Arte y anecdotario del repentismo cubano

El caribeño Alexis Díaz-Pimienta ofreció un recital de poesía, a menudo improvisada, que hiló como una sesión narrativa en la que deslizó historias y ejemplos de este género con mucho humor.


El arte del repentismo es innato y difícilmente explicable sin ejemplos. Pero el cubano Alexis Díaz-Pimienta saltó al escenario para mostrarse como encarnación viva del género, cantando para presentarse como un guajiro con pimienta, sin más acompañamiento que una vulgar botellita de plástico con agua, dispuesto a exponerse a sí mismo como mejor encarnación de un género maltratado: la poesía oral e improvisada.

Llegó el caribeño afincado en Almería admitiendo su respeto por el público de la ciudad de los cuentos y sin la presencia de su hijo Axel, que había sido anunciado y que le iba a facilitar su exhibición de repentismo: no pudo salir de Cuba porque no llegaron a tiempo los papeles. Así que en un escenario en tinieblas, sin compañía ni decorado, decidió el artista darse a lo que mejor sabe hacer. Y ofreció un recital. En todos los sentidos.

El artista tuvo un comienzo más rígido, cuando narró la condición innata del repentismo en su caso particular, las reacciones que tuvieron los suyos a esta herencia del abuelo, el ritual báquico que acompaña a este magisterio y arrojando ya un primer ejemplo de repentismo. Lo mejor de la sesión, que duró una hora y cuarto, llegó cuando Alexis se situó al filo del escenario y se enfrentó literalmente al público, al que pidió su participación para que le pusiera diferentes ‘pies forzados’: versos espontáneos que él tenía que incluir en poesías improvisadas. Un juego al que ya jugaba Quevedo y al que el cubano invitó a los presentes, que disfrutaron de la combinación de reflejos, humor y rimas.

Apagóse la bombilla”, le pidieron desde el público. Y él devolvió el verso desnudo envuelto en una estrofa. “Tengo un frío que te cagas”, y, entre risas, de nuevo respondió juguetón. “Llamando a la casa entré”, le dijeron, y acabó entrando en la casa para salir del enredo. También jugó con dos pies forzados en la misma décima: “como quieres que te mire” y “el pantalón de tres piernas”. Hubo una propuesta que resultó especialmente divertida, metiendo en un mismo poema improvisado “buen amigo Paquirrín, del Pequeño Nicolás”.

La sesión del caribeño evolucionó entonces hacia una serie de anécdotas encadenadas, una suerte de antología del repentismo, con cuentos y chismorreos salpicados, claro, de los mejores ejemplares del género. Habló Alexis del reto más complejo que le puso en su juventud un malencarado tipo del público, con un pie forzado que necesariamente le obligaba a introducir en apenas diez versos un cuento con un personaje en tercera persona. Luego habló de algunos maestros repentistas, desgranó sus diálogos en verso improvisado con un amigo de juventud o sus discusiones también a verso cruzado con la ciega Tomasita, así como de las divertidas participaciones en las veladas de los muertos del pueblo de otro de los clásicos, Nicanor Cabrera.

Había ofrecido ya el cubano su lección teórica y práctica del repentismo -con anecdotario incluido-, pero dejó para el final una catarata de verborrea. Pidió al público un tema y desde las butacas eligieron la calvicie. Inventó una estrambótica historia del frondoso cabello afro de su hermano mayor, siguió con la divertidísima historia del ilustrado culo del primo Angulo y, para rematar, un larguísimo poema improvisado en el que el repentista puso la letra, con su música, y el público la rima. Como si todo estuviese preparado en este ritual báquico sin gota de alcohol. Como si, en realidad, nada hubiese sucedido tan de repente.