Las ausencias del poeta Ramón de Garciasol

Presentado en Guadalajara capital al fin un libro del cronista humanense y amigo del poeta, Francisco Lozano, sobre el fuerte vínculo que en sus cinco últimos años de vida recuperó el escritor con su tierra.   El actor Fernando Catalán ha recitado tres de sus poemas que más atención prestan a la provincia de Guadalajara. • "Miguel Alonso Calvo fue un poeta ilustre que ha sido muy poco valorado en su tierra, aunque en Guadalajara no hemos tenido otro igual", ha defendido el autor del libro-homenaje.


Cuando hace justo veinte años, el 15 de junio de 1994, las cenizas del poeta Miguel Alonso Calvo fueron vertidas al río Sorbe desde el puente de El Sergal, no sólo se cumplió la última voluntad de un hombre, sino que culminó el regreso de un poeta a su tierra y sus ríos. Mientras el polvo caía sobre las aguas dibujando un último rastro de existencia, muchos amigos del escritor, algunos de ellos alcarreños, lanzaron a su vez claveles y rosas rojas.

Aquella imagen poética, no podía ser de otro modo, coronó “un emotivo y amigable acto”, dijo entonces su también amigo Francisco Lozano, cronista de Humanes y obstinado defensor de que los nombres de Garciasol y Alonso Calvo queden para siempre ligados a los de Humanes y Guadalajara, al Sorbe y al Henares, a su tierra y sus ríos. Si hace ya tres décadas logró lo más difícil -que el regreso del poeta lo fuese para siempre-, en el centenario que se celebró durante el año pasado, en 2013, tampoco cejó en su empeño por mantener fuerte este vínculo. A pesar, incluso, del escaso entusiasmo que han demostrado los círculos culturales e institucionales en la celebración de esta fecha redonda, sólo paliada ahora, por fin, con el sencillo tributo de este martes al poeta al que ha asistido el alcalde de Humanes, Sergio Sánchez, que ha recordado que Miguel Alonso Calvo es "nuestro paisano más ilustre de todos los tiempos"; el responsable del Servicio Pronvial de Cultura, Plácido Ballesteros; y la diputada provincial Eloísa Rodríguez, criada en la localidad campiñera.

Esa ausencia con un hombre siempre casi siempre maltratado en su tierra, pese a la categoría de su obra, quedó este martes mitigado con la celebración de un acto en la capital provincial, la presentación del libro ‘El regreso para siempre de Miguel Alonso Calvo a su tierra y ríos’, que aglutina recortes de prensa, testimonios y retazos de diversa procedencia sobre la vida del escritor. Su autor, el propio cronista oficial de Humanes, Paco Lozano, celebraba este acto, pese al notable retraso, que da continuidad al único que se llevó a cabo el año pasado, durante el Centenario, el último fin de semana de septiembre en Humanes, gracias en gran medida a la insistencia de Lozano.

Como un escritor del 98

Por las páginas del libro presentado al fin en Guadalajara desfilan casi siempre alabanzas. Algunas de amigos como la exbibliotecaria Blanca Calvo, otra de las personalidades que más hizo desde sus cargos -incluido su breve pero intenso periodo en la Alcaldía, a inicios de los años noventa- para recuperar el vínculo entre el escritor y su provincia:“Lo primero que llama la atención de su persona es la alegría, su aspecto de hombre serio y formal, su imagen de escritor de la generación del 98”, como un colega de Unamuno o Machado, con quienes “comparte un gran sentido ético de la vida y una profunda preocupación intelectual”, indicaba la entonces alcaldesa al nombrar Hijo Adoptivo de la ciudad de Guadalajara a este escritor, el 3 de diciembre de 1991, el mismo día que recibió la misma distinción el novelista José Luis Sampedro, autor de ‘El río que nos lleva’.

Ese fue uno de los gestos que mejor ilustró los renovados lazos entre el poeta y la provincia. El primero de ellos, tímido, fue acaso el nombramiento de una calle en 1984. Luego vendrían más cariños: socio de honor de la Biblioteca Pública, vecino predilecto del barrio de Las Ramblas, Medalla de Oro de Castilla-La Mancha, la insignia Melero Alcarreño de la Asociación Cultural ‘Pennafora’, una fiesta de amigos alcarreños por su 78 cumpleaños -entre sus colegas de la provincia estaba también el poeta Fernando Borlán-, un disco del grupo folk Río de Piedras con poemas del escritor -que fue interpretado en directo en el Infantado, como homenaje- o un tardío pero emotivo reconocimiento en su pueblo natal en junio de 1992. Fue un goteo incesante de actos y reconocimientos a lo largo de la década de los años noventa.

Pero la proximidad de Alonso Calvo al paisaje de su infancia es, en gran parte, obra reivindicada por el también humanense Francisco Lozano, que en la presentación de su librito también recordaba que tuvo noticia del poeta a partir de un recorte de prensa de ABC que le pasó el panadero de Humanes. A partir de ahí le telefoneó y, después de dos intentos frutrados, convenció al escritor para que le acompañase en un viaje de vuelta a su pueblo natal, donde no volvía desde hacía años. "Lo que menos se esperaba él era que alguien de Humanes se acordase de él".

Fue Paco quien le convenció, pues, para que el escritor, buen amigo del dramaturgo alcarreño Antonio Buero Vallejo, se desplazase en 1989 a Humanes desde Madrid para pasear tanto tiempo después sus calles y recorrer los parajes próximos, poniendo fin al prolongadísimo “exilio voluntario”, sólo roto una vez tras la guerra con una visita “de incógnito” en la que el escritor quedó desencantado: “desistió de poder regresar nuevamente”.

Esta otra visita, ya anciano y en democracia, de la mano de Lozano, cambió su mirada hacia esta tierra. Juntos fueron, por ejemplo, a la confluencia del Sorbe y el Henares. También llegaron “a lo alto de las ruinas de la plaza fortificada de su Peñahora roja, que tanto nombra en sus versos”, y allí “se emocionó”, recuerda el cronista de Humanes: “Yo le ví ausente, como recordando, y el poeta lloró por no haber venido antes”.

El agitado año 1991

Luego habría otra tranquila y visita en la primavera de 1991, incluyendo el pueblo de su padre, Beleña del Sorbe. El poeta volvía a pisar un terreno que jamás había abandonado en su obra. De hecho, en una entrevista confesó una vez que si reuniese sus poemas relacionados con paisajes y recuerdos de Guadalajara tendría un tomo de unas 300 páginas. Las palabras que pronunció Alonso Calvo cuando sólo unos meses después recibió en 1991 el título de Hijo Adoptivo de Guadalajara pueden tomarse como el reconocimiento público de este feliz regreso a la tierra de su infancia: “Sois la última familia que me queda y el último pespunte de mi sangre”.

Fue también por entonces, en los años noventa, cuando se reivindicó tanto la categoría humana como la calidad de la producción literaria de Alonso Calvo. “Creo que nunca he paseado la calle Mayor con más agrado que cuando la he compartido con este amigo sabio y entrañable”, escribió Blanca Calvo en un ‘Retrato de Miguel Alonso Calvo’ de mayo de 1994.

También hablaron bien quienes no habían intimado, como sucedía con el cronista oficial de la provincia e historiador Antonio Herrera Casado, que se preguntaba en un artículo de 1992: “¿Y habrá, todavía, quien siga tratando de ignorar que el humanense Ramón de Garciasol es uno de los más grandes escritores españoles de este siglo?”.

Camilo José Cela, afincado en Guadalajara, también hablaba de él en términos altamente elogiosos de su colega, que le corregía todos los textos que se publicaban en la editorial donde trabajaba, Espasa. En otro de los testimonios que recoge Lozano en el libro publicado hace unos meses recupera también las alabanzas del siempre controvertido novelista gallego: “Es un gran poeta castellano, hondo y sereno, de bien templada voz y noble y preciso verso, merecedor de todas las admiraciones y todos los reconocimientos que cicateramente se le niegan”. Palabra de Nobel.

Un poeta poco querido

No han cambiado demasiado las cosas desde que el autor de ‘Viaje a la Alcarria’ escribiese estas alabanzas en el periódico Diario 16 en marzo de 1992. También ahora ha llamado la atención el maltrato de la cultura oficial al escritor de Humanes. De no ser por Lozano, incluso podría haber pasado desapercibido el recuerdo del poeta, que murió hace veinte años. "Este libro era necesario", ha reivindicado por eso Lozano en el sencillo homenaje en el salón de Actos del San José donde el actor Fernando Catalán ha recitado tres de los poemas de Garciasol, el pseudónimo que por los mismos motivos políticos que le alejaron de su pueblo utilizó el humanse Miguel Alonso Calvo. "Es un poeta ilustre que no ha sido bien valorado, pero en Guadalajara no ha habido otro igual", ha defendido el autor del libro, que ha insistido en que "en Humanes las autoridades nunca lo han querido". El centenario, que en tantos lugares es esperado como motivo para recuperar y relanzar la figura de cualquier personalidad cultural, ha sido en Guadalajara el ‘año en blanco’ de Garciasol. 

Los vacíos hechos al escritor han sido prolongados en su tierra. Las ausencias, reales o como gesto afectado, le sientan bien al singular carácter de la lírica. Lo son como una entregada respuesta a la llamada de las musas, incluso como pose intelectual para la fotografía de la solapa del libro, o como el natural ensimismamiento de quien en su escritorio rastrea mentalmente un adjetivo o le da la vuelta a una rima. Son, en todos estos casos, gestos de ausencia en vida. Las ausencias de los poetas que ya no están entre nosotros resultan, en cambio, más difíciles de justificar. En el caso de Garciasol, son condenas al ostracismo, maneras de callar la voz de quien había regresado a casa y quiso que sus restos se confundisen para siempre con el paisaje que le vio nacer; de quien la misma noche en que murió tenía en la mesilla el libro a medio leer de un paisano, ‘La gaznápira’ de Andrés Berlanga. En el centenario de 2013, los guadalajareños apenas han escuchado la voz de Alonso Calvo. Y eso que ya avisó Goethe que cualquier hombre sordo a la voz de la poesía es un bárbaro.


Artículo reelaborado a partir de un reportaje original publicado en diciembre en el periódico impreso, especial de invierno, de Cultura EnGuada.