común en muchos sentidos. Y además fueron dos mujeres cuyo choque entre sí tiene unas condiciones extraordinarias para basar una novela, un conflicto entre dos mujeres que tropiezan con la oposición de la otra, cuando en teoría podrían haber tenido una relación de colaboración, pero ninguna de las dos está dispuesta a renunciar. Tenía miga, daba mucho juego literario.

¿Y cómo cae esta historia en sus manos?

En el ‘Libro de las Fundaciones’ de Santa Teresa lo menciona, aunque de manera muy pudorosa; luego en sus biografías se cuenta más sobre el caso. Nos falta la versión de la Princesa de Éboli, que no dejó testimonio, y quedan muchos puntos oscuros, pero hay un esqueleto de hechos interesantes sobre los cuales me pareció que se podía novelar. No obstante, como novelista he incorporado muchos elementos de pura ficción.

¿Qué cantidad de hechos reales ha incorporado?

Hay muchos hechos de los que no tenemos ni idea, entre ellos cómo se conocieron o si tuvieron una amistad íntima o protocolaria, pero esos aspectos de los que no tenemos noticia eran de los que más me interesaban, constituyen la parte más fantasiosa de la novela. También sabemos que Santa Teresa vivió durante meses en el palacio de la Princesa mientras se fundaba el convento, y me llamaba mucho la atención imaginármela en un palacio renacentista… Todo esto nos permite fantasear.

¿Qué rasgos destaca de estos personajes tan marcados y qué mitos destierra?

A la princesa de Éboli siempre se le ha colgado el sambenito de ser una mujer ligera de cascos…

E infiel, también…

Eso es, con muchos amantes… En muchos lugares, incluso en Pastrana, se la llegó a conocer como la puta, cuando es algo totalmente falso, fue una mujer muy fiel en su matrimonio según los testimonios y la correspondencia que dejó, donde se deja ver un gran amor; su único amante fue Antonio Pérez, cuando ya se quedó viuda… Resulta llamativo cómo se altera la realidad de las cosas.

Las tramas palaciegas en torno a la princesa de Éboli han sido fuente de muchas historias en cine, literatura… ¿Qué propone usted de nuevo?

El tema de fondo: la relación entre ellas dos, lo más suculento para el escritor, porque sabemos muy poquito y había que crear una relación que resultase verosímil para explicar porqué hubo tanto encono entre ellas. Yo la relación que imagino es de admiración mutua, pero en la que llega un momento en que la princesa siente envidia de no poder llevar la vida de Santa Teresa, no ya la vida de monja, sino de poder prescindir de las servidumbres y las convenciones que a ella le imponía su estatus social.

¿Hay una lucha de egos?

No tanto, porque ninguna de las dos destaca por su egolatría sino por tener un ideal y sacrificarlo todo para ello; en el caso de la princesa es de tipo mundano, y por eso decide patrocinar conventos, porque sabe que eso a los ojos de Felipe II la favorecerá mucho, y en el caso de Santa Teresa su objetivo es llevar adelante su reforma, y por eso está también dispuesta a todo. Es más bien un conflicto entre visiones del mundo.

Es una coyuntura histórica muy convulsa, con la España de Felipe II. ¿Cuánto peso tiene en la novela?

Es una España apasionante, con cosas que no sabemos o que sabemos a través de nuestra aceptación de la ‘leyenda negra’, lo que supone en cualquier caso una visión un tanto distorsionada. En la novela no sale personalmente Felipe II, pero constantemente se están comentando cosas sobre él, de tal modo que al final se convierte en uno de los protagonistas. Hay muchos aspectos entre el juego político y religioso de la novela que están presentes en la novela. Felipe II tiene hechos que solemos olvidar, como que fue un gran promotor de la reforma de la Iglesia porque consideraba que Roma estaba muy corrompida y agotada, había que purificarla, que políticamente debía ser apartada de determinados lugares… Esas razones impulsan la reforma de Santa Teresa, porque las órdenes establecidas miran hacia Roma y hay que potenciar otras…

También aparecen otros personajes como Ruy Gómez de Silva o el intrigante Antonio Pérez…

Son dos personajes muy importantes que nos ayudan a entender el ambiente político y religioso de aquella España y, a la vez, la psicología de Ana de Mendoza; en el caso de Santa Teresa ocurre también con otros personajes de la órbita religiosa, como San Pedro de Alcántara o doña Catalina de Cardona. Unos y otros nos explican las motivaciones de la princesa con su deseo de triunfo en la corte, y en el caso de la santa, su concepción de cómo debía de ser la vida religiosa.

Pastrana es uno de los escenarios. ¿Qué lugares concretos encuentra el lector?

Es el escenario principal, junto con Toledo, porque en Ávila y Sevilla sólo transcurren uno o dos capítulos. En Pastrana los escenarios son naturalmente el Palacio Ducal, como edificio más imponente de la villa, pero también el Convento de San José, de carmelitas entonces, que funda Santa Teresa; y la ermita de San Pedro, origen del actual convento del Carmen [que desde este año acoge precisamente el Museo de Santa Teresa]. Esos tres puntos son los principales.

Ha dicho que su novela rinde homenaje a la literatura clásica española, a la picaresca, el esperpento, al Quijote…

La circunstancia de reconstruir una época tan antigua es muy complicada. Hoy sabemos muy poco del siglo XVI, sobre todo a través de documentos históricos, pero la dura realidad es que muchas de las cosas de la época se nos escapan. Me di cuenta de que la mejor manera de recrear el ambiente era a través del clima, el gusto y el perfume que desprende la literatura de aquella época y, de este modo, mostrar al lector cómo era. Por eso hay homenajes a la picaresca, a los libros de caballería, a la literatura espiritual de Santa Teresa y a la poesía de Fray Luis de León o de Garcilaso.

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