Brujas en Guadalajara

En Guadalajara hubo brujería. El periodista e historiador Julio Martínez ha seguido el rastro de varios de los casos documentados, casi siempre en el área de influencia del aquelarre de Barahona en Soria, un “foco de brujería” declarado así por la Inquisición. • Los episodios más conocidos se localizan en Pareja, pero el mapa de este fenómeno también nos lleva a Molina, Monsalud, Fuentelencina o Bonaval.  Os ofrecemos la versión digital del reportaje que publicábamos en el número 14 de nuestro número de papel.


Cuando se habla de brujas, todos nos remitimos a la misma imagen. Pensamos en una señora mayor, lúgubre, no especialmente agraciada, que se desplaza volando en escoba, con gorro picudo y que utiliza tretas para alcanzar unos oscuros objetivos. Sin embargo, la historia nos habla de una realidad más compleja, en cuya definición y persecución la Inquisición tuvo un papel fundamental.

¿En qué consistió este fenómeno? Según el escritor, comunicador y experto en esta temática, Jesús Callejo, hay dos tipos de brujería: la folklórica y la demoniaca. La primera se refiere a “la mujer sabia, hechicera, pagana, adivina redomada, con poderes visibles, conocedora de los secretos de la naturaleza y con domicilio desconocido. Mientras, la satánica es todo eso más el IVA del pacto diabólico, pasado por la licuadora de la Iglesia”.

La que interesa aquí es la segunda tipología, donde el acuerdo con el Maligno sería el elemento esencial. Éste fue un estereotipo que se codificó a finales de la Edad Media y que se expandió por todo el continente. Entre sus características se encontraron: “el vuelo nocturno, el pacto y homenaje al Diablo, la abjuración de la fe cristiana y las acciones maléficas contra personas, animales y cosechas”, según el historiador Pau Castell, experto en cazas de brujas. No obstante, algunas de estas características definitorias, como el vuelo en escoba o su desplazamiento a lomos de lobos, obviamente no eran reales, como explica la historiadora alcarreña María Lara, autora de ‘Brujas, magos e incrédulos en la España del Siglo de Oro’ y ‘Pasaporte de bruja’: “tomaban sustancias alucinógenas o se untaban lociones en dosis agresivas que les provocaban un estado mental de alteración extrema que les generaba una falsa sensación de desplazamiento físico”. Cicuta, adormidera, amapola o beleño las hacían ‘volar’ en sus viajes a los aquelarres, según otro experto en el tema, Juan García Atienza.

El Santo Oficio fue el encargado de los procesos en contra de la brujería, que consideraba herejía. A las mujeres que ejercían estas actividades se las acusaba de haber realizado un pacto con el diablo. En los reinos hispánicos, la primera víctima fue Gracia la Valle, ejecutada en la hoguera en Zaragoza en 1498. Hasta la supresión de la Inquisición en 1834 hubo miles de procesos en nuestro país, pero ‘sólo’ se han contabilizado unas 300 ejecuciones. Los últimos juicios en Europa tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XVIII. Progresivamente, las nuevas ideas calaron en la sociedad. “La reducción de procesos por brujería a partir de 1750 en Europa tiene que ver en gran parte con la extensión del racionalismo de la Ilustración”, afirma Callejo.

¿Sólo mujeres?

¿Por qué casi siempre la bruja tenía nombre femenino? Aunque existieron nigromantes en altas esferas del poder, ellos eran “intocables”, según explica Javier Fernández. El caso de las mujeres era diferente, por varias circunstancias que jugaban en su contra, como el irrelevante papel que tenían en la época, su mala condición económica o la imposibilidad de participar en el sistema educativo. “Era más difícil atacar a un poderoso brujo o alquimista que a una mujer viuda que no tenía otro medio de vida que tirar las cartas. La mayoría eran pobres de solemnidad”, asevera este experto.

Con un 75% de población analfabeta, el hecho de que la mujer no pudiera acceder a unos estudios ni a la universidad, confiaba sus prácticas esotéricas al ámbito de la oralidad”, comenta María Lara. Además, “se presentaba a la mujer como el eslabón más débil, pensando que el Diablo a ellas las tentaba con más facilidad”, describe Callejo en declaraciones a Cultura EnGuada. “Se trató de una persecución misógina”, confirma.

Las pruebas de los procesos inquisitoriales sobre brujería eran muy endebles. Y muchas veces lucían por su ausencia. El Santo Oficio se basaba mayoritariamente en las declaraciones de testigos. “La fama de bruja correspondía a la sospecha compartida por los vecinos hacia determinadas mujeres, vistas como las causantes de los males ocurridos a personas, animales y cosechas”, indica Pau Castell.

Para ello se buscaban las ‘marcas’ que hipotéticamente habría dejado el Diablo en el cuerpo de sus supuestas aliadas: “Cualquier persona que tuviera un lunar, quiste, mancha, juanete o cicatriz era candidata a poseer una marca de Satán y, por tanto, se exponía a ser ejecutada por brujería”, añade Callejo en su libro.

La virulencia y cantidad de casos inquisitoriales comenzaron a descender en 1750. ¿Casualidad? No. “La Ilustración y el racionalismo habían llegado para quedarse y relegar las prácticas supersticiosas”, apostilla Fernández.

¿Y en Guadalajara?

En la provincia también hubo encausamientos inquisitoriales por brujería. La zona que más sucesos de este tipo presentó fue la Alcarria. No porque la mayoría de las brujas se concentraran en esta zona, sino porque gran parte de la documentación que ha pervivido hasta hoy remite a este territorio –allí actuó el Tribunal de Cuenca, muy activo en la persecución de estos ‘delitos’–. Y de todos los ejemplos analizados, quizá el más relevante sea el de Pareja-Sacedón. “En este caso podemos hablar de brujas como tal, ya que según los registros inquisitoriales las procesadas habrían realizado un pacto con el demonio e iban volando al Campo de Barahona, ubicado en Soria, para hacer sus reuniones”, explica Javier Fernández, arqueólogo gerente del Monasterio de Monsalud. “El resto de casos de la comarca no fueron tanto brujería como hechicería”, añade.

No obstante, siempre había un denominador común. La acusación de brujería se ejercía para intentar dar respuesta a fenómenos sin explicación lógica o religiosa. “Las pérdidas en las cosechas, los amores fallidos, la desventura o los males de una villa podían ser achacados a las actividades maléficas de las acusadas. La mecha que prendía la paranoia persecutoria se encendía con la repetida muerte de neonatos ahogados con signos de violencia. La desgracia requería un culpable”, se describe en el Museo ‘Brujas de la Alcarria’ del propio Monasterio, en Córcoles.

Juana La Morillas y Francisca la Ansarona

El caso de Pareja tiene que ver con esto. En 1526, Juana La Morillas fue apresada bajo la imputación de la muerte de varios niños. Su fama de bruja la perseguía en la localidad. “Ahogada por el desprestigio, Juana se tiró desde la torre de la fortaleza en la que fue recluida”, se describe. Y poco tiempo después se abrió una investigación también a Francisca la Ansarona bajo las mismas acusaciones. La Inquisición aseguraba que la procesada había tenido una relación de amistad con la fallecida, quien le habría transmitido las artes brujeriles. “La Morillas le habría enseñado a convocar al diablo diciendo ‘Ven, Lucifer ven’, tras lo que se presentó un hombre oscuro al que le prometió su alma sellando el pacto con una gota de de sangre”, explican en Monsalud.

Sin embargo, Francisca no habría sido la única que habría participado de estas prácticas. Le habrían acompañado otros nombres, como las hijas de la suicida. Entre ellas se encontraba Quiteria, que tras haber sufrido torturas, reconoció su filiación brujeril. Incluso, se autoinculpó de haber asesinado niños para, con sus grasas, confeccionar ungüentos que “le producían una especie de sopor, y diciendo ‘de viga en viga, con la ira de Dios y de Santa María’, echaba a volar, yendo hasta el prado de Barahona”, explica Juan Blázquez en un libro sobre magia y superstición. Allí realizaría su aquelarre. La verdad, en cambio, salió a la luz. “El 19 de enero de 1529, la Suprema entendió que Quiteria había sido víctima de un abuso de la tortura”, indican desde Monsalud.

No obstante, esta declaración no sirvió para que los juicios por brujería concluyeran en la Alcarria. A mediados del siglo XVI hubo un rebrote en Sacedón y en Pareja. María Parra y Ana de Roa fueron las protagonistas: habrían cometido infanticidios para poder volar hasta Barahona. María Parra sufrió diversos tormentos (tras los cuales se autoinculpó), mientras que Ana de Roa se entregó, aunque luego se retractó. Según Blázquez, “no importaba la falsedad y sandez de estas acusaciones y confesiones, sino el miedo real que producían todas estas creencias entre los vecinos”.

Así, las autoridades religiosas abrieron decenas de investigaciones en la comarca. Javier Fernández cifra entre 40 y 60, aunque no se atreve a dar un número concreto, puesto que es un asunto en fase de estudio. En cualquier caso, se encuentran ejemplos en Fuentelencina, Budia, Durón o Córcoles, además de los ya mencionados de Sacedón y Pareja. Incluso Blázquez afirma que también hay documentada presencia de brujas en otros municipios como Atienza, Sigüenza, Armallones, Zaorejas o El Recuenco.

Estas acusaciones también llegaron hasta Molina de Aragón, donde se menciona a María Bernal como “bruja oficial”. “Junto a ella, como aventajado discípulo, figuraba un tal Ortega y algunas otras mujeres”, confirma Blázquez. Las fuentes indican que, determinadas noches, se acercaban hasta el cementerio, donde desarrollaban sus ritos. Y, en ocasiones, volaban hasta Gallocanta, en Aragón, para asistir a sus aquelarres. “Quien destapó todo fue Ortega, cuando las justicias del pueblo, con el alcalde a la cabeza, le pusieron las manos encima, lo metieron en la cárcel y untándole los pies con manteca se los acercaron al fuego”, describe Blázquez. “Mientras la grasa se derretía sobre su piel, confesó cuanto quisieron que confesase, declarándose brujo redomado y acusando a todo el clan que, detenido y procesado por la Inquisición, pronto fue dejado en libertad, vistas las necedades declaradas”, añade.

Otro de los procesos más estudiados ocurrió en el Monasterio de Bonaval, en Retiendas. Allí moraba fray Valeriano de Figueredo, quien aseguraba que tenía relación directa con el conde-duque de Olivares. Una circunstancia que –según él– le permitiría salir triunfante de cualquier problema. Escudado tras esta bravuconada, cuando le tocó desempeñar la jefatura de la comunidad no se le ocurrió otra cosa que sacar trapos sucios del resto de enclaustrados, generando una muy mala convivencia, hasta el punto de que “uno de los monjes denunció a fray Valeriano ante la Inquisición, acusándole no tanto de sus presuntas clarividencias (que a él mismo no le convenía airear), sino de tratos con el mismísimo Diablo, que le permitían mil prodigios como desplazarse a velocidades prodigiosas”, describe García Atienza. Otro ejemplo del tipo de denuncias que se interponían en la época.

El influjo de Barahona

En varios de los procesos inquisitoriales en Guadalajara se afirma que las acusadas iban volando hasta Barahona. ¿Por qué se mencionaba este emplazamiento como sede de aquelarres? “Los lugares donde se hacían este tipo de encuentros estaban apartados y tenían alguna consideración mágica”, explica Callejo. En Barahona existe un menhir con un orificio medianero. Y esto –decían– era el confesionario de las ‘iniciadas’. “En un lado se colocaba el diablo y en el otro la bruja”, indica Callejo. No es extraño, por tanto, que la Inquisición calificase a Barahona en 1527 como un “foco de brujería y aquelarres”. Una tradición que todavía se recordaba siglos después. En el XVIII el médico y escritor salmantino Torres Villarroel aseguraba haber pasado por este municipio y haber contemplado este tipo de reuniones, junto con el doctor y el sacerdote del pueblo.

En consecuencia, sí que hay documentados procesos inquisitoriales sobre brujería en la provincia de Guadalajara. Sin embargo, se trata de una realidad que transcendió a su imagen tradicional. Intervinieron bastantes elementos en su definición y persecución. Hubo mucha ‘Caza de brujas’. Fue una forma de control social. Por tanto, se debe seguir investigando. “Este tema nos proporciona mucha información sobre cómo era nuestro país en los siglos XV, XVI y XVII y la sociedad de aquel momento. Y no se puede entender a la misma si no se sabe cuáles eran sus creencias, sus tradiciones y sus supersticiones”, concluye Callejo. 

BIBLIOGRAFÍA:

BLÁZQUEZ, Juan. Castilla–La Mancha. Magia, superstición y leyenda. León: Everest, 1991.

CALLEJO, Jesús. Breve historia de la Brujería. Madrid: Nowtilus, 2006.

CASTELL, Pau. La demonización de las prácticas mágico–medicinales femeninas (siglos XIV–XVI), Studia Historica. Historia Medieval. Salamanca: Ed. Universidad de Salamanca, 2013. 233-244.

GARCÍA ATIENZA, Juan.Guía de las brujas en España. Barcelona: Ariel, 1986. 133-152

 

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