Guadalajara, tierra de leyendas

Fantasmas de damas que vagan por los pasillos de los castillos de la Riba de Santiuste y de Sigüenza, templarios en Torija y en iglesias de la Sierra Norte, tesoros escondidos junto a la ermita del Alto Rey, considerado “un lugar de poder”... La tradición oral mantiene vivos fantásticos relatos que ofrecen un motivo añadido para visitar muchos de estos rincones de la provincia de Guadalajara.


Gran patrimonio monumental, riqueza natural, variedad gastronómica… Éstos son algunos de los elementos que definen a la provincia de Guadalajara. Algo que se puede corroborar paseando por Sigüenza, Molina, Pastrana, Atienza o Brihuega, donde además de disfrutar de sus palacios, iglesias y castillos, se dará buena cuenta de su diversidad culinaria. Y, para bajar las viandas, ¿qué mejor que un paseo por el Río Dulce, el Alto Tajo o la Tejera Negra? Son propuestas que bien merecen una visita. Sin embargo, Guadalajara es mucho más que todo eso. Cuenta con un acervo que, todavía, es más importante. Se trata de su tradición oral. Es decir, aquellas leyendas que se han sido transmitidas de generación en generación, y que permiten insertar la historia en su contexto social.

Un claro ejemplo de ello es la Serranía, ubicada en la zona norte de la provincia. Allí se pueden encontrar relatos de la más diversa índole y que tienen como protagonistas a diferentes localidades y parajes de la zona. Uno de los más conocidos, por el halo de misterio que le rodea, es el castillo de la Riba de Santiuste. En el emplazamiento, según narran las «malas lenguas», aparece el fantasma de Manuela, una noble musulmana que encontró la muerte en la alcazaba durante un asedio. Desde entonces, la joven árabe deambula por los pasillos de la fortaleza bajo la forma de «Dama Blanca»...

El mito que ha adquirido esta leyenda es tan grande que dos programas de radio nacionales han emitido desde el lugar. El primero fue ‘Medianoche’, de Antonio José Alés, que se acercó hasta el emplazamiento durante la década de 1970. El segundo es más reciente –tuvo lugar en septiembre de 2006–, y fue protagonizado por el mediático Iker Jiménez, quien grabó en el castillo una de las ediciones de Milenio 3.

Sin embargo, el periodista y escritor Juan Ignacio Cuesta señala que la historia de Riba de Santiuste se trata de una leyenda, a la que toda persona le confiere su propia interpretación. “Se constituye en lo que Jesús Callejo [comunicador y experto en la materia] denomina luces populares, que son cosas que empíricamente existen, pero que cada uno interpreta de acuerdo a sus creencias. Habrá quien diga que son apariciones marianas y, otros, fantasmas”, añade Cuesta.

Sigüenza y doña Blanca

En la categoría de fortalezas con leyendas también se debe incluir la de Sigüenza. Aquí, la historia se encuentra protagonizada por doña Blanca de Borbón, quien seguiría recorriendo los pasillos de la fortaleza, donde estuvo presa en el siglo XIV. Se trata de un relato que ha tomado una gran fuerza. De hecho, fue incluido en el libro ‘Leyendas de Paradores’, publicado por Felipe Alonso en 2011.

Sin embargo, varios autores muestran sus dudas al respecto. “Realmente el lugar donde se ejecutó a doña Blanca fue en Medina Sidonia. Así que vaya usted a saber…”, indica Juan Ignacio Cuesta. En este mismo sentido se expresa el investigador Pedro Amorós, que ofrece otra versión de la narración. “Algunos apuntan a que el posible espectro que deambula por los pasillos también podría pertenecer a fray Bernardo de Agén, que tras la reconquista de la población en 1123, se convirtió en el primer obispo proclamado que habitó en el lugar”, detalla Amorós en su obra ‘Guía de la España Misteriosa’.

Pero sea doña Blanca o don Bernardo de Agén quien recorre la fortaleza seguntina, la Ciudad Mitrada bien merece una visita, sobre todo durante sus Jornadas Medievales, que se celebran en julio. En las mismas se evoca el presidio de la noble castellana, ya que uno de los actos estrella es la recreación del asalto al castillo para liberar a tan ilustre reclusa.

¿Y los templarios?

Pero si las leyendas vinculadas con las supuestas apariciones fantasmales generan interés, no menos sugestivos son los relatos relacionados con la Orden del Temple. Desde que en 1314 el papa Clemente V mandara suprimir la Congregación, mucho ha sido el misterio que ha rodeado a sus miembros. Y Guadalajara no podía ser menos.

Quizá el ejemplo más conocido sea el castillo de Torija. Se trata de un edificio cuya construcción original procede del siglo XII y que, según asegura la tradición, fue mandado edificar por los «monjes guerreros». “Su estilo es muy semejante al de otras fortalezas realizadas por la Orden, como la de Ponferrada”, señala Juan Ignacio Cuesta. Además, estos religiosos también habrían dejado su huella en el antiguo convento de San Benito de Torija, del que actualmente apenas quedan restos y que tuvo su origen durante el siglo VIII, gracias a los benedictinos. En consecuencia, “la tradición templaria de la villa de Torija es algo que no se puede negar”, afirma Cuesta.

Sin embargo, estos no son los únicos rastros del paso de dicha Congregación por la provincia. En la Serranía también se puede seguir el antiguo caminar de sus miembros en diferentes lugares, como la iglesia de San Miguel de Beleña de Sorbe, la de San Galindo de Campisábalos o la ermita de Santa Coloma, ubicada en Albendiego. Sobre este último ejemplo, Juan Ignacio Cuesta, en su texto ‘Ruta Templaria de Guadalajara’, hace referencia al ‘Diccionario geográfico–estadístico–histórico de España y sus posesiones de Ultramar’, de Pascual Madoz.

En dicha relación se afirmaba que “se cree que esta abadía se fundó con las haciendas que poseían los templarios de aquel territorio y consisten en la misma iglesia de Santa Coloma [ubicada en Albendiego], parroquia en el día, un castillo inmediato a ella con casa y huerta, la ermita titulada del Santo Alto Rey, […] otro castillo arruinado contiguo a la misma y toda la tierra de llano y monte que media entre ambas alturas”.

Un lugar de poder

Como se ha podido observar, en el documento de Madoz, realizado a mediados del siglo XIX, se mencionaba a la ermita del Alto Rey. Se constituye como el santuario más elevado de Guadalajara, al encontrarse a 1.852 metros de altura, coronando la cumbre más prominente de la sierra a la que da nombre. Su situación es impresionante. De hecho, no pocos lo consideran un lugar de poder. Pero, ¿qué significa este apelativo? “Se trata un emplazamiento especial, que lo puede ser por muchísimas razones. Porque se dan en él circunstancias concretas, porque sea sagrado o porque existan características telúricas. O simplemente porque tú le concedas ese poder por alguna razón, o sea un sitio donde la gente encuentra «algo» que le permita estar en esas condiciones”, indica Juan Ignacio Cuesta en declaraciones a Cultura EnGuada. En definitiva, “un lugar de poder es un sitio donde uno se encuentra a sí mismo y a su propia transcendencia. No tiene por qué ser un espacio pequeño ni excesivamente grande. Puede ser hasta un paisaje”, resume Cuesta.

Así, el Alto Rey podría calificarse como un lugar de poder. “Ya lo era para los celtíberos. Porque la actual ermita que existe en el pico está construida sobre el antiguo altar al dios Lug. A esto se añade que tiene muchas leyendas asociadas a las montañas. Es un lugar muy especial”, explica. Entre sus historias más conocidas se halla la del padre que, harto de las peleas de sus hijos, les castigó convirtiéndolos a cada uno de ellos en una gran montaña –el Ocejón, el Alto Rey y el Moncayo–. Así, se podrían divisar pero no tendrían la oportunidad de escucharse.

Otro de los relatos que se cuentan sobre el lugar está relacionado con su condición de zona fronteriza durante la Edad Media. En una escaramuza entre los cristianos y los musulmanes, los primeros tuvieron que huir –diezmados– por la sierra del Alto Rey para encontrar resguardo en tierras castellanas. Pero, en lo alto de la montaña, se encontraron con un pastor que les dio un consejo para ganar la batalla. Les recomendó que esperasen hasta la noche, con el fin de atar faroles en los cuernos de sus cabras. Así lo hicieron, consiguiendo que sus enemigos se retiraran, asustados, al ver tanta luminosidad. Creyeron que tendrían que enfrentarse a un gran ejército que descendía por la sierra, cuando en realidad era un rebaño caprino.

La ermita del Alto Rey

El actual santuario del Santo Alto Rey de la Majestad y de Nuestra Señora de los Ángeles es un edificio sencillo, austero, de nave única y en cuyo exterior se pueden distinguir contrafuertes laterales. Se trata de un complejo que, en su aspecto actual, data del siglo XVIII. Sin embargo, se tienen datos que corroboran un origen muy anterior. “Sabemos que en la Edad Media, hacia el siglo XIII, existía este lugar. Fue por entonces cuando se construyó, aunque no puede descartarse que fuera un punto de culto primitivo, celtibérico”, explica el cronista oficial de la provincia, Antonio Herrera Casado.

Sin duda, se trata de un emplazamiento que, desde antiguo, le ha rodeado la tradición popular. Los propios templarios pudieron andar por el lugar. “Conociendo sus costumbres y la presencia de caballeros del Temple en la zona, teniendo cerca Albendiego, viendo la comparación con otros sitios semejantes y, sobre todo, el hecho de que ya conocían la existencia de plata en la cercana población de Hiendelaencina, no es extraño que estuvieran vigilando la zona desde arriba por razones pragmáticas”, asegura Juan Ignacio Cuesta.

Precisamente, uno de los elementos más característicos del santuario es su ubicación, a 1852 metros, siendo el edificio religioso más elevado de la provincia. “Quizás la elección del lugar fuera para la vigilancia de los caminos, en la época de los templarios, pero en todo caso es seguro que su localización en un sitio de estas características se debe a una razón religiosa y ancestral”, indica Antonio Herrera. “Hay que tener en cuenta que el altar de esta ermita se levanta sobre una eminencia rocosa, en el interior del santuario, que es la parte más alta de la montaña”, concluye el cronista provincial.

Tesoros en la ermita

Pero estos no son los únicos relatos que se encuentran vinculados al Alto Rey. Hoy en día se sigue asegurando que hay varios tesoros de oro escondidos cerca de la ermita, entre los que se encontrarían un caldero lleno de monedas, un becerro y un campanillo. Asimismo, bajo el santuario hay un pequeño abrigo rocoso en el que, durante las épocas de lluvias, mana una gota de agua. Sin embargo, la tradición asevera que, antiguamente, este líquido era aceite, del que se servían los monjes que vivían en el oratorio para iluminarse. Una situación que se prolongó en el tiempo hasta que un pastor recogió esta materia prima para su propio beneficio. Desde entonces, comenzó a surgir agua. Simplemente agua.

En otra historia se explica que, en una ocasión, los monjes que moraban en las alturas quisieron trasladarse a un lugar con una climatología menos extrema. Por ello, empezaron a levantar un monasterio en el prado de Santa Coloma, ubicado a mitad de la cordillera y enclavado en el actual término municipal de Bustares. Sin embargo, se encontraron ante un problema: todo lo que se edificaba por el día se derruía por la noche. Pero, a pesar de este contratiempo, consiguieron acabar las obras. Una vez finalizadas, trasladaron las imágenes de los santos a su nuevo hogar. No obstante, a la mañana siguiente, las tallas regresaron a la ermita original. Así, y ante los problemas suscitados, se decidió que el santuario permaneciera en lo más elevado de la montaña.

Como se puede observar, hay muchas historias en Guadalajara –y en su Serranía– vinculadas con la tradición y el pasado. Por ello, quien recorra la provincia debe conocer su patrimonio, su gastronomía, su entorno natural y sus fiestas. Ha de recorrerlo y defenderlo. Pero también es muy recomendable que hable con sus gentes para inmiscuirse en su gran sabiduría, costumbres y tradiciones. Esto será lo más importante, porque se conseguirán nuevos puntos de vista que enriquecerán al caminante.


BIBLIOGRAFÍA:

AMORÓS, P.; Guía de la España Misteriosa.

Libros Cúpula. Barcelona. 2009.

CUESTA MILLÁN, J.I.; Ruta Templaria de

Guadalajara (p.135–164) en AA.VV.; Gran Guía de la España Templaria. Aguilar. Madrid. 2008.


 

Reportaje publicado inicialmente en el número 11 de papel de primavera de Cultura EnGuada.