La Catedral, en papel

Aache edita un libro del historiador Herrera Casado sobre el templo seguntino, donde hace un recorrido por la construcción y aportaciones de arquitectos y artistas al edificio. • El grueso de las casi 150 páginas son un recorrido estancia por estancia, con gran atención a los detalles.


El personaje más visitado de la Catedral de Sigüenza tiene un libro entre sus manos. Es Martín Vázquez de Arce, El Doncel, y siempre se ha especulado sobre el motivo de su lectura. A día de hoy, el joven soldado bien podría tener la atención centrada en el libro que acaba de publicar la editorial alcarreña Aache, ‘La catedral de Sigüenza’, donde el cronista oficial de la provincia, el historiador Antonio Herrera Casado, invita a lo largo de casi 150 páginas a recorrer cada una de sus estancias y recuerda la historia de su construcción y sus reparaciones, en un proceso en evolución continua. Porque una catedral, con sus aspiraciones de eternidad, no es un enorme mamotreto petrificado, sino un organismo vivo, en constante renovación, que cambia su fisonomía a lo largo de los siglos.

La catedral de Sigüenza ha tenido un protagonismo especial a lo largo de 2016 con la exposición ‘aTempora’, enmarcada en el Año Cervantes, que ha llevado hasta los muros del templo que se levantó en el siglo XII a más de 66.000 visitantes. La muestra le ha sacado partido a las diferentes estancias, integrando sus principales rincones y obras de arte en el discurso expositivo. La editorial Aache redescubre ahora con detalle todo el conjunto en este libro oportunamente editado con generosidad de fotografías, ilustraciones e infografías.

He afirmado sin miedo alguno a equivocarme –y pienso que tampoco sin exageración o chauvinismo alguno…- que la catedral de Sigüenza es una de las diez mejores catedrales de España”, defiende en el prólogo del libro el deán de la seo, el seguntino Jesús de las Heras. El autor del libro le secunda en la frase que abre el estudio: “La catedral de Sigüenza es uno de los monumentos capitales del arte español”. Tanto por lo que respecta a su arquitectura y al edificio catedralicio propiamente dicho, como por las obras de arte tan singulares que encierra y que le adornan”.

Herrera Casado recuerda el inicio de la construcción de la catedral en 1152, sobre la iglesia mayor del burgo, Santa María la Antigua, con el obispo don Pedro de Leucate. El historiador despliega los planos y afirma que “el proyecto se hizo bajo unas pautas netamente románicas”, siguiendo en su estructura el modelo compostelano, aunque también matiza que “con los años se modificó notablemente el aspecto ya adquirido” nada más ser levantados los muros, con sus dos imponentes torres militares, que miran a Occidente.

Esta catedral heredera de los templos borgoñeses y langodecianos –como lo fueron los primeros obispos de la diócesis–, tiene muestras de la “severidad y limpieza de líneas” en la decoración de inspiración Bernarda o cisterciense, en una combinación de estilos no sólo a lo largo del siglo XIII en que completa sus diversas estructuras y elementos –entre ellos el rosetón de la fachada sur, único en España-, sino después, con diferentes añadidos que el autor va reseñando.  Algunas de las intervenciones fueron profundas, como la apertura de nuevos espacios en el siglo XVI, pero en todos los casos se trata a lo largo de cinco siglos de “ampliaciones y reformas que, sin llegar a modificar sustancialmente la primitiva estructura románica y su fisonomía protogótica, le han conferido el aspecto que hoy nos muestra, magnífico en su espacio mesurado, delicado en la ornamentación que cubre sus parámetros”.

Así, “continuos añadidos de altares, de enterramientos, de rejas, de órganos, de cuadros y tapices, fueron dando a la catedral su fisonomía definitiva”. Siempre aportaciones y mejoras, hasta la Guerra Civil, en que sufre “con toda la crudeza las violencias de la contienda” y que obligó a una rehabilitación en los años cuarenta que dirigió el arquitecto Labrada Chércoles, que aprovechó para rematar el crucero con una linterna que ofrece más luz, amplitud y elegancia al interior del templo.

Un recorrido completo

En su libro, Herrera Casado repasa toda la nómina de mecenas y artistas a los que se deben las diferentes aportaciones en la catedral seguntina. Se detiene en los obispos que más huella han dejado y en la obra de creadores de renombre como Alonso de Cobarrubias, autor de la asombrosa Sacristía de las Cabezas, una sala que tiene 304 rostros esculpidos por Martín de Vandoma en los techos abovedados y casetones circulares. El libro tiene en su tramo final una serie de anexos sobre los elementos más llamativos de la Catedral, entre ellos uno por supuesto sobre esta estancia donde, entre otros aspectos, trata de acerca de en quienes estarían inspirados los rostros que allí aparecen.

De todos los elementos, incluidos los escudos, ofrece el escritor alcarreño detalladas descripciones. El libro pesa poco y cunde mucho, de modo que un buen modo de perderse en su profusión de detalles puede ser acudir precisamente ejemplar en mano a la Catedral. Allí la vista puede ir saltando del papel a la piedra y de la piedra al papel para sacarle el máximo partido al recorrido.

Hay curiosidades –como el libro más antiguo impreso en Sigüenza o la necrópolis medieval allí descubierta–, comentarios sobre las obras de arte más destacadas o de los muchos enterramientos allí ubicados y una descripción detenida de cada capilla y los altares que salen al paso, en un recorrido que el historiador realiza atravesando pasillos y estancias sin perder detalle. Así, en la capilla de Santa Librada hace reparar al lector en el “retablo clasista de vivos colores, formas cabales y una  composición que se desborda en iconografía”, mientras que en la capilla de San Juan y Santa Catalina se detiene en la estatua funeraria del Doncel: descripción del entorno y las vestimentas, alusión a los estilos en que se inspira o elucubraciones sobre la autoría: “quizás Gil de Siloé, Quitás Sansovino, o algún otro toscano o borgoñón viajero” o, como cada vez apuntan más voces, Sebastián de Almonacid, con taller en Guadalajara. Incluso deja volar el espíritu hacia lo trascendental porque “el simbolismo de esta estatua, de este enterramiento todo, es claro y sugerente”.

Las páginas del libro guían al lector por el interior del gran templo. Se llega así al asombroso coro catedralicio mandado tallar por el Cardenal González de Mendoza, pasando también por los detalles mínimos de cada púlpito o de la trompa, con sus figuras en relieve que ofrecen un discurso moralizante; menciona las rejas (“la catedral de Sigüenza es lugar donde se junta una de las mejores colecciones de hierro forjado de toda España”), los medallones y retratos hasta ahora no mencionados en otras investigaciones, como el de una figura de Apolo tallada precisamente en la silla espiscopal del coro, y de la que el historiador hace un estudio a fondo.

Los pasos conducen hasta el claustro, con su “severidad y armonía” y las capillas que van quedando a lo largo de su recorrido. Pero en uno y otros momentos el itinerario está siempre salpicado de joyas. Lo es ‘La encarnación de María’ del Greco, en la coqueta capilla de la Concepción, aunque para admirar algunas otras hay que ingresar directamente en el Museo Catedralicio, compuesto por diversas salas y capillas entre las que está el Museo de Tapices, o en el Museo Diocesano, ya en el exterior del templo, en el edificio neoclásico próximo. Antes, dentro, hay mucho donde parar la mirada. El libro queda rematado por un plano con las 43 paradas: para no perderse.