Sampedro: “Quiero que me recuerden como un escritor serio y formal”

Rescatamos una entrevista realizada por Rubén Madrid (entonces en El Día de Guadalajara) y Alberto Girón (SER Guadalajara) al escritor en abril de 2008, días antes de recibir en Peñalver el premio ‘Su peso en miel’. El diálogo tuvo lugar en su casa de Moncloa, donde ha fallecido esta madrugada a los 96 años de edad el autor de ‘El río que nos lleva’.


Los estantes de su casa en el madrileño barrio de Moncloa están repletos de títulos entre los que brotan, como flores propias en un jardín de fábulas, sus títulos más conocidos: ‘La sonrisa etrusca’, ‘El amante lesbiano’, ‘El río que nos lleva’, ‘Octubre, octubre’… El escritor vive cansado, camina hacia el siglo con mente lúcida y rodillas maltratadas. “Cambiaría todos los premios por unas rodillas nuevas”, ironiza. Economista de formación, su mirada acuosa detrás de unas lentes enormes de pasta apelan a la sensatez que tanto reclama. No pierde el buen humor, no teme a la muerte, no gana para disgustos con el noticiario, no renuncia a seguir agitando las conciencias cada vez que la injusticia se ponga a tiro. Aunque es un nombre de referencia en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX, no ha recibido ninguno de los grandes premios: Cervantes, Nacional de Narrativa, Príncipe de Asturias… Sí ha recibido el homenaje de la Feria del Libro de Castilla-La Mancha, en Cuenca, y el cariño de tantos amigos, muchos de Guadalajara. Hoy [la entrevista se publicó aquel mismo día de abril de 2008] se llevará en Peñalver su peso en miel. Un cartel de la X Fiesta de los Gancheros cuelga en uno de los muros donde nos recibe. Los gancheros, los pastores del río que nos lleva, tendrán siempre una voz única, la de José Luis Sanpedro.

 ¿Cómo se tomó este premio, al conocerlo?

Me gustó porque me gustan las cosas sencillas y verdaderas. Me invitan a veces a cosas de categoría y no voy, pero una iniciativa cultural de un pueblo, simpática y graciosa, sí me atrae. Voy con ganas de complacerles y pasarlo bien.

¿Qué les dirá allí?

No lo sé, yo improviso una vez que vea el ambiente, es más sincero y espontáneo.

En Guadalajara ya ha tenido muchos reconocimientos…

Me han tratado siempre muy bien, soy hijo adoptivo de la ciudad, he ido al Maratón de Cuentos varias veces, a la biblioteca, tengo amigos… Estoy muy unido a esas tierras desde que las descubrí con los gancheros.

¿Cómo fue aquel primer contacto con ellos, ese “amor a primera vista”, como lo ha definido?

Los gancheros para un niño de trece años que llegaba de Tánger, una ciudad permisiva, lo contrario que un conflicto de religiones, y de pronto me encuentro en Aranjuez con unos hombres que practicaban un oficio de la Edad Media. Me parecieron tan recios, tan auténticos y tan poseídos de sí mismos, con dignidad y con nobleza, que iba una y otra vez a verles trabajar. Guadalajara tiene un atractivo especial, es ambivalente, manda sus aguas a los dos mares, al Mediterráneo y al Atlántico. En Tánger, donde pasé mi infancia, había también aguas de ambos mares. Me ha unido eso y también la gente.

¿Cuándo vio que esos gancheros eran carne de novela?

En cuanto los ví me dejaron una gran impresión. Entonces tenía sólo trece años, pero esa impresión hizo que, cuando más tarde me planteé escribir, quise escribir algo sobre ellos. Aunque antes escribí otras tres novelas. La de los gancheros fue más tarde, porque quise recorrer bien el terreno. Iba en taxi por Peralejos y toda la zona…

¿Cuál es su parada preferida de este largo recorrido, desde la sierra hasta Aranjuez?

Hay muchas cosas preciosas, no puedo elegir. La censura se cargó medio capítulo en el libro y cuando volví a Peralejos hablé con un cura y me dijo: en ese libro hay un sermón precioso, me encanta. Y resulta que la censura, treinta años antes, lo quitó.

¿Cómo fueron sus andanzas, durante nueve años, por la ribera del Tajo?

Tengo una anecdotario estupendo de gente de primera clase, serían paletos, pero con clase.

Después de la guerra, compartió experiencia con gentes que fueron gancheros en un balneario clandestino de la sierra…

Ya no bajaban los troncos, pero sí hablé con ellos. La experiencia fue fantástica. Estuve en un balneario que no estaba declarado a Sanidad. Venía mucho la Guardia Civil porque los otros le denunciaban. Sabían que se tomaban baños, pero les decían que estaban merendando y al final los dejaban. Yo estaba allí escribiendo.

¿Cómo fue cuando volvió para la Fiesta Ganchera?

Ahora se puede ir en coche, antes nada más había caminos y sendas forestales.

¿Considera este libro su mejor obra?

Es como los padres y los hijos, se quiere hasta el libro que sale tonto. Siempre he escrito lo que quería y me gustaba, no según el mercado. Escribo por necesidad interior, para abordar un tema que deseaba. Unos salen mejor y otros peor.

¿Es una fecha especial el Día del Libro, que acabamos de celebrar?

Para mí lo son todos los días. Tiene de significativo que, por ejemplo, me hayan hecho un homenaje con motivo del Día del Libro, leyendo entera mi obra ‘Monte Sinaí’ entre cuarenta personas. Es una cosa muy agradable por parte de una librería estupenda.

¿Cómo está el panorama literario?

Está bien, se lee más que en mi juventud, sobre todo las mujeres. Más del 40% lee.

¿Qué novela recomienda que se compre en la Feria del Libro?

Cualquiera mía. Ante semejante provocación, comprenderá que no pueda decir otra cosa.

¿Le gusta mantener una relación directa con el lector?

Me encanta hablar con mis lectores. Su juicio es mucho más importante que los críticos. Cuando me escriben una carta y dicen lo bien que lo han pasado, me gusta. Me gustaba mucho ir a firmar ala Feriadel Libro, pero ahora voy menos porque me cansa mucho todo el día allí. Iba todos los años, incluso cuando no era casi conocido.

 Se lee mucho ‘Código Da Vinci’, un best seller muy diferente a otro libro suyo, ‘La Sonrisa etrusca’ ¿Han cambiado los gustos?

Y se sigue leyendo mucho, se ha traducido ahora al hebreo, al árabe, al japonés y están con la edición china. Eso sí, al inglés no. Se ve que a los anglosajones no les gustó, lo cual me deja muy satisfecho. Ahora, el ‘Código da Vinci’ no lo he leído. Hay mucho que leer y las referencias que tengo no me han invitado a ello. Pero hay best-sellers que merecen la pena.

Usted tardó 19 años en escribir ‘Octubre, octubre’. ¿No le dieron ganas de arrojar la toalla?

No. Uno quiere conseguir una cosa y realizarlo. Es como subir al Everest. No vas a tirar la toalla cuando cada vez te queda menos.

Pero 19 años son muchos para escribir un libro…

(Risas) Sí, sí… tenga en cuenta que entonces yo trabajaba mucho y al libro le dedicaba un verano, ratos libres…

En sus memorias ha dicho que “el escritor es un rumiante”.

Sí. Pensemos en una vaca que está mirando en el prado cómo pasa por la carretera el coche de línea, la Guardia Civil, un circo, carros de campesinos… Esta vaca, de vez en cuando, coge un poco de hierba y se lo come. Al cabo, lo devuelve de uno de sus cuatro estómagos a la boca, lo vuelve a masticar y lo traga. Todo lo que come, todo lo que ve, lo convierte en carne de vaca,  en escritura.

Ahora ha publicado un libro con Valentín Fuster, ‘La ciencia de la vida’. ¿Una batalla entre ciencia y experiencia?

Es interesante el cambio de impresiones entre dos personas que somos honestas y serias, en el sentido científico, que no buscamos publicidad ni estamos pensando en un partido político o el éxito y el dinero. Pero somos personas de formación distinta, él es científico y yo soy un humanista, él plantea los problemas de enfermedades y yo reflexiono con él sobre la vida.

¿Por ejemplo?

Ponemos un caso de la especialidad de Fuster, el corazón. Hay enfermedades de la civilización. El infarto es una enfermedad moderna, de hace cincuenta o cien años, porque antes había otra vida distinta, donde el infarto era raro. La alimentación, el ritmo de vida, los excitantes que toman, se provocan más infartos. Yo digo que la sociedad está al borde del infarto. En la calle hay coches aparcados en doble fila, cortes de circulación y los mismos atascos que en las venas del cuerpo humano.

¿Cómo surgió el libro?

A raíz de una enfermedad hace unos doce años. Tuve una enfermedad muy grave, pude haber muerto, según me ha dicho el mismo Fuster.

Hay quien dice que la enfermad, física y mental, como la depresión, inspiran la buena literatura…

Yo prefiero estar lúcido, con ánimo y con capacidad. Ahora me canso y rindo menos. Una cosa es que un escritor en un momento difícil haga algo patético y biográfico de mérito, pero yo prefiero estar fuerte.

Ha vivido su enfermedad y la de la persona amada. ¿Duele más esta otra?

Sufro más con la persona querida cuando está enferma. Yo encajo bien lo que tengo, me aguanto bien.

Dice su mujer, Olga Lucas, en el prólogo, que son dos personas sabias, usted y Fuster. ¿Se considera sabio?

Más bien diría que sensato. Hago una vida que no tiene nada que ver con gente de mis condiciones. Yo no estoy en ninguna movida, en los semanarios… vivo tranquilo, sin preocuparme de nada, escribiendo mis libros lo mejor que puedo y viviendo en paz. Eso es ser sensato.

Los premios sí le agradarán…

No me preocupan, si me caen, mejor. Como ha pasado ahora con el de la Feria del Libro de Castilla-La Mancha. Pero no se trata de ganar ni de trepar, sino de disfrutar de la vida.

Le han dado el premio Cervantes a Juan Gelman. No tiene esta espinita clavada, no tener un gran premio…

Difícilmente veo que me lo vayan a dar. Pero créame que ya no me preocupa nada. No me creo nada especial, he escrito lo mejor que he podido, honradamente y sin escatimar esfuerzos. Esa ha sido mi preocupación, y con esto estoy tranquilo.

¿Cómo es enamorarse en la vejez, como ha sido su caso?

A un joven la extrañará, pero es mucho más bonito. Se paladea mejor. La juventud hace del amor una fogata impresionante, la vejez hacemos un brasero en una mesa camilla donde se está muy calentito, una lámpara que nos ilumina con su luz. Con placidez y tranquilidad, uno maneja la ternura, el respeto muto, el descubrimiento de pequeños detalles valiosísimos. El amor es posible a los noventa años. Ahora, es otro amor, ¡yo no soy ningún Don Juan Tenorio!

Los 91 años también le darán una perspectiva inusual, inalcanzable para la mayoría…

La perspectiva, en mi caso, es tener los ojos más lúcidos para ver la necedad de tantas cosas y el error de tantas otras. Sirve para ser consciente de que la muerte es un coronamiento de la vida. No hay que tener ningún miedo a la muerte. Yo estoy tranquilo porque no me creo los cuentos chinos del después de la muerte. Ni los Papas saben sí existe el infierno, si hay que modificar el mobiliario porque ya no hay hogueras. Pero, sin tener miedo a la muerte, sí que hay que atender al cómo se muere. Y soy un fervoroso partidario de la eutanasia. No puedo entender que haya gente en contra. Ser partidario de la eutanasia no obliga a que no sufra a quien no quiera, pero el condenado que está en contra quiere que yo sufra, me parece monstruoso. ¿ Dios disfruta viendo sufrir a los cristianos? Espero que me muerte no sea dolorosa.

¿Cómo se encuentra de salud?

Cansado y un poco estropeadillo, con muchos problemas.

¿Le quedan ganas de seguir viviendo?

A ratos. Sí cuando me hace ilusión escribir algo, hablar con los amigos o estar charlando tranquilamente con mi mujer. Pero, como le pasaba a Rafael Azcona, cuando leo el periódico me disgusto.

¿Qué le disgusta?

La pérdida del sentido de la dignidad humana, la barbarie en que vivimos y la falta de respeto al prójimo, al medio ambiente, a los seres humanos, el hambre o la pobreza. Sólo respetamos el dinero.

¿Es la escritura lo que más le motiva, todavía hoy?

También porque sigo en pie, me cuidan muchísimo… Si viviera solo me habría muerto, pero estoy bien acompañando. Escribir me llena, pero me ha gustado mucho dar clase. Pero escribir ha sido la vocación de mi vida.

Se parece muy poco el mundo que vivimos al que usted ha soñado tantas veces…

Mire si se parece poco que hace medio siglo, cuando yo estudiaba economía, los libros de entonces decían que había bienes de los que no se ocupaba la economía, porque se reproducían por sí mismos. Esos bienes eran, entre otros, el agua y el aire. Ahora no los hay para todos ni se reproducen, son una mercancía más. Fíjese si han cambiado las cosas.

¿Todo es mercancía, hoy en día?

Sí. Y se están gastando un dineral para ver si hay agua en Marte, cuando se están cargando el agua que nos bebemos.

¿Se mantiene informado a diario?

Me gusta enterarme de qué pasa. Me encanta despotricar y tengo que manejar mis propios argumentos. Creo que estoy al día, soy buen lector de periódicos, escucho la radio a diario y veo los noticiarios de la televisión todas las noches.

¿Y cómo va el país?

Mejor de lo que dicen unos y peor de lo que dicen otros. Vamos viviendo. La gente vale mucho más que los que hablan, discuten y mandan.

En sus 91 años de vida, ¿con qué modelo de personaje que haya conocido se queda?

Es muy difícil contestar… ¿A quién digo? Se pierde memoria con la edad. Pero sí he admirado a gente, a senadores como Juan María de Andrés. Un nombre político sería Martin Luter King, el líder del movimiento negro en EEUU, era dignísimo de ser recordado.

¿Y quién le repugna?

¡Uy, pues no hay! Empiece usted por Berlusconi, Sarkozy y Bush, los otros dos  de las Azores, Blair y Aznar, el señor Putin… Hay un buen montón. Son una vergüenza estos líderes. Los compara con los del año 45 y valían más aquellos. Hemos degenerado mucho.

 ¿Cómo quiere que le recuerden, el día de mañana?

Como buena persona, eso para empezar. Y luego, como un buen profesor de universidad y un escritor serio y formal.