Japón, territorio mítico de los cuentos

Yoshi Hioki hizo de su sesión de cuentacuentos, ‘Pájaro de ceniza’, una ceremonia cuidada al detalle con relatos de origen nipón envueltos en imágenes poéticas, un vestuario tradicional y un juego de voces, luces y cantos.


Los cuentos de Yoshi Hioki son pájaros llegados desde muy lejos. El narrador recupera en sus historias el Japón mítico de las aldeas y de las islas remotas, donde perviven las tradiciones y las leyendas proverbiales, un territorio profundamente espiritual, poblado de relatos que aleccionan sobre la vida. Los temas universales –la vida y la muerte, el amor, los sueños…– adoptan en sus relatos muy diversas formas humanas y animales y se expresan con imágenes cargadas de lirismo.

El narrador nipón, afincado en Barcelona desde 1991, irrumpió por vez primera en los Viernes de los Cuentos –ha sido la penúltima cita del ciclo, con dos tercios de entrada– con su espectáculo titulado ‘Pájaro de ceniza’: cinco cuentos introducidos por reflexiones o proverbios de carácter muy oriental que, según le gusta decir, conforman en realidad una suerte de pinturas en el aire a dos colores: silencios y palabras.

En la penumbra, el contador asiático desplegó nada más salir un cuidado ceremonial que introdujo al público en la tradición oriental en la que se desenvuelven sus personajes. Con un castellano muy aceptable, Yoshi Hioki adapta el tono de la voz al de cada historia (apasionado para hablar de amor, cómico para explicar el gozo inexplicable de volar como un genio) y se apoya en inagotables recursos como los juegos de luz sobre el escenario, el canto, una bufanda o un abanico, la repetición de algún fragmento en japonés o las miradas cómplices con el público.

A cada historia, Hioki fue dejando caer una prenda de sus atuendos tradicionales, mudando la piel como una serpiente de sus cuentos. Y como ellas, contó sus historias con lengua bífida, tan pronto siniestra como inocente, a veces con alegría y en otras, con languidez. Se desdobló para que dialogaran los personajes entre sí (bebés siniestros, esposas todavía más siniestras detrás de su espléndida sonrisa) y fue trasladando, con un ritmo muy medido, la crónica de unos sucesos casi siempre misteriosos y atravesados por sentimientos tan profundamente humanos como el miedo, el pálpito de un sueño o los remordimientos.

Abrió su sesión con una historia en la que había dos ríos (de la vida y de la muerte) que acabó, como casi siempre, con un mensaje poético. Siguió dando cuenta de lo que le sucedió a un hombre tremendamente pobre, en un relato que avanzó desde lo cómico a lo más perverso; y continuó con una bella aventura de dos jóvenes enamorados. La historia de un muchacho que quería ser un genio acababa, después de muchas vicisitudes –en un continúo ‘más difícil todavía’– con el vuelo de la victoria, mientras que el final de la sesión llevó al público a conocer la vida de una joven apodada “lentatorpe”: fue un relato cargado de sonrisas y lirismo, un final feliz, a la manera de Hioki.

En este narrador son poderosas las imágenes, a menudo repletas de luminosos elementos como pétalos de flor o escamas de serpiente. Lo es también ese pájaro de papel que sobrevoló el escenario dando vida a las historias y que al final del espectáculo daba su último aleteo envuelto en llamas. Quedaron de él las cenizas: el recuerdo de estas ficciones. Pero también los restos del ave incandescente volaron. Porque en las historias de Yoshi Hioki casi todo acaba perdiéndose en el cielo, como si el viento quisiera devolver a los personajes a los orígenes al lugar de donde vinieron, tan lejos como este Japón convertido en el territorio mítico de los cuentos.