La debilidad del instinto, la fuerza del ingenio

El alcarreño Pep Bruno abrió la XIX temporada de los Viernes de los Cuentos con una sesión de personajes obligados a desenredar situaciones a las que se ven empujados por su debilidad por los pequeños placeres de la vida como comer, beber o amancebarse.


¿Quién no se ha metido en un lío por dejarse llevar por los instintos? ¿Quién no se ha dado cuenta de que ya era demasiado tarde y ha tenido que estrujarse los sesos durante horas para deshacer un entuerto ocasionado por la irresistible necesidad de dar rienda suelta a los placeres más sencillos, a veces los más irreprimibles? Eso, si les sirve de consuelo, ya pasaba en el siglo XIII. Aquí y en Rusia.

El narrador alcarreño Pep Bruno levantó este viernes el telón de la XIX temporada de los Viernes de los Cuentos con una sesión divertida de narración a pelo, sin más aditivos, ante un auditorio del CMI Eduardo Guitián de Aguas Vivas que volvió a demostrar la capacidad de convocatoria que tiene este narrador que afortunadamente es profeta en su tierra. Su presencia fue toda una declaración de intenciones del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil para una temporada que, siendo antesala del XXV Maratón de los Cuentos, va a convocar sobre el escenario a numerosos artistas alcarreños.

Pep Bruno contó tres cuentos largos en los que intercaló algún otro más corto y en los que demostró su capacidad para atrapar al auditorio con sus historias, para jugar con el espectador en sus continuas interpelaciones y para dejar al respetable con una sonrisa en los labios, una sombra de las mismas carcajadas con las que durante toda la sesión se pasa uno riendo de sus miserias. Y lo hace hablando del siglo XIII y hablando de popes rusos para demostrar que hay cosas que no cambian por más que pasen los siglos o por más lejos que nos vayamos para situar el escenario de los acontecimientos. Esas ganas de comer con avaricia, esa inclinación a beber el vino, y no digamos ya esa necesidad irreprimible del amor más animal forman parte de la condición humana.

Tres historias universales

El primero de los cuentos habló precisamente de un matrimonio (del siglo XIII, por supuesto) que se dispone a almorzar unas perdices con el cura del pueblo. El segundo, aderezado además por una divertida historia sobre qué es el vicio de los corrales, contó la historia de otro matrimonio (podría ser el mismo, en cualquier caso del siglo XIII) cuya mujer se las apaña para ofrecer una explicación increíble al marido de las razones por las que en la tinaja ya no queda vino y sí hay, en cambio, un buen puñado de piedras; y el tercero fue un 'cuento prohibido' del ruso Afasiniev, con el duelo entre un pope y un labrador, con sus respectivas herramientas para acabar niños y para recuperar pendientes perdidos en el rincón más íntimo de una mujer.

En la sesión 'Este cuento vino a mí, vino a mí, vino, a mí', el instinto más primario aboca a los personajes a esos pequeños placeres irresistibles que, tras verse consumados, les llevan a la perdición. O, al menos, a verse enredados en una situación de difícil solución. Sólo el ingenio, tan típico de la picaresca española (y se ve que también de la rusa) es capaz de rescatar al protagonista de esta encrucijada.

Los cuentos de Pep Bruno nos retratan a unos personajes traviesos en los que es imposible no ver reflejadas nuestras propias debilidades, y están contados con tanto desparpajo y oficio que elevan estas anécdotas de la rutina de la vida, con sus chascarrillos, a puro arte. El de este viernes fue un lujo de arranque con un maestro de la narración que es profeta en su tierra. Una tierra con denominación de origen de los cuentos.

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