El latido universal de Gorsy Edú

El guineano Gorsy Edú inauguró la temporada de los Viernes de los Cuentos con un espectáculo musical y literario de muchos kilates en el que ahondó en el potencial universal de la música y la palabra. • Abarrotó el CMI de Aguas Vivas y el público se puso en pie al final de casi hora y media de espectáculo.


Al guineano Gorsy Edú su abuelo le enseñó una lección fundamental: los tambores africanos encierran un lenguaje universal, con alma. Su ritmo es el latido de la vida. La música habla y la palabra tiene música. El tam-tam y el abecedario tienen una misma misión: disfrutar la plenitud de la vida y aproximar a unos hombres con otros. La lección fue teórica; pero también tremendamente práctica.

Este guineano estrenó con su espectáculo ‘El percusionista’ la temporada de los Viernes de los Cuentos con una sesión de narración oral antológica que puso en pie a un público que llenó el CMI de Aguas Vivas, con más de 300 espectadores. Los bravos y la enérgica ovación hablaron por sí mismos: cabía esperar que el negro dominara los ritmos africanos y su decena de instrumentos de manera deslumbrante, y lo demostró. Cabía pensar que trajese ecos de historias inéditas de las tribus africanas, y claro que lo hizo. Pero su contada aportó además un lenguaje literario exquisito y un giro final inesperado y apabullante para culminar un relato repleto de aforismos y parábolas que desbordó todas las expectativas.

Deslumbró en todo lo que hizo. Durante la primera hora de su larga sesión desgranó el relato iniciático de un chaval de una aldea de Guinea Ecuatorial cuya educación sentimental siguió siempre el dictado del sabio abuelo. La veterana figura es venerada por el nieto porque le animó a explotar el lenguaje de la música, con sus pequeños matices y su extraordinaria combinación entre tiempo y tempo: dos magias capaces de dar forma a los sentimientos y de facilitar el encuentro con el otro en un mundo que en realidad es una orquesta en la que cada cual interpreta un instrumento con su acústica particular, que es su propio carácter.

El percusionista combinó continuamente cánticos en su lengua local y el potente acompañamiento musical de sus tambores e instrumentos de percusión con el relato en perfecto castellano: cómo nació y, sobre todo, el modo en que su tremenda curiosidad se alió con la experiencia de la figura omnipresente del abuelo.

El giro final

Pero a todo esto, con una música que obraba un efecto hipnótico, le quedaba todavía un golpe de efecto en el tramo final, que llevó al público al borde del precipicio de las grandes emociones. El simpático joven que había aprendido a dominar la lengua de Cervantes de manera deslumbrante, fascinante y con todos los ‘antes’ inimaginables –su repertorio da para un par de discos de rap– reservó un giro inesperado para completar un autorretrato de humanidad. De una humanidad… desbordante.

Gorsy el percusionista, Gorsy el heredero de la sabiduría del abuelo, Gorsy el mensajero de proverbios que encierran la verdad de la existencia, acabó relatando el modo en que se vio empujado a emigrar a Europa en un viaje de dos años a través de todo el continente, en busca de dinero para curar la ceguera de su abuelo, a quien todo le debía. Y aunque lo contó ahorrando crudeza y prestando algunos chascarrillos, la sonrisa del espectador se fue enfriando hasta quedar congelada en una mueca de amargura ante la injusticia padecida por quien había crecido entendiendo a los otros, escuchando los latidos del corazón, liberándose de la esclavitud de los tempos para prolongar en el tiempo el gozo de la música, más allá del alba, ya fuera para celebrar las alegrías, ya fuera para remontar las penas.

Dieron ganas de saltar al escenario para abrazarle. Genial, polifacético, subversivo y fascinante, resultará imposible olvidar el paso de Gorsy Edú por los Viernes de los Cuentos. Nos clavó el latido.


Fotos: R.M.

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