El día en que Guadalajara recibió el Premio Nobel

Este domingo se cumplen 25 años del fallo de la Academia Sueca para galardonar al novelista Camilo José Cela, autor de ‘El Viaje a la Alcarria’ que recibió y celebró la noticia el 19 de octubre de 1989 en su casa de El Clavín. Así transcurrió aquella jornada.


Cuando a las doce del mediodía la Academia Sueca anunció que Cela era el ganador del Premio Nobel de Literatura, a las puertas del chalé que el escritor gallego tenía alquilado en El Clavín había ya un buen puñado de periodistas. Su nombre había sonado en otras ocasiones y el suyo había sido, visto el desenlace, un galardón aplazado. Pero en los últimos años el dedo del dios de las letras había caído en otros puntos de la geografía universal: la Colombia de García Márquez, la Gran Bretaña del ‘señor de las moscas’ William Golding o, sin ir más lejos en el tiempo, el Egipto de Naguib Mahfuz, el año anterior.

Fueron las radios las que con insuperable inmediatez en aquellos tiempos reprodujeron el fallo desde Estocolmo y proclamaron aquel mediodía del jueves 19 de octubre de 1989, hace ahora justo un cuarto de siglo, que Camilo José Cela había ganado el Nobel de las Letras. Pero muchos paisanos arriacenses se enteraron de la buena nueva de manera mucho menos ortodoxa. No había por entonces redes sociales, pero en España siempre ha cundido la figura del pregonero. Y cuenta el poeta Francisco García Marquina, biógrafo de don Camilo, que aquella mañana por la Calle Mayor de Guadalajara un paisano andaba vociferando que le habían dado a Cela… “el premio Nobel de la Paz”.

Por fin el quinto Nobel español

No era el de la paz el que recaía sobre un literato siempre inclinado a la batalla dialéctica, pero era sin duda el otro de los dos galardones universales más conocidos de la nómina. Sumaba el quinto para España. El anterior, concedido al poeta Vicente Aleixandre, quedaba lejos. Y el de Cela reconocía su talla literaria, pero también toda una generación brillante de novelistas conformada por los Delibes, Ferlosio o Torrente Ballester, por no hablar también del dramaturgo alcarreño Buero Vallejo, que en una nota mostraba su “cordialísima felicitación” a su colega: “Es un gran escritor y por consiguiente todos nosotros nos alegramos y lo felicitamos muy cordialmente”, aseguraba: “La concesión es además muy oportuna porque desde hace varios años no había ningún premio Nobel vivo de literatura en España, lo cual era de lamentar”.

En su fallo de aquel día, la Academia Sueca resaltó “la riqueza e intensidad de su prosa, que con refrenada compasión encarna una visión provocadora del desamparo de todo ser humano”. Los elogios de los hombres de letras más ilustres cayeron en cascada. Todos subrayaban el modo en que con obras maestras como ‘La familia de Pascual Duarte’ y ‘La colmena’ se había adelantado antes que nadie a la renovación del género en España tras el hundimiento que para la literatura nacional supuso también la Guerra Civil.

El académico Lázaro Carreter, más tarde presidente de la RAE, no fue la única voz en resaltar los méritos del nuevo Nobel, pero sí una de las más autorizadas. Al día siguiente escribía en la página 3 del ABC que Cela, “con su prosa, tan personal, tan inconfundible, había conducido la lengua castellana a una de sus cumbres en este siglo”. Y reclamaba para él también el Cervantes, que acabaría recibiendo seis años después.

Este quinto Nobel español, celebrado en todo el país obviamente como una distinción nacional –los detractores, que también eran muchos, tuvieron esta vez que apagar sus murmullos– supuso para Guadalajara, la tierra adoptiva de Camilo y el escenario de su libro ‘Viaje a la Alcarria’, una conmoción tremenda. Las instituciones celebraron el fallo, decenas de periodistas se agolparon en la casa de El Clavín para captar con sus micrófonos las primeras reacciones del premiado (“es la culminación de mi carrera literaria, después de muchísimos años trabajando”, registraron) e incluso en un aula de un colegio una maestra se saltó la disciplina del currículo académico para explicar a los escolares de ocho años qué era el Nobel y quién ese paisano tan afortunado.

Pero Cela, que alguna vez había ironizado con que estaba dispuesto a cambiarse por un enanito manco y ciego con tal de tener el Nobel, intentó aquel día aparentar una absoluta normalidad en su vida e incluso acudió a su tertulia habitual en Televisión Española. No era un día para emocionarse, declaró, sino “para tomárselo con infinita paciencia, atender a todos y abrir telegramas”.

Así se lo comentó a uno de los periodistas locales, a los que también atendió entre llamada y llamada, según registra la hemeroteca de Flores y Abejas. En la entrevista publicada el viernes posterior al premio, se daba cuenta del agradecimiento de Cela por el cariño de los alcarreños (“mi gratitud porque no me hayan echado de aquí a patadas”) y el modo en que quiso reaccionar, al menos públicamente, al más importante galardón literario: “Es un pequeño accidente sin importancia”. Como si se tratase de un mero trámite.

Así era el marqués de Iria Flavia, un personaje que pensaba que “tomar las cosas demasiado en serio nunca trae buena cuenta”, un señor que –según Umbral– no era tanto un hombre de ideas como de frases.

La fiesta en El Clavín

La jornada transcurrió con cierta tranquilidad para el escritor hasta que llegó la noche. Fue entonces cuando la celebración se desbordó en el chalé que compartía con su segunda esposa, Marina Castaño. Allí acudieron amigos del mundo de la cultura de la talla de Manu Leguineche, afincado ya en La Alcarria, Juan Cruz, Raúl del Pozo o el escultor Otero Besteiro, pero también varios colegas del lugar como el propio Marquina o la librera Ascensión de Blas.

Otro de los asistentes, su muy amigo Francisco Umbral, ha recordado esa noche en el libro ‘Cela: un cadáver exquisito’, con la habitual mirada irónica que también tuvo este cronista: “Cuando llegamos a Guadalajara, en la noche del Nobel, la casa estaba llena de gente, el doctor Barros asistía a Cela como si el Nobel fuese una pulmonía, y Cela hablaba interminablemente con Gimferrer”. Pero entre “las abrumaciones de las teles, con sus focos”, esa noche el genial columnista captó el ensimismamiento de su amigo musitando: “Hay que joderse, el premio Nobel…” con una extrañeza que le sorprendió: “Había luchado toda la vida por eso, y ahora que se lo daban le parecía una mentira, un sueño, algo que podía desvanecerse en cualquier momento”.

Muchos de los asistentes a la celebración de octubre en El Clavín acompañarían también al escritor en la entrega del premio en Estocolmo, ya en diciembre, en una suerte de comitiva alcarreña que rivalizó en entusiasmo y ruido con la mallorquina o la gallega, según ha relatado en más de una ocasión Marquina.

De aquel Nobel incluso surgieron nuevos lazos. El periodista y escritor alcarreño Pedro Aguilar, que años después escribiría el libro ‘Las cosas de don Camilo’, estaba de viaje en Grecia cuando el jurado elevó a Cela al olimpo de las letras. Recordó entonces que al novelista le gustaba coleccionar recortes de prensa en los que él mismo salía, de modo que se hizo con todos los periódicos del país. Horas después hizo también lo propio en el aeropuerto de Estambul con la prensa turca. De vuelta a Guadalajara, envió el paquete al flamante Nobel que, desde entonces, nunca dejó de tener el detalle de enviar a Aguilar una felicitación de su puño y letra por Navidad.

A Pedro Aguilar le debemos también una de las más divertidas anécdotas de aquella celebración hace ahora 25 años en el chalé de Cela y Castaño. Cuenta que Leguineche fue testigo de que cuando aquella larga fiesta nocturna ya languidecía y apenas quedaban unos pocos allegados, en un momento dado el autor de ‘La Colmena’ se bajó la bragueta y, con las vergüenzas al frescor de la noche, exclamó: “Premio Nobel: ¡quién te ha visto y quién te ve!”.

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