Amores que matan con gracia

La narradora salmantina Eugenia Manzanera contó y cantó ocho historias de amor en las que alguno de los amantes muere. • La artista fundió Cuentacuentos, teatro y canción en unos relatos muy variopintos, desde surrealistas y clásicos revisados hasta copla y dramatización, siempre con abundantes golpes de humor.  El aforo del CMI quedó completo en la cuarta de las ocho sesiones mensuales de los Viernes de los Cuentos.


Eugenia Manzanera, una habitual de los escenarios de narrativa oral alcarreños, llegó esta vez a los Viernes de los Cuentos para enviar un mensaje rotundo: el amor mata. O, al menos, en sus cuentos  hay un amplio catálogo de maneras de matar y morir de amor, aunque sin dramatizar. Con gracejo, sin humor negro, con salero y, si hace falta, con aires flamencos.

De los romances clásicos de adolescentes “que adolecen” de entendederas y las narraciones en versión original sin subtítulos hasta las coplas, canciones de amor desgarrado donde las haya, o la historia surrealista para verbalizar amores imposibles, la narradora desplegó este viernes en Guadalajara un repertorio variopinto en el que el mucho y buen humor desplazan cualquier tentación de ponerse trágicos y severos ante tanto fiambre.

Era la cuarta de las ocho sesiones mensuales de los Viernes de los Cuentos, el ecuador del ciclo y el CMI se llenó para escuchar las historias de una vieja conocida del versado público alcarreño. Detallazo, por cierto, el de la artista al finalizar su sesión, cuando reconoció la labor que se lleva a cabo con la narrativa oral desde el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de la Biblioteca: “En Guadalajara es un gusto estar porque se nota que se ha estado sembrando, sembrando y sembrando: ¡gracias, jardín!”.

Eugenia Manzanera tira de oficio y reúne sobre el escenario diferentes tradiciones literarias (incluyendo la poesía de la canción española), las filtra en su caja de humor desternillante y acaba ofreciendo una notable entrega teatral, durante una hora y media, un espectáculo muy entretenido y polifacético.

Y todo esto, indudablemente medido, no regaña con la apertura a la improvisación a propósito de cualquier mosca que pase por allí: se siente a gusto en el diálogo (o vacile) con el espectador o introduciendo un soliloquio sobre las incomodidades de la acústica del CMI, que unas veces privó a las últimas filas de un buen sonido y otras obligó a la contadora a escucharse con rebote. No perdió el buen humor y amenazó incluso con ponerse “a vender una chochona” como en una tómbola.

Que el amor, como la narrativa, es universal quedó demostrado mediante un repertorio en el que hubo cuentos chinos e irlandeses, contados en un inglés inverosímil de Norteamerica y cantados en francés a partir de una copla española.

China, Irlanda, Norteamerica… Salamanca

Prologó su actuación la salmantina con un poema, para introducir un cuento chino sobre un emperador y su jovencísima esposa, una historia en la que intervienen tres sueños y un final tremendo que explica de forma poética cómo nació el arroz. Luego le llegó el turno al no menos lírico romance irlandés sucedido en una isla deshabitada (“muerta”, aunque puede verse en Google Maps): una trágica historia de amor entre un ahogado y una joven que enferma de amor, con una hermosa noche de baile.

Tras un arranque convencional, Manzanera reventó su propia sesión con un cuento surrealista y divertidísimo entre un hombre compuesto de letras y su novia, de carne y hueso, un amor imposible entre un personaje que es pura letra y otra que es en exceso carnal para él, que sólo podía resolverse con un final absurdo en una feria.

No fue la única ‘salida de tono’ de Manzanera a lo largo de la noche: su cuento con acento inglés de Norteamérica, una historia en la que no se entiende nada pero se entiende todo, como avisó, resultó sencillamente desternillante. La historia, como casi siempre en su función, tiene una carga narrativa muy débil. El mérito de la contadora está, precisamente, en cómo lo cuenta.

Del español al francés

En el tramo final, Manzanera se enfundó el mandil para tirar de copla: muy flamenca, recitó la letra como si fuese un poema, cantando luego a capela una de las dos estrofas; y luego hizo lo propio con la historia de la conocida canción de Conchita Picher, ‘La puta’, que hizo cantar al público, incorporando por su parte una exhibición de canto a la altura de los más exigentes. Pero, por si fuera poco, demostró que esta canción española es “muy francesa”, e hizo una versión muy libre en el idioma vecino.

Los clásicos –de inspiración, porque otra cosa es cómo los cuenta ella–, pasaron por dos historias: la de dos adolescentes de familias enfrentadas, imposible no pensar en Romeo y Julieta o Calixto y Melibea, con un suicidio de amor precipitado por un malentendido; y la que puso final a la sesión, con dos finales (rebobinó la contadora para evitar la tragedia), en el que interpretó ella misma a los tres protagonistas –incluida la muerte, con máscara– y solicitó la colaboración del auditorio para dar las campanadas de medianoche. La versión alternativa del cuento evitó esta vez el baño de sangre del original. ¿No hubo muerte, pues? Sí la hubo, pero fue una muerte dulce, el desmayo de placer entre amantes, esa –sobran las traducciones– pequeña muerte que sucede al éxtasis de la pasión. Dicho en el idioma universal del amor: ‘la petite mort’.


Fotos: R.M.

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