Así forjó Sampedro la leyenda del río

El escritor José Luis Sampedro, fallecido esta semana, escribió hace ya más de medio siglo ‘El río que nos lleva’, una novela que le ligó para siempre a Guadalajara, del Alto Tajo a la Alcarria, y en la que daba voz a los gancheros, hombres de “pan y navaja” y "pastores de un rebaño de troncos" de quienes habló siempre con devoción. El suyo es el retrato más completo y lírico de un oficio ya desaparecido, con un relato que más tarde llevó al cine el director Antonio del Real. En numerosas ocasiones se refirió el escritor nacido en Barcelona y afincado en Madrid al proceso de elaboración del libro, incluido el episodio que, ya en su infancia, desencadenó todo. 


Siempre confesó que el suyo con los gancheros fue “un amor a primera vista”. Un amor temprano e intenso. José Luis Sampedro, nacido en Barcelona, vivió su infancia en Tánger y en Aranjuez. En este real sitio, al que también dedicó una novela, se bañaba en las aguas del Tajo. Un día no pudo hacerlo: el cauce estaba cubierto por la maderada: “rebaño de troncos” y  “bosque flotante”, los llamaría más tarde. Ese encuentro fue la chispa que desencadenó el fuego de una pasión literaria que llevaría por título ‘El río que nos lleva’. Aunque la novela llegaría después.

En no pocas ocasiones, José Luis Sampedro se ha referido a este acontecimiento original y al proceso de creación de su novela sobre los gancheros del Alto Tajo, de quienes siempre habló con admiración tremenda. “Su destreza y, sobre todo, su seguridad, su aplomo, su auténtica elementalidad” y “su hombría” cautivaron al niño. Eran hombres “de pan y navaja”, imagen poética que quiso llevar al propio título de la novela.

En los gancheros encontró Sampedro siempre un ejemplo de humanidad sencilla pero profunda con la que identificaba su visión de la vida. Como dijo a este periodista con motivo del medio siglo de la novela, en el otoño de 2011, “ya no hay gancheros, claro, porque el oficio no ha superado los medios actuales de transporte, pero hombres como aquellos siguen naciendo ymuchos maduran con la misma hombría y dignidad natura que entonces”, defendía. ¿Dónde los tenemos? “Son gente de a pie y amigos de quienes vayan a su encuentro a pie. En otras tierras, donde la gente está todavía menos tecnificada que nosotros. Son incluso muy numerosos”.

Realidad y ficción

Hace apenas dos años se cumplió medio siglo de la publicación de aquella novela río –no podía ser de otro modo– que no sólo describía la vida peregrina de estos gancheros desde la sierra hasta Aranjuez, sino que incorporaba inventiva y tensión narrativa a la historia protagonizada por el inglés Shannon y La Paula. Pero era la presencia de la maderada, convertida en personaje omnipresente, y la autenticidad de ese grupo de hombres rudos e instintivos, dionisíacos pero rurales, lo que elevaba la novela a categoría de leyenda para el río Tajo.

Antes que el libro fueron los viajes, numerosos, de Sampedro por toda la comarca. Antes que inventar, se documentó. Y siempre y antes que nada, la imagen insistente de la infancia, como recordaba en un prólogo a una edición de 1989: “Seguí pensando en ellos como los más legítimos pobladores de nuestras tierras”. Y fue después de que viera la luz su ópera prima, ‘Congreso en Estocolmo’, cuando llegó el turno por fin de estos tipos rudos y auténticos. “Pasaron los años, crecí, escribí tres novelas y dos obras de teatro y llegó el momento en que los gancheros reclamaron su sitio”.

Cuando se decidió a escribir sobre ellos, pisó el terreno y llegó a conversar con algunos de estos gancheros que ahora ya vivían retirados de este oficio; compartió algunos días incluso en un balneario clandestino, episodio que incorporaría al relato, y robó emociones y anécdotas.

“Mi amor adolescente al mundo de los gancheros se convirtió en admiración y pasión definitiva”, ha confesado el escritor. Los elogios han vuelto siempre. En las memorias literarias, ‘Escribir es vivir’, Sampedro se refiere también a la pasión por estas gentes: “Imagínense la dureza de esas vidas. Y así eran ellos. Parecían de bronce, de hierro o de cuero”. En un claro del bosque, todavía con los pies empapados, comían “pan y navaja”.

Durante casi una década, este oficinista y escritor en los ratos libres viajó a Tragacete y Molina, acompañó el cauce del río aguas abajo e hizo parada en Trillo, Sacedón, Almoguera o Mazuecos, la toponimia de un recorrido que empapaba cada episodio en las aguas de un “río bravo”.

Así nacería la leyenda del río que nos lleva y el canto a un paisaje que no ha vuelto a tener rival en este medio siglo para la comarca del Alto Tajo, un paisaje con “el aspecto caótico de obra a medio hacer, con los desplomes de tierra al pie de los acantilados, las enormes peñas rodadas desde lo alto hasta en medio del cauce, la rabia de las aguas y su espumaje constante”. Ese paisaje salvaje y arrebatador con el que únicamente “son capaces de convivir” esos “pastores del bosque flotante”.