Guadalajara también tiene prehistoria

Más allá de Los Casares, el recorrido en la provincia por los yacimientos de este periodo ofrece una panorámica de los abundantes e importantes hallazgos arqueológicos que se están produciendo en enclaves como Peña Cabra y Peña Capón. • Recuperamos en versión digital este reportaje publicado inicialmente en el periódico de papel número 15, correspondiente a la primavera de 2017. 


Todo el mundo ha escuchado hablar de la Cueva de los Casares, pero ¿hay más huellas de la prehistoria en la provincia? Por supuesto. En todo el territorio provincial existen otros restos que también son muy relevantes y que incluso han protagonizado importantes noticias últimamente. Los casos de mayor antigüedad corresponden con el Paleolítico. Varios de ellos se conservan en la Sierra Norte, en el Señorío y en la zona del Ducado. “Las masas calcáreas por las que discurren los tramos altos del Jarama y los barrancos excavados por los afluentes del Tajo por su margen derecha son dos escenarios en los que desde antiguo se conocen yacimientos cuyo interés arqueológico es excepcional”, explicaba ya Jesús Valiente en ‘Guía de la Arqueología en Guadalajara’ que Aache publicó en 1997.

El primero de estos ejemplos se ubica en Santa María del Espino –muy cerca de Los Casares–. Es la Cueva de la Hoz. Fue descubierta en 1933 por Juan Cabré. En ella se han descrito un centenar de representaciones faunísticas. E, incluso, hay figuraciones abstractas. Pero el Ducado no es la única zona con restos prehistóricos. El Señorío de Molina cuenta con varios ejemplos de la época. Entre ellos, el Abrigo del Llano, en Rillo de Gallo, donde hay pinturas rupestres naturalistas propias del estilo levantino.

Yacimientos en la Serranía

En el otro extremo de la provincia –en la Serranía– también existen yacimientos paleolíticos. De hecho, en el curso alto del Sorbe se encuentra un emplazamiento que, en la actualidad, está arrojando datos muy relevantes. Se trata del abrigo rocoso de Peña Capón, el lugar con mayor profundidad cronológica del interior ibérico. Su investigación está cuestionando las cronologías clásicas. Manuel Alcaraz, componente del proyecto Marie Curie –compuesto por expertos de las universidades de Alcalá (UAH) y Colonia, y del Neanderthal Museum de Alemania–, asegura que este emplazamiento fue utilizado como alto de caza por humanos modernos desde el periodo Gravetiense. “En Peña Capón se documenta una secuencia sedimentaria y cultural inédita en todo el centro peninsular. No hay ningún nivel de ocupación de esta época en ninguna de las dos mesetas”, añade.

Éste es el primer yacimiento del interior de la Península en el que se localiza un depósito estratificado que incluye varios momentos de ocupación, con industria lítica, fauna y otros restos arqueológicos asociados y, por tanto, capaz de ofrecer información tecnológica, económica, simbólica y ecológica que, hasta ahora, nos era esquiva en este territorio”, confirma el equipo de excavación.

Dos tesoros en Peña Cabra y Paña Capón

Por tanto, Peña Capón puede modificar la visión clásica existente hasta ahora, que aseguraba que la meseta –durante el Paleolítico Superior– había sido una demarcación escasamente poblada, debido a las duras condiciones climatológicas. Además, “hasta hace cinco o diez años se pensaba que en estas zonas se había dado una pervivencia muy larga de los neandertales, extendiéndose hasta hace 30.000 años. Pero parece que, de acuerdo a los resultados que estamos obteniendo, dicha continuidad no fue tan larga”, indica Javier Alcolea, profesor de la UAH y miembro del proyecto europeo Marie Curie.

Sin embargo, los restos paleolíticos de Guadalajara no se circunscriben únicamente a estos yacimientos. También se pueden encontrar en Peña Cabra, otro abrigo rocoso emplazado en el valle del Sorbe donde se ha demostrado la existencia de hasta tres asentamientos, cuyos miembros estuvieron especializados en actividades cinegéticas. “Su ubicación responde a una escala microrregional. Se trata de una zona tradicionalmente habitada por humanos y que tiene una cierta importancia estratégica: domina el valle”, explica Javier Alcolea. El lugar también está siendo investigado por el proyecto Marie Curie, al igual que Peña Capón y Los Casares.

Muy próximo al río Sorbe se halla Tamajón. En las cercanías de esta localidad existen varias muestras de Paleolítico. Entre ellas, las incluidas en la Cueva del Turismo, donde se observa un conjunto de grabados rupestres de tipo naturalista, en los que se distinguen ciervos, caballos y toros. En este mismo municipio también se ubica el abrigo de los Enebrales –muy cerca de la ermita que lleva el mismo nombre–, donde se han encontrado restos de asentamientos humanos.

Un poco más al norte se encuentran las cavidades del alto Jarama, en las que comunidades prehistóricas también dejaron su huella. “Casi todas las cuevas fueron ocupadas con distintos fines y en diversas etapas, desde la época de los neandertales hasta los albores de la Edad del Bronce”, según Valiente. “Hay yacimientos que se conocen desde hace tiempo, como Jarama VI. Está muy próximo, además, de otros enclaves, como Cueva del Reno, ubicado en el mismo farallón calizo de Valdesotos, y que tiene arte paleolítico”, añade Manuel Alcaraz.

Pinturas en El Portalón

Y en el extremo norte de la provincia, en Villacadima, se puede visitar otro abrigo rocoso conocido como El Portalón, en el que se observan diversas figuras humanas y de animales. “Desde el punto de vista de su estilo, estas pinturas se enmarcan en una combinación de la corriente naturalista levantina y del esquematismo más propio de zonas meridionales y atlánticas”, indicaba Valiente en su guía.

Pero si el Paleolítico fue importante en Guadalajara, no fueron menos relevantes los periodos posteriores. Fue entonces cuando el sedentarismo de las comunidades y la producción agraria y ganadera comenzaron a extenderse y cuando el ser humano fue capaz de generar sus propios alimentos. En la provincia hay varios ejemplos de este tipo de culturas. Para comprobarlo sólo hay que dirigirse a la Cueva Harzal en Olmedillas. A pesar de que la cavidad se encuentra muy deteriorada, se han podido recuperar cerámicas neolíticas y de la Edad del Cobre, así como industria lítica, entre ellas hachas de piedra pulimentada y sílex tallado. Precisamente, del Calcolítico y la Edad del Bronce también se han encontrado fragmentos de cerámicas en la Cueva de la Galiana, en Horche.

Y de cronologías semejantes se han descrito sendos poblados superpuestos en Cogolludo. Reciben el nombre de Loma del Lomo y durante las excavaciones realizadas en este lugar se recuperaron cerámicas y diversas herramientas. “Sabemos que sus habitantes se dedicaban a la agricultura y a la cría de cerdos, vacas y ovejas; que practicaban una metalúrgica técnicamente muy avanzada, pues manejaban ya la aleación de cobre y el estaño para producir armas y utensilios de bronce”, explica en su libro Valiente.

Además, en Loma del Lomo también se han recuperado enterramientos en buen estado que han permitido conocer cómo eran físicamente sus vecinos. “El estudio de sus esqueletos nos muestra individuos de buena talla (de hasta 1,80 metros), robustos, caminantes infatigables y longevos (llegaban a cumplir 80 años y más), aunque al final de su vida estaban aquejados de muchos achaques, como el reúma o la pérdida de dentadura”. En definitiva, ‘homo sapiens sapiens’, como nosotros.

Tierra de dólmenes

En la provincia también hay ejemplos de megalitismo. El caso más conocido es el de Aguilar de Anguita, donde se ubica el dolmen del Portillo de las Cortes, el primer monumento de estas características descubierto en Castilla-La Mancha en 1912 por el marqués de Cerralbo. En los últimos años se han producido varias excavaciones que han cifrado en 6.000 años la antigüedad de este monumento. “Nos encontramos ante una de las cronologías más antiguas del uso de megalitos en la Península Ibérica”, explica Primitiva Bueno, catedrática de la UAH y una de las codirectoras del proyecto.

Pero, ¿en qué consistían estas construcciones? “Los dólmenes eran monumentos funerarios. Se constituían como tumbas que servían para una colectividad. Posiblemente no todos sus miembros tuvieran acceso a este enterramiento, pero sí un grupo importante”, indica Rosa Barroso, profesora de la UAH y codirectora del proyecto. Por tanto, es posible que la construcción estuviera rodeada de algún tipo de poblamiento. “Una de nuestras intenciones es poder excavar en el área inmediata al dolmen, porque en contextos similares están apareciendo evidencias de habitación anexas a la construcción funeraria”, añade Barroso.

De hecho, este monumento se emplaza en un lugar de paso entre dos cuencas importantes, la del Tajo y la del Ebro. “No se puede interpretar este sector sin aunar los datos procedentes de Soria y de Guadalajara, todos ellos relacionados con las importantes vías de paso desde la meseta al Ebro, donde el Portillo tiene referencias de interés”, explican desde el equipo de arqueólogos que han trabajado en el yacimiento.

En la provincia de Soria se han desarrollado más proyectos de investigación, lo que no significa que la provincia de Guadalajara pueda tener menos muestras de este arte: “No hay que pensar que el dolmen esté aislado, sino que en su momento tuvo que formar parte de necrópolis más amplias”, concluye Barroso.

Por tanto, en la provincia existen múltiples muestras de yacimientos paleolíticos, neolíticos, calcolíticos o, incluso, más recientes. Queda seguir investigando y divulgar los resultados. Porque, como decía el griego Plutarco, “el conocimiento no es una vasija que se llena, sino un fuego que se enciende”.