Los cuentos de Pep Bruno: verdades como puños

El narrador guadalajareño presentó este sábado en La Ballena de Cuentos su último álbum ilustrado, ‘¡Maldito diente!’. • Ofreció además una entretenida sesión de narración oral para niños en la que no faltaron las ironías habituales y un diálogo cruzado con los pequeños.


Los cuentistas son gente que dicen siempre la verdad. Hay que creerlos. Ese fue, al menos, el mensaje que trasladó el narrador oral y escritor guadalajareño Pep Bruno en su sesión infantil de este sábado en La Ballena de Cuentos. Y a decir verdad, pareció que los más pequeños (y algún que otro mayor) le creyeron. Una fe ciega que convirtió cada una de sus historias en verdades como puños. Ya quisieran para sí la fórmula muchos predicadores de tertulia y políticos en campaña.

Hace un año Pep Bruno presentaba en la misma librería su anterior álbum ilustrado, ‘La mejor bellota’, y entonces llegó medio tuerto, hasta el punto de que se puso un parche para no dar miedo. Esta vez la cosa iba de dientes, pero Pep Bruno llegó medio sordo, porque escuchaba mal de un oído a causa de un tremendo trancazo con el que tuvo que contar cuentos. Y así y todo, incluso cuando las congestiones le limitan, consigue rematar una estupenda sesión de cuentos en la que, como siempre, dejó el sello de la casa: un diálogo constante con los chavales, juego e improvisación, algún recado para que los adultos tampoco pierdan la atención y mucha ironía, fina y gorda, a veces sutil pero a menudo directa y demoledora, sin rodeos.

 “Al que cuenta cuentos hay que creerle siempre, al que no cuenta cuentos no hay que creerle nunca”. Así se ganó la complicidad de los pequeños, que le miraban desde la alfombra, atendiendo a sus historias durante casi una hora en la que abarrotó la librería, mudada recientemente a la Calle Mayor.

Lo primero que hizo Pep Bruno fue hablar de su libro, que para eso se trataba de la presentación de ‘¡Maldito diente!’, un divertido catálogo de maneras de arrancarse ese diente de leche que queda pendido de un fino hilo a las encías y que no acaba de dejarse arrastrar hasta las pequeñas garras del ratón Pérez. Ante esa situación frecuente en todas las infancias, el álbum ilustrado por Amrei Fiedler y editado por OQO enseña varios métodos divertidos (apuntando ventajas e inconvenientes) para resolver la situación.

Lo que hizo el narrador y escritor alcarreño fue explicar la intrahistoria de su libro, que llevaba gestándose tres décadas, y cómo algunos de los métodos incluidos fueron practicados en la realidad (“al que cuenta cuentos hay que creerle siempre”) por él mismo o por sus amigos.

La sesión de cuentos

Pero Pep Bruno, a quien suponemos que le gusta vender libros para que le lean, como a todo escritor, cuando está entre niños lo que más le encanta es meterse en harina. O dicho con propiedad, dadas las circunstancias: hincarle el diente a los cuentos. Y en una librería siempre hay muchos.

El aperitivo fue enorme: el cuento más grande del mundo. Aparentemente pequeño de formato, la historia de un camaleón y una mosca chinchosa se fue desplegando conforme llegaban nuevos personajes hasta conformar un mural enorme. Era, pues, el cuento más grande del mundo. Recuerden la lección que presidía esta sesión: “al que cuenta cuentos hay que creerle siempre”.

Vino luego la divertida historia de los tres chivo chivones (el pequeño, el mediano y el grande) que tenían que evitar que se los comiera un ogro (o un trol, aquí no hubo quórum entre el respetable). La malvada criatura apostada en un puente sirvió de ilustrativo ejemplo, como había hecho antes el camaleón, sobre el grado de estupidez que pueden alcanzar estos personajes animados. No viene mal que los niños vayan descubriendo a través de ellos lo que luego conocerán entre los personajes a este otro lado de la frontera entre la ficción y la realidad.

Cayó antes del último cuento una recomendación de Pep a los niños: que al llegar a casa, apagasen la televisión y encendiesen a los papás y las mamás para que les cuenten un cuento. Más de uno frunció el entrecejo extrañado con eso de encender a los padres, como rebuscando mentalmente dónde está el mando a distancia o el botón para accionarlos. Pero como lo había dicho un cuentista, sería verdad.

¿Nadie está contento?

La culminación de la sesión llegó con un cuento de 1940 de Bruno Munari, ‘Never content’, sobre una serie de animales que nunca están contentos con ser lo que son. Así, el elefante sueña con ser un pájaro (y una ventanita se abre en la cabeza del elefante y aparece, en efecto, un pajarillo dibujado), mientras que el ave prefiriera ser un pez, y éste una largartija… nadie está contento con lo que es y envidia aquello que otros pueden hacer (volar, tomar el sol, bucear en las aguas del mar…). Una historia fantástica en su tremenda sencillez. Al final, incluso los niños están cansados de ser niños, porque, según dijo Pep (luego es verdad: palabra de Pep) no tienen tiempo entre tantas obligaciones como les imponen: el colegio, las clases extraescolares, jugar a la videoconsola…

Por si fuera poca tarea, ahora, para colmo, los que tengan un diente a punto de caer tendrán que poner en la balanza las ventajas e inconvenientes de escoger un método para arrancárselo y descubrir así, a la mañana siguiente, la moneda debajo de la almohada. También nosotros nos hemos tomado la molestia pero después de repasar las opciones, recomendamos que como los niños tienen muchos dientes, cada vez que uno se vaya a caer abran el libro al azar y opten por la fórmula que toque. Cualquiera de ellas es válida. Se lo dice este cronista. Aunque a los periodistas, por cierto, no siempre hay que creerles.

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