El bolso de Pandora

Inés Bengoa cerró este viernes la temporada de los Viernes de los Cuentos con media docena de cuentos desencadenados por objetos que llevaba en un gran bolso. • La narradora navarra ofreció una contada en la que destacó un saludable sentido del humor y que dejó muy buen sabor de boca.


Inés Bengoa viaja por toda España contando cuentos, pero lo hace siempre con un bolso enorme cargado de cosas, algunas útiles y otras innecesarias. Tanto unas como otras–una compresa, una agenda, unos peluches, una almohada, una caja de cerillas con una vela– puede desencadenar de pronto un relato que nos haga preguntarnos por temas tan universales como la identidad o la sabiduría. De modo que el bolso de Bengoa es como la chistera de un mago de la que en vez de conejos y pañuelos de colores surgen cuentos, pero también como la caja de Pandora: el sencillo acto de abrir el bolso y sacar cualquier chisme desata consecuencias imprevistas.

Antes de que la contadora invitada saltase a escena, la presidenta del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil, Blanca Calvo, intervino para recordar al público –casi lleno el CMI de Aguas Vivas– que se trataba de la última sesión de ‘Los Viernes’ y que preludiaba, como es habitual, el ya inminente Maratón de los Cuentos: “Estamos ya en la cuenta atrás. Cuando una puerta se cierra se abre una ventana”. Y aprovechó para dar unas pinceladas sobre la novedad, la Noche de Estrellas Estrelladas, con la participación de trece narradores profesionales en la madrugada del viernes al sábado.

Inés Bengoa se estrenaba en los Viernes de los cuentos después de dejar muy buenas impresiones el año pasado en los Inauditos del Maratón –también estuvo en las contadas corales de ‘Ábrete Moderno’ para reabrir el teatro–. ‘¿Qué llevamos las mujeres en el bolso?’ parte de la idea de preguntarse sobre aquellos artículos que tantas damas llevan en sus enormes bolsos, esos en los que constituye todo un desafío encontrar el móvil cuando suena.

Empezó Bengoa contando un cuento precisamente de una mujer que sacaba auténtica magia de su bolso: una ocarina, una caracola, una flor o una fotografía capaces de transportar a una anciana a situaciones maravillosas… ese primer bolso de la noche era un bolso capaz de tener “todo lo que se ama”.

Pero el de Inés, en cambio, tiene cosas mucho más prosaicas. La primera que salió fue una compresa. Un artículo que indiscutiblemente señala a su dueña un rasgo de su identidad. Aunque la identidad depende también mucho de lo que los demás se empeñen en ver en cada uno de nosotros, como bien sabía el oso de la segunda historia, atrapado en una situación kafkiana.

Sacó Bengoa una agenda y surgió uno de los cuentos más divertidos de la noche, la surrealista historia de amor entre Romerillla y Reinaldo, salpicada de golpes de humor, y poblada de ecos fantásticos de los cuentos clásicos, con dragón de tres cabezas incluido. Luego los ecos fueron africanos, para explicar –del bolso había salido una caja de cerillas– cómo una mujer africana acertó, a diferencia de los hombres de su aldea, a descubrir los dos fuegos más poderosos: el que enciende las hogueras y el que enciende las pasiones. Eso que los africanos llaman ‘golongoló’ y que algunas mujeres suplen, en las noches más frías, con unas onzas de chocolate. A falta de una tableta, Bengoa repartió tres entre el público, que fueron circulando de butaca en butaca.

La divertida y no menos surrealista historia de don Fortunato, el rico del pueblo que casó con una hembra muy particular, llevó la sesión hasta su recta final. Tomados los espectadores por este saludable sentido del humor cuyas aristas más cómicas remarca la propia contadora con sus voces y sus gestos con la gracia de los mejores monologuistas, la navarra dejó para el final un relato africano corto y poético –tomado de una antología de Ana Griot– que explica los motivos por los que las liebres tienen el labio partido; la luna, las manchas que apreciamos al mirarla desde aquí abajo; y los hombres y mujeres de esta tierra, también llamados inmortales, el amargo equívoco de pensar que moriremos, cuando no es cierto: como el satélite en el cielo, también cada uno de nosotros crecemos, menguamos, desaparecemos (¿morimos?) y luego reaparecemos… renacemos.

Y así, con esta feliz promesa de proporciones metafísicas y con un regusto a chocolate en el paladar, acabó la contada y, con ella, otra temporada más de los Viernes de los Cuentos.

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