La Isabela reaparece

El arquitecto, experto en patrimonio y último Premio Provincia de Investigación Histórica, Antonio Trallero, repasa en este artículo la historia del Balneario de La Isabela, de la población que se levantó junto al Real Sitio y de su inundación bajo las aguas del pantano de Buendía, de donde emerge cada vez que el embalse está bajo mínimos. • Pero ¿qué es en realidad lo que resurge? 


En las proximidades de Sacedón se encontraban unos manantiales de aguas termales que fueron conocidos y utilizados desde la antigüedad. A partir de la época de los Reyes Católicos tuvieron un importante desarrollo, siendo conocidos como los ‘Baños de Sacedón’. Sin embargo, esas ruinas que aparecen y desaparecen en función del nivel de las aguas embalsadas en Buendía, las ruinas de ‘La Isabela’, tienen su origen en épocas más recientes.

En el siglo XVIII se inició una nueva etapa debido en gran parte a la difusión de las ideas de la Ilustración. En este momento hubo un gran interés científico por las aguas minero-medicinales, estas aguas se analizaban y se estudiaban sus aplicaciones a la vez que se desarrollaba la Medicina y la formación de los médicos. En este contexto, el Infante Don Antonio, hermano de Carlos IV y por lo tanto tío de Fernando VII, tras recibir tratamiento en los ‘Baños de Sacedón’ se convirtió en el gran difusor de sus cualidades curativas.

El propio Infante encargó en el año 1800 un “Análisis de las aguas minerales y termales de Sacedón”, reparó las instalaciones y levantó una ermita dedicada a San Antonio e incluso promovió la construcción de un palacio en Sacedón, cuyo proyecto encargó al arquitecto Antonio López Aguado, para que sirviese de alojamiento a la Familia Real.

Animados por su tío, Fernando VII y su segunda esposa, Isabel de Braganza, acudieron a los Baños y a ellos se debe la fundación de una nueva población, denominada La Isabela en honor a la reina, en un cerro próximo al Balneario. Esta población, en la que se incluía un Palacio, lo que hizo que se abandonase la construcción del de Sacedón, debía contar, entre otros, con espacio para una Iglesia y alojamientos para colonos y bañistas. El arquitecto encargado de la traza de esta población volvió a ser Antonio López Aguado.

Entre la ambición y la modestia

Hay dos etapas en la construcción de La Isabela, la primera va desde 1817 a 1819 y la segunda desde 1824 a 1826, fecha en la que se dan por concluidas las obras. López Aguado realizó un proyecto ambicioso y después de la interrupción de las obras por el trienio Liberal, realizó una adaptación más modesta. Terminadas las obras se inició la repoblación con colonos a los que se les concedió vivienda y tierras. A esta nueva población se le concedió la categoría de “Real Sitio” y se organizó administrativamente. Problemas políticos y económicos hicieron que en 1865 la Corona procediera a la enajenación del Real Sitio de La Isabela, pasando ésta a manos de particulares. 

Los años transcurridos entre el último tercio del siglo XIX y el primero del siglo XX coinciden con el auge del los balnearios en toda Europa. Eran lugares de recreo, de reunión y de turismo, aparte de sus funciones terapéuticas. Los de Sacedón estuvieron muy concurridos y las noticias en la prensa contemporánea aludían a sus visitantes ilustres. La publicidad del balneario se insertaba en los medios de la época y hacía referencia a la calidad de las instalaciones y la bondad de las aguas.

En esta época el Balneario pasó por diversos propietarios y el antiguo palacio fue convertido en Casino y Salón de Baile. En el año 1930 hubo un proyecto para recuperar y relanzar nuevamente el Balneario, sin embargo, el comienzo de la Guerra Civil en el año 36 supuso su cierre definitivo.

Bajo las aguas de Buendía

La población de La Isabela permaneció unos años más, hasta el año 1955 en que la construcción del Embalse de Buendía hizo que las aguas cubrieran la población y el Balneario. De las tres entidades creadas por Fernando VII en 1817, el Real Sitio fue desvinculado de la Corona en 1865, la Casa de Baños cerró en 1936 y la población se abandonó en 1955, una corta aunque intensa vida. En la actualidad, cada vez que desciende el nivel de Buendía, emergen unos restos de la población, unas ruinas que solo ocupan una parte de lo que en su día fue el Real Sitio de La Isabela.

La sequía y la sobreexplotación de la cabecera del Tajo ha permitido realizar un minucioso levantamiento por medios topogramétricos de los restos de la población y la numerosa documentación conservada ha facilitado su interpretación. De esta manera se ha podido realizar un estudio urbanístico, arquitectónico y constructivo de lo que fue La Isabela. 

Paseos arbolados y numerosas fuentes

El Real Sitio de La Isabela estaba perfectamente planificado. El camino que procedía de Sacedón cruzaba el Rio Guadiela por un puente. Desde él, un paseo conducía al Balneario, tras el que se encontraba la ermita de San Antonio. Desde allí, un paseo arbolado seguía el cauce del rio hasta un punto en que tras realizar un cambio de sentido, emprendía un ascenso que llegaba hasta el Palacio Real.

En La Isabela tuvieron gran importancia los jardines y zonas arboladas que contaban con numerosas fuentes. El paseo ascendente que desde el río llegaba a la población dividía esas zonas verdes en dos partes, la de la izquierda, dedicada principalmente a huerta, enlazaba con la población propiamente dicha a través del Salón del Prado. La de la derecha era un gran espacio triangular ajardinado que quedaba limitado por un paseo que comunicaba directamente la población con el Balneario. Este paseo separaba los jardines del Bosque que ocupaba la ladera de la meseta en la que se encontraba la población.

Una nueva ciudad para bañistas y colonos

Para la población se siguió el modelo de repoblación que se había llevado a cabo desde los tiempos de Carlos III en Sierra Morena, es decir, una ciudad nueva de plano regular con calles ortogonales. Aunque se redujo el número de manzanas inicialmente previsto, se desarrolló siguiendo este esquema. En esta trama se suprimieron dos manzanas para dar lugar a dos plazas, la del Príncipe Don Alfonso o de la Mariblanca, y la de la Constitución. El palacio Real ocupaba el espacio correspondiente a dos manzanas y servía de punto final al camino, calle de Fernando VII, que llegaba desde Sacedón.

Los usos previstos para las distintas manzanas estaban perfectamente establecidos, reservándose unas para uso residencial, las más próximas al balneario para viviendas para bañistas y las cercanas a los cultivos para viviendas para colonos, y otras para equipamientos, usos terciarios y comercios.

Los edificios que ocupaban las manzanas residenciales eran de una o dos plantas y se organizaban alrededor de un patio central. Estaban realizados con muros de carga y forjados y pies derechos de madera. En ellos se emplearon, junto a materiales constructivos tradicionales, otros novedosos.

Entre todas las edificaciones destacaba el Palacio Real, una construcción rectangular con patio central y dos torres laterales en la fachada principal, realizado en ladrillo y el Balneario que era un edificio rectangular con un cuerpo central, en el que se situaba el deposito, que dejaba dos patios laterales que servían para ordenar los espacios. Al exterior, el eje central, en el que se situaba la entrada, presentaba una portada de composición clasicista. Estos dos edificios fueron diseñados por el arquitecto Antonio López Aguado, el mismo que planificó el Sitio.

Antonio López Aguado fue discípulo de Juan de Villanueva y a él se le deben obras tan singulares como la Puerta de Toledo, el Teatro Real, el Parque del Capricho, el Palacio de Villahermosa (Museo Thyssen) o el Casino de la Reina, en Madrid, lo que da idea de la importancia tanto urbanística como arquitectónica de La Isabela.

Otros arquitectos que intervinieron en este conjunto fueron Silvestre Pérez, Isidro González Velázquez, Custodio Teodoro Moreno o Narciso Pascual y Colomer. Alguno de los proyectos redactados no llegaron a construirse debido a la situación política y económica del momento, como ocurrió con la Iglesia de planta centrada de Isidro González Velázquez, con el proyecto de Palacio Real de este mismo arquitecto, con la ampliación y reforma del Balneario de Custodio Teodoro Moreno y con el proyecto de Balneario de Narciso Pascual y Colomer. 

La intervención en La Isabela de los principales arquitectos del momento da idea de la importancia del lugar, ese lugar que a veces emerge parcialmente y del que por lo menos nos queda su memoria.


(*) El arquitecto Antonio M. Trallero, junto a Francisco Maza Vázquez, Andrés Cidoncha Marañón, David Juan Núñez Pérez, Javier Ruiz Castillo y Ana Pilar Sancho Olóriz han editado recientemente el libro 'La Isabela. Balneario, Real Sitio, Palacio, y Nueva Población’. La obra, editada en Aache, es fruto de doce años de investigación que incorpora gráficos, planos, reconstrucciones en 3D de las estancias, baños o paseos del que fuera Real Balneario de Sacedón.