Vidas en la cuerda floja

Cristina Verbena ofreció en ‘Equilibristas’ un sello muy personal a un grupo de relatos de muy diversa tradición y autoría sobre niños, viejos y mujeres extraordinarias, con finales asombrosos. • La narradora aragonesa llenó el salón de actos del CMI en su Viernes de los Cuentos, con numeroso público que se quedó sin butaca.


Un niño que tiene un remedio definitivo para evitar la muerte de un abuelo, unas mujeres salvajes que se encaprichan de un joven, un gato que se enamora de una muchacha, un viejo torcido y encorvado en un mundo donde todo es viejo y encorvado…  Los cuentos de Cristina Verbena son equilibrios formados por personajes que acaban por dar un paso en falso, ilusiones que duran hasta que se rompe el hechizo, como en la literatura y como en al vida misma, donde ponemos con dificultad y vértigo un pie detrás de otro aunque al final nada nos librará de la caída libre. Pero el trayecto es puro arte.

Cristina Verbena regresó a Guadalajara para el primer Viernes de los Cuentos de 2015. Su tirón es indiscutible: llenazo en el salón de actos del CMI de Aguas Vivas, con todas las butacas ocupadas y muchísimo público de pie en las escaleras, los pasillos laterales y al fondo. Un exitazo rotundo para escuchar su espectáculo ‘Equilibristas’, donde tira de clásicos, antiguos y modernos, desde los Hermanos Grimm a Cortázar, y se acompaña de versos de poetas como Luis Rosales, para formar una sucesión de historias a las que ofrece un sello propio, con un modo de contar que embauca con un ritmo monocorde pero hipnótico.

Los cuentos de esta habitual del público alcarreño sitúan a sus personajes siempre al borde de una caída al vacío. Como en los ejercicios de funambulismo, avanzamos con los personajes sobre el hilo finísimo de lo extraordinario, hasta que al final se produce un desenlace que arrastra al espectador en su descenso. En la sesión del viernes hubo finales alegóricos de gran belleza, como la risa ocupando el lugar de la despedida; y sensacionales, como el de esos dos viejos que queman el colchón de la habitación donde se amaron de jóvenes; pero también divertidos, como el bucle infinito en que desemboca el cuento del viejo torcido y encorvado.

Cristina Verbena dividió su sesión en una primera parte dedicada a la infancia, siguió con una sucesión de cuentos de mujeres extraordinarias (gente de musgo, mujeres salvajes, mujeres loba…) y, en un último tramo, historias protagonizadas por viejos. Destacó la velocidad de crucero que imprimió a la cinematográfica historia de zombies de Roberto Bolaño y la sensualidad con que relató la desgraciada aventura del gato enamorado de Carlo Lucarelli. Pero no menos sorprendente fueron sus cánticos a capela o, en las primeras historias, su modo de trasladar los modales y la lógica de los críos, y casi siempre nos contagia con la mirada limpia e ingenua de los niños, lo que hace más dura la caída.

Sin más herramientas que la voz ni más escenografía que una silla, la narradora hiló con absoluta naturalidad un serial de cuentos de tradiciones y temas muy variados, para acabar derrochando literatura con los versos de Félix Grande. Y el final, en ‘Equilibristas’, no podía ser otra cosa que una caída. Pero no una caída aparatosa ni contundente, sino una caída tan liviana como la de una brizna de polvo. Sin conmoción. Con emoción. “Me moriré diciendo que la vida era buena”.