Una ruta libre de ‘cueva en cueva’

Crónica de doce horas del Maratón de Cuentos, entre la tarde y la noche del sábado. • El Festival de Narración Oral en el Liceo Caracense y la rueda de historias en el escenario principal combinaron su propuesta de cuentos con los espectáculos de calle, las actividades paralelas o los puestos de los Jardines.  A medianoche, el abarrotado Patio de los Leones asistió a varios momentos culminantes, como los cuentos de Quico Cadaval, Xabier Do Ponte y los africanos y europeos del proyecto ‘Historias de cueva en cueva’.


El Maratón de Cuentos de este año exige andar de cueva en cueva. Pero no hay un Maratón de Cuentos, sino muchos, ni tampoco existe un itinerario inequívoco para recorrerlo. ¿Qué hacer? Escoger y dejarse llevar. Salir en busca del fuego de las historias y recolectar algunos frutos por el camino, sabiendo que es inevitable prescindir de otros. Así lo hemos hecho para esta crónica que aborda las horas centrales del Maratón, la tarde y noche del sábado, saltando de la gran cueva de las historias en que se convierte el Patio de los Leones del Infantado, y por donde pasan aficionados y profesionales, al Festival de la Narración Oral o las calles del centro de una ciudad que es capital de cuentistas y titiriteros.

Los termómetros enrojecieron en la tarde del sábado cuando el Maratón de Cuentos había sobrepasado el ecuador de la cita y enfilaba sus horas centrales. A las seis daba comienzo el Festival de la Narración Oral, por vez primera en el palacio mendocino que hoy es el instituto Liceo Caracense. La mexicana Martha Escudero, la peculiar pareja sudafricana formada por Pedro Espí y Madosini, el portugués Luis C. Carmelo y el anglosajón Ben Haggarty desplegaron un repertorio variopinto y con diversos acentos en esta cita que, en su XVII edición, resulta ya inseparable del Maratón.

Circo, música y más cuentos

El juego, a las siete de la tarde, se había iniciado con Borrón y Cuento Nuevo. En ‘El cuerpo como lugar de ecos' cuatro narradores sorprendían al visitante en Dávalos con una acogedora sesión de susurros al oído y de palabras anfibias que traspasaban la piel para traspasar  después la fibra de los recuerdos y atrapar las sensaciones más íntimas. Todo un experimento al que se sometió la propia directora de la Biblioteca, Blanca Calvo, que ‘pasaba por allí’ y se vio sorprendida cuando le arrancaron del subconsciente algún recuerdo de infancia.

En la plaza frente al Infantado, en cambio, la cita era masiva. Centenares de personas se arremolinaban en torno a la lona imaginaria del circo de Mike Dos Perillas, que demostró buen humor y perfecto equilibrio (al menos corporal). A la vez, Elfo Teatro sacó a relucir sus artísticos manejos de las marionetas y Antonio Perla, Javier Olivares y José Climent montaron minutos después su pequeña cueva a los pies del palacio renacentista para contar “cuentos de antiguamente”: un rapsoda -sin micrófono-, un dibujante y un músico con un laúd recreaban cuentos de toda la vida y para todos los sentidos.

Dentro del palacio, en el escenario principal, los narradores se incorporaban al verborreico bucle según el turno establecido. Luis Moro, presidente del Seminario que organiza la cita, aprovechó esta última hora de la tarde para contar un cuento que enseña que “la sabiduría no debe emplearse con soberbia”. Le siguieron las chicas de Titania Animaciones, que pidieron prestado el vestuario a la familia Picapiedra para narrar con humor la vida cotidiana de dos cavernícolas. Él desfile de personajes narrativos continuó con atuendos romanos y griegos para los cuentos contados en estas lenguas clásicas, en algunos casos con más acierto que en otros, pero parte de una original propuesta del instituto Brianda de Mendoza. Otros contadores prefirieron en cambio la filosofía a las letras, como un caballero que contó con destreza y entusiasmo un cuento de Guy de Maupassant sobre el pensador Schopenhauer.

En las covachas de los jardines del Infantado, esos abrigos mínimos en los que se resguardan seres de oficios e inquietudes muy diversas, se encontraban, por supuesto, otras historias mínimas. No sólo las de la chimenea de los cuentos, para los narradores espontáneos, sino también aquellas otras que venden los libreros en los libros que ofertan en sus puestos.

A unos metros de ellos, también los artesanos dispusieron una hilera de pequeñísimas cuevas para exhibir sus productos hechos a mano. Y unos pasos más adelante, los poetas del taller Cyrano, con sus palabras a demanda, es decir, sus poemas por un euro, obligados a estar continuamente tan pendientes de los clientes como dependientes de las musas.

Noche en palacio

Cayó la noche. El infatigable Pedro Espí volvió a la carga, esta vez con una orquesta improvisada en los jardines con los alumnos de su taller de instrumentos sudafricanos. Mandaba él con su flauta y le hicieron coro con pitos rústicos sus muchachos. Aquello era un festival de pitidos con el tam-tam de fondo de los bongos: el druida agitador y simpático cantaba y daba órdenes con un megáfono sin detener sus danzas tribales.

Todo confluía a esas horas en un palacio que tenía ya sus dos fachadas principales espectacularmente iluminadas de azul y rosa. Los artistas callejeros de Huaja enciendieron la hoguera a los pies del edificio y llegaron arrastrados calle Mayor abajo en un pasacalles con zancos, malabares y antorchas. Con ellos y con la propuesta de jazz callejero de Durga Mata culminaban las actividades al aire libre de esta jornada del sábado.

Algunos marcharon a otras cuevas: a los hogares, ciertas familias con hijos; o a cenar, como los voluntarios del Maratón, protagonistas tan secundarios como fundamentales de esta fábula, que hacen turnos para el avituallamiento en Dávalos. Van y vienen, vienen y van: el altruismo literario de estos amantes de la narrativa está fuera de dudas: sacrifican su propio gozo para que el resto disfrute. Son las hormigas de todos estos cuentos.

Medianoche con Quico Cadaval

Ya era media noche y el Palacio vivía su hora mágica. Repleto el patio hasta todas las banderas que colgaban sobre las cabezas, el efecto resultaba mágico. Llegaba además uno de los momentos imprescindibles de la rueda de historias, con uno de los maestros de la palabra: subió al escenario el gallego Quico Cadaval, una mente culta con una lengua desatada y aires de artista callejero. Quienes hayan leído a Álvaro Cunqueiro pueden ponerle su voz, porque salta igualmente de lo humano a lo divino, del terruño al pedazo de cielo y de lo local a lo universal.

Contó esta vez Cadaval -que por la mañana protagonizó los monucuentos en la Cripta de San Francisco- la historia desternillante de una rata borracha. Envuelve el relato con la apariencia de lo realmente sucedido, porque así lo encontró escrito en los papeles de la prensa, como una de esas típicas serpientes de verano que nutren los periódicos en tiempos de escasos asuntos de actualidad. Sólo que en esta ocasión, en vez de alimentar las ventas del diario con un monstruo en el lago Ness, el protagonismo es para una rata que igual da para las páginas de sucesos que para debates sobre modelos de Estado en los parlamentos de papel.

Contó Cadaval dos versiones: la que leyó en el periódico y la que le surgía al protagonista de la historia, que no era otro que el propio Quico, mientras leía. Acabó por tener retranca (gallega, claro) y acabó por resultar más verdadera esta última explicación, surgida de la visión personal del narrador, que la noticia ‘real’ de la que daba cuenta el periódico.

Consejo de sabios narradores

Con una hora de retraso, llegaba otro de los momentos estelares del Maratón de Cuentos. Los narradores que han participado en el proyecto ‘Historias de cueva en cueva’ saltaron juntos al escenario: conformaban un consejo de sabios llegados del norte y del sur y encargados de abordar los orígenes de la narrativa oral. En las últimas semanas han contado cuentos en una cueva de Sudáfrica y en otras dos de España: en el yacimiento de Atapuerca y en el abrigo guadalajareño de Los Casares.

Africanos y europeos repitieron la sesión ante un Infantado a rebosar de espectadores. Abrió la sesión el infatigable Pedro Espí, de nuevo con su inseparable flauta sudafricana. Siguió la guadalajareña Estrella Ortiz, que contó un relato largo sobre las cuevas y el nacimiento de un niño con tres finales de cuento -en Extremadura, Irlanda y Senegal-; y fueron pasando todos los invitados, incluida Madosini con su juvenil vitalidad … Cada cual contó en su lengua. Y tal vez por eso el luso Luis C.Carmelo, que habla bien el castellano, reivindicó esta vez su portugués materno. La ‘saudade’ nunca avisa y pasa siempre sin llamar.

Siguieron los contadores de cuentos ancestrales y el espectador se descubrió entonces sobrecogido al escuchar en plena noche un cuento en un idioma remoto del África subsahariana contado por un bosquimano, Kapilolo M. Mahongo, cuya lengua emite continuos clics para contar una historia muy básica de caza. En el escenario, este simpático hombre que ha confesado haber vivido dos vidas, una primera en la que andaba desnudo por el mundo con su tribu y otra después en la que es notable de su iglesia, convoca de pronto toda la magia de esta cita cultural, con centenares de arriacenses y visitantes llenando el aforo en plena madrugada. Y asoma tal vez por todo esto una brizna de orgullo patrio a las puertas de esa otra cueva que abriga los sentimientos, el corazón.

Continuaron después todos los sabios de este proyecto que ha buscado una extraña conexión entre Guadalajara y Ciudad de El Cabo. Luego les sucedió el escritor y experimentado contador de historias Xabier Do Campo, que contó un cuento con su acento gallego y con el tono severo que merecen los asuntos universales que trata en su parábola. Repitió tres veces “siempre siempre siempre” y otras tantas “nunca nunca nunca” y, en cada golpe, quedó clavada la palabra en el alma del espectador.

En estos tiempos modernos, tan lejanos de los que alumbraron las primeras historias, llegan noticias al teléfono desde cualquier cueva de la ciudad.  Y aseguraba algún despistado que las cavernas más transitadas en las noches de los sábados, allí en Bardales, estaban esta vez deshabitadas. Y no era de extrañar: el Infantado, aún pasadas las dos de la mañana, mantenía casi completo el aforo del escenario central.

Entre las dos luces del alba

Por esa misma hora, ya noche más que cerrada, otra cueva echaba el cierre: la tienda de Sonia, en el propio Infantado. También la caseta de información a los pies de la fachada salpicada de puntas de diamantes se marcaba esa hora como límite para seguir informando a propios y extraños. Los bares de la zona, a diferencia de lo que ocurría en Bardales, seguían en cambio sin ánimo de echar el cierre porque el tránsito era continuo.

Y así, de madrugada, siguió la rueda de los cuentos. Al menos para quienes se resistieron a marchar, mientras que otros se recogían.

Amaneció para los noctámbulos búhos. Piaron los pájaros y pió Twitter revelando algunos secretos nocturnos, como que de madrugada sonó un cuento afgano acerca de las consecuencias de la acción y la inacción, o que todo había vuelto a ser mágico en el pequeño y acogedor escenario a la entrada del Infantado al que se desplazaron quienes resistieron la batalla con Morfeo. Allí les sorprendieron las dos luces del alba para poner el colorín colorado a los ‘cuentos mínimos’. Era momento del relevo. Estos trasnochadores buscaron unas horas de descanso reparador, mientras que otros llegaron con ánimos renovados.

Quienes por la noche habían soñado dormidos descubrieron, cuando se despertaron, que el Maratón de Cuentos seguía allí.


FESTIVAL DE NARRACIÓN: CUENTOS CON MARCADO ACENTO

Puntual, la mexicana Martha Escudero ponía en marcha la cita desplegando un repertorio sugerente y nutrido de costumbrismo rural, mitos, humor y supersticiones. Narró cuatro cuentos de los ‘Retablos Mexicanos’ de su paisana Norma Román Calvo, escritora fallecida en enero a quien al final dedicó de forma muy poética su sesión. Lo que hizo fue, en palabras de Escudero, un “repaso de prodigios”. Y contados con mucha maestría.

Pintoresco y tremendamente divertido fue el siguiente turno en el Liceo Caracense, a cargo de Pedro Espí y Madosini, narradores orales e instrumentistas peculiares llegados de Sudáfrica, país con el que el Maratón de este año se ha emparentado gracias al proyecto ‘Historias de cueva en cueva’ financiado con fondos europeos.

Ataviada con coloridos atuendos autóctonos, Madosini, que dice ser nonagenaria aunque la vitalidad se lo discuta, derrochaba exotismo con su sola presencia. De modo que cuando se puso en marcha, el festival fue inevitable. Pero primero subió al escenario Espí, español emigrado a Sudáfrica hace treinta años (“hablo como un turista inglés”, bromeó con su acento), que hizo una demostración de instrumentos locales, como “las dichosas vuvuzelas” (bromeó de nuevo, recordando el sonido atronador de los campos de fútbol del Mundial de 2010) y flautas fabricadas con algas. Espí defendió que la narración y la música tienen orígenes tan remotos como similares, y puso a la tribu del patio de butacas a su entera disposición para colaborar con los cánticos en sus cuentos. También robó unos minutos de sensibilidad para que, a poder ser con los ojos cerrados, dibujasen mentalmente “cuadros con sonido”.

Luego invitó a Madosini a subir a las tablas y allí interpretaron juntos algunas piezas con sus instrumentos milenarios, ella con arcos (rústicos antepasados del violín) y él con las flautas. Fue un hermoso concierto de sonidos arcaicos en el que la anciana relató en xhosa la historia de una mujer que critica a su marido porque le gustan demasiado las mujeres (las otras) y luego una historia de una paloma y una tortuga cuya amistad no es bien vista por sus respectivas familias. La anciana africana narró con gracejo y con tics aborígenes que despertaron la curiosidad, las sonrisas y los aplausos del respetable. Acabó su intervención con una suerte de juego del escondite o de “frío y caliente” que exigió igualmente la participación de unos espectadores entregados ya a esas alturas.

El Festival de Narración Oral pasó entonces del alboroto sudafricano a la delicadeza del portugués Luis C. Carmelo con su ‘cuenta-tina’, relatos que contó en perfecto castellano con un tono susurrante y con la música de un pequeño acordeón, la ‘concertina’ (llamada tina en Portugal). Carmelo combina en sus historias la ternura y las burlas del destino. Así fue desde el principio, con la historia de un contador de cuentos al que todos dejaron de escuchar, pero que tenía una poderosa razón para seguir elevando la voz: “antes contaba historias para cambiar el mundo; ahora cuento historias para que el mundo no me cambie a mí”.

Vinieron después más cuentos preciosos, como las muy particulares historias de amor de la señora Matilde con el señor Narciso y del señor Narciso consigo mismo (“hay romances que están condenados desde el principio”) y de Clarita y Ernesto, con un doble final, el primero estremecedor de tan triste y el segundo mucho más alegre, por canalla y porque hacía justicia (social, aunque entre los ángeles del cielo).


Crónica en imágenes:

Fotos: R.M.

 

Artículos Relacionados