¿Descubrió un cura de Yebes las fuentes del Nilo?

Yebes y Olmeda de las Fuentes pugnan por ser cuna del padre Páez Jaramillo, un misionero jesuita del siglo XVI que se convirtió en el primer hombre blanco en ver y dar cuenta por escrito de las fuentes del Nilo, un lugar mítico de la geografía de las exploraciones. • Si el escritor Javier Reverte rescataba en el ensayo ‘Dios, el diablo y la aventura’ la biografía del religioso; otro libro, ‘Yebes: de los orígenes a la modernidad’, recientemente publicado, aporta datos sobre la muy posible procedencia yebera del religioso.


Se llamaba Pedro Páez y era hispano-luso, aunque nacido en La Alcarria. No está claro, en cambio, si su madre dio a luz en La Alcarria  madrileña, en Olmeda de las Fuentes, o si en la guadalajareña, concretamente en Yebes. De lo que caben menos dudas es de que si este religioso jesuita hubiese sido británico sería tan famoso como el doctor Livingstone, y si hubiese sido norteamericano –aunque nacido en Gales– su renombre resultaría hoy tan familiar como el de Stanley.

Estos dos exploradores anglosajones son considerados los iconos inconfundibles del colonialismo más romántico, aquel mundo de exploradores intrépidos que se las veían con leones y cocodrilos y con tribus de negros radicadas en la selva. Ambos vivieron un encuentro en las proximidades del lago más grande del mundo, el Tanganika, culminación del periplo que inició el periodista Stanley para seguir la pista perdida del doctor, del que no había noticias en el mundo civilizado desde hacía tiempo. Le encontró en las proximidades del lago, donde seguía empeñado en satisfacer su gran obsesión: descubrir las fuentes del Nilo. No lo consiguió, y la historia reservaría estos honores al inglés Speke, como descubridor del Nilo Blanco, y a James Bruce en el caso del Nilo Azul, ya que ambas corrientes suman sus aguas para dar lugar al mayor cauce del mundo.

Antes que todos ellos, sin embargo, el padre Páez Jaramillo ya había estado allí y lo había descrito. Se puede afirmar que este religioso, que tenía también la nacionalidad portuguesa, fue el primer europeo en dar cuenta de la existencia del nacimiento del Nilo. Lo hizo en un momento tan temprano como principios del siglo XVII, cuando todavía no había despertado en Europa la fiebre colonialista de África. Y, por si fuera poco, su vida, más allá de este pasaje de por sí memorable, resultó una sucesión de episodios fascinantes digna de una gran novela de aventuras. Tanto o más que en los casos de Livingstone y Stanley.

Todo un aventurero

Es tal vez por ello que uno de los viajeros que mejor ha vagabundeado por los caminos perdidos del continente negro, el escritor Javier Reverte –que se ha prodigado mucho por Guadalajara– dedicó precisamente un libro al padre explorador y consejero de reyes etiopes: ‘Dios, el diablo y la aventura’. Todo un homenaje a un pionero muy atípico de las exploraciones del África más profunda.

En este ensayo, incubado durante el proceso de documentación para su magnífico libro ‘Los caminos perdidos de África’, Reverte vuelca toda su admiración y su curiosidad por un sacerdote que vivió una auténtica aventura en un continente entonces inexplorado (hablamos de finales del 1500 e inicios del 1600). Entre los hechos que destaca el escritor madrileño, están que el religioso alcarreño convirtiese a dos emperadores africanos al catolicismo, que fuese quizás el primer europeo en probar el café y en dar cuenta por escrito de esta bebida hoy tan común y, sobre todo, que fuese a parar a las míticas fuentes del Nilo, el hecho que precisamente desencadena esta biografía de Reverte, donde de paso se da noticia de la inquebrantable voluntad de este cura que también sobrevivió a un auténtico calvario en Yemen.

En las fuentes del Nilo

“Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el Rey Ciro y su hijo Cambises, el Gran Alejandro y el famoso Julio César”. Esas fueron las palabras que dejó escritas el religioso en sus memorias, tres tomos que no fueron publicados hasta 1945. Lo escribió tras contemplar por vez primera las primeras aguas del Nilo y las enormes cataratas que “echan humo”, según la definición local.

Su descubrimiento en el corazón de Etiopía de este enclave, uno de los secretos geográficos mejor guardados durante siglos –anhelado por emperadores romanos y faraones egipcios–, se adelantó en 152 años a la hazaña de James Bruce, que en su caso sí fue anunciada a bombo y platillo.

Páez, mucho más discreto, fue en realidad el primer hombre blanco en estar en ese enclave mítico, aunque su vivencia sea, a pesar de ello, sólo una más de las muchas historias de aventuras que relatan los biógrafos.

Antes, Páez había viajado a Goa, en la India. Había partido en 1588 de la Península Ibérica y ya no volvería jamás. Durante un accidentado viaje en barco, con naufragio y rescate incluidos, sufrió el ataque de los piratas en su segunda embarcación y fue hecho prisionero. El cautiverio duró siete años –en Yemen sobrevivió literalmente con grandes cadenas al cuello, según escribió– y se vio forzado a atravesar dos desiertos de Arabia a pie y en penosas condiciones…

Lejos de desfallecer, Páez intentó sobreponerse a las penurias, ayudó a su amigo el sacerdote Antoni de Monserrat e incluso aprendió algunas palabras en árabe y chino. Vendidos ambos a un mercader turco que se apiadó de ellos y los llevó a su casa en Moka, finalmente fue rescatado gracias al pago de una cantidad por orden de Felipe II… Y fue así como, una vez libre, en vez de buscar las comodidades en un regreso a casa, marchó a cumplir con su misión evangelizadora y diplomática. Es decir, hacia Etiopía, donde sus vivencias fueron igualmente inéditas, pero esta vez más felices.

Consejero etiope

Paez, que aprendió las lenguas etíopes, se ganó el respeto y la admiración de dos reyes, Za Dengel y Melec Segued III, a quienes convirtió al catolicismo, logrando así una alianza con Roma y con España muy interesante geopolíticamente, en plena disputa mediterránea de la Corona instalada en Madrid contra Turquía. Este logro diplomático y religioso era, en realidad, el objetivo inicial de las misiones enviadas por la Corona. Pero fue entonces, con la presencia del cura alcarreño en Etiopía, como en 1618 consiguió el logro por el que merece un lugar –ahora ausente– en las enciclopedias: el descubrimiento de las fuentes del Nilo, durante un paseo con etíopes.

Junto al lago Tana se instalaría Páez por el resto de sus días. Allí ha querido verle Reverte durante su viaje por estos territorios africanos: “Ese día de febrero de 2000, navegando sobre las aguas del Tana, imaginaba a Pedro Páez y casi podía sentirlo a mi lado como una presencia impalpable: sonriente, bromista, cautivador, el polemista exento de vanidad y de acidez, el castellano locuaz y amigo de todos, de los grandes y de los pequeños, de los reyes y de los siervos”, relata –o más bien se deja llevar por sus ensoñaciones– en ‘Dios, el diablo y la aventura’.

Durante sus últimos años de vida, el jesuita atendió la orden de uno de estos emperadores para levantar una iglesia cristiana y dos palacios –demostrando así también sus dotes como arquitecto y como albañil, pues se puso manos a la obra– y escribió su ‘Historia de Etiopía’, acabada precisamente el año de su muerte. El misionero falleció en Gorgora (Etiopía) el 25 de mayo de 1622, cuando todavía no había cumplido los 60 años. La suya no sería una de las vidas más longevas, pero sí más intensas, aunque durante siglos su figura haya permanecido eclipsada por otras y ni siquiera resucitada por los miembros de su comunidad religiosa, los jesuitas.

Para Reverte, es injusto el largo olvido al que se ha sometido a la figura de este cura alcarreño. “Quizá no haya otra causa para ese olvido que el fracaso de la misión evangelizadora en Etiopía, de la que Páez no fue en absoluto responsable, sino los jesuitas que vinieron detrás de él a la misión etiope”. Pero “a la Iglesia, como a todos los poderosos, no les gusta nada hablar de sus fracasos” y en la sede de su comunidad religiosa en Roma los libros de Páez quedaron escondidos durante siglos.

El periodista Mikel Silvestre viajó para su serie de reportajes ‘La ruta de los exploradores olvidados’ –con la que ha dado la vuelta al mundo en moto– al lugar donde murió este cura, sin encontrar allí ningún memorial ni recordatorio. “El inglés Speke tiene una placa en el Lago Victoria de Uganda como descubridor de las fuentes del Nilo Blanco. Paez, un agujero negro en un lugar remoto”, se lamentaba. Tiempo después, con motivo del 400 aniversario de su histórico descubrimiento, un grupo de españoles colocó allí la merecida placa.

¿Nació este aventurero en Yebes?

Dos localidades se disputan la partida de nacimiento de este religioso. Uno de ellos es Olmeda de las Fuentes, por entonces llamada Olmeda de las Cebollas, que a decir verdad presentaba hasta ahora mejores credenciales en la disputa. El otro es el municipio alcarreño de Yebes. El periodista y escritor Reverte se ha decantado en su libro (publicado en 2003) por la primera localidad, aportando algunos datos inéditos, convincentes pero no concluyentes.

En cambio, el historiador Aurelio García ha querido reabrir y mucho las puertas de la posible procedencia yebera del religioso Páez. En el recién publicado ‘Yebes: de los orígenes a la modernidad’ (Editorial Aache, Guadalajara, 2012), explica que el padre de Pedro Páez Jaramillo, llamado Juan, se había casado efectivamente con su mujer Catalina en Olmeda de las Fuentes. De hecho, era habitual el trasiego del matrimonio y sus hijos de una a otra localidad, aunque al parecer se establecieron definitivamente en el pueblo madrileño en 1587.

Cuando menos, Páez sería yebero por parte de padre. Sin embargo, el historiador va más allá y da a conocer la existencia de la partida bautismal, fechada el 23 de agosto de 1579, que traslada literalmente a las páginas de su libro. “En beinte y tres días del mes de agosto de mil y quinientos y setenta y nuebe años; en esta iglesia de Yebes yo Jerónimo de la Rambla, cura del dicho lugar, xpiane un niño hijo del señor Juan Páez y de doña Catalina de Avendaño su muger llamose Pedro fue escogido y nombrado por su compadre Juan Palero…”, cita textualmente, con ortografía de la época, Aurelio García.

“Este ir y venir, pasando temporadas en Yebes, hizo que alguno de sus hijos [del citado Juan] fueran bautizados en Yebes, como ocurrió con Pedro Páez Jaramillo”, cuyo nombre y apellidos, desde luego, coinciden con los del “famoso jesuita evangelizador de Etiopía y descubridor de las bocas del Nilo Azul en 1613”.

García reconoce que “es poco lo que se conoce de la figura de Pedro Páez en sus años de infancia, no sabemos el nombre de sus padres, año exacto de nacimiento ni el lugar”. El propio religioso relata en sus memorias que había nacido en Olmedo. Hay datos en esta localidad que registran un nombre idéntico de un joven miembro de una cofradía...

Aurelio García admite que la pregunta sigue abierta, aunque aporta algunos otros datos –como los miembros de la familia que se encontraban presentes en la venta de unas propiedades en Yebes– que, sin confirmar la procedencia yebera, al menos añaden algunos indicios hasta ahora ocultos para no descartarla, como se venía haciendo hasta el momento.

Viese la luz por vez primera en Yebes o sólo pasase algunas estancias allí, en el pueblo de su padre, cabe afirmar al menos que por el pulso acelerado del jesuíta al descubrir las enigmáticas fuentes del Nilo corría sangre yebera.