Cien años sin la ‘madre de los pobres’

Hoy se cumplen 100 años del fallecimiento en Burdeos de María Diega Desmaissières y Sevillano, benefactora y promotora de obras tan representativas como el complejo de Adoratrices o el Poblado de Villaflores. • Ayuntamiento y Diputación preparan la reedición de una biografía agotada que escribió Pablo Herce Montiel sobre esta alcarreña adoptiva.


Su apellido se extinguió en Guadalajara con su muerte hace ahora cien años, pero su huella, que cambió para siempre la fisonomía de la ciudad, permanece. María Diega Desmaissières y Sevillano murió repentinamente a los 63 años el 9 de marzo de 1916 en Burdeos. Lo hizo sin descendencia, pero dejando tras de sí un recuerdo querido en la ciudad y un conjunto de arquitecturas que está entre lo más sobresaliente del patrimonio monumental arriacense.

La duquesa de Sevillano, también conocida como Condesa de la Vega del Pozo, “es una referencia obligada para entender la historia y la monumentalidad de Guadalajara en el último siglo”, ha escrito el historiador y cronista provincial Antonio Herrera Casado, seguramente la persona que más ha aportado en los últimos tiempos a la reconstrucción de la figura de esta benefactora y al reconocimiento de su labor.

En su libro ‘El Panteón de la duquesa de Sevillano en Guadalajara’, editado en Aache hace cuatro años, trazaba la relación con su arquitecto de cabecera, Ricardo Velázquez Bosco, y dejaba clara la amplia huella de esta colaboración, que se extiende por el Poblado de Villaflores, el palacio del actual colegio de los Maristas y todo el conjunto de Adoratrices, por supuesto en la estampa más representativa, el Panteón  de la Vega del Pozo.

Sensibilidad social, mecenazgo artístico

Heredera de una de las familias más ricas de España, María Diega Desmaissières y Sevillano fue sensible a las problemática social de su tiempo y dedicó buena parte de la inmensa fortuna que heredó “a mejorar las condiciones sociales de los alcarreños pobres”.

Es esta una de las dos facetas que Herrera Casado considera imprescindibles a la hora de recordar, cien años después, a la duquesa de Sevillano. La “obra social” la volcó en el apoyo a las monjas Adoratrices que fundara su tía, en levantar colegios y orfanatos en Madrid y en la creación del gran asilo para pobres, huérfanas y mujeres excluidas. Una labor que en su conjunto hizo que esta aristócrata estuviese “muy bien considerada incluso por las organizaciones sindicales, que la adoraban”, hazaña especialmente destacable en los convulsos inicios de siglo XX, cuando la cuestión social solía traducirse en estallidos de conflictividad.

En este sentido, al historiador alcarreño le parece que queda aún por investigar una laguna interesante en la vida de esta alcarreña adoptiva: “Aún no sabemos quién era su director espiritual, la persona que influía e indicaba cómo debía dirigir su gran fortuna en esta obra social”.  Y apunta algunas opciones con las que se ha especulado, como el obispo de Madrid de la época.

Enorme legado monumental

Pero Herrera Casado considera que la figura de la duquesa de Sevillano reivindica su grandeza en nuestros días también por el legado monumental. Por supuesto, el Panteón que levantó para enterrar a su padre y al resto de la familia, con su cripta. Pero también el resto del asombroso y en cierto modo desconocido complejo de la Fundación San Diego de Alcalá, el recinto actual de las Adoratrices, que lo heredaron, y en el que también se encuentra la iglesia de Santa María Micaela.

Dentro de esta ruta por la ciudad en el que las figuras de la mecenas y su arquitecto Velázquez Bosco está también, en la actual ubicación del colegio de Los Maristas, el palacio que Velázquez Bosco, que rehabilita para ella y que era su residencia en Guadalajara, escenario de habituales fiestas a las que no sólo los más ricos tenían acceso.

El presidente de la Asociación Provincial de Guías Turísticos de Guadalajara, Manuel Granado, considera que “no se puede entender la Guadalajara ecléctica y de finales del siglo XIX sin ella” y su relación con el arquitecto Velázquez Bosco, un vínculo exclusivamente profesional entre mecenas y artista que permitió que Guadalajara contaste con el trabajo de uno de los arquitectos de primer nivel en la ciudad, autor también de la restauración de la Mezquita de Córdoba o del Palacio de Cristal del Retiro, entre otras importantes labores. “Es más, podríamos pensar que a lo mejor sin él no habría habido otras muestras de arquitectura ecléctica en Guadalajara, como el edificio de Correos”.

Pero por encima de todas las obras sobresale el Panteón: “es una obra de arquitectura perfecta, con curiosidades únicas como la falsa cripta” y con la presencia de mosaicos o esculturas de primer nivel, recuerda el presidente de los guías, que añade que el problema radica en la escasa promoción fuera de las fronteras provinciales: “Los grupos de turistas que vienen me dicen siempre lo mismo: ‘a ver qué hay en Guadalajara’. Vienen sin saber, pero luego se marchan encantados, especialmente con el Panteón”.

Punto y aparte merece también el Poblado de Villaflores, junto a la línea del AVE, entre Guadalajara y Valdeluz. La aldea, que días atrás ha sido noticia por el derrumbe en la casona principal, en el más llamativo síntoma de su situación de abandono prolongada al cabo de décadas, constituye uno de los mejores ejemplos de arquitectura agropecuaria del cambio de siglo XIX al XX, declarada BIC el año pasado y en la que a duras penas siguen en pie la casa principal, las antiguas casas de los colonos, la ermita y el palomar.

La situación de abandono y la protección tan tardía dan cuenta del desdén con que Guadalajara ha tratado hasta ahora una de las joyas de su patrimonio, a pesar de la alerta de tantas voces, entre ellas –y desde hace décadas– el propio Herrera Casado, que días atrás insistía en la misma línea.

Inesperado fallecimiento

El Ayuntamiento de Guadalajara había nombrado a la duquesa Hija Adoptiva en 1888, después de que decidiese levantar el actual complejo de Adoratrices fruto de su actividad de mecenazgo. Muy querida en la ciudad por su labor benefactora, la duquesa pasaba también largas temporadas en Francia: no en vano la parte más abundante de su fortuna provenía de los viñedos del sur del país.

En una de estas estancias, con apenas 63 años y, según las crónicas, reubicada en Burdeos porque la guerra le impidió estar en Biarritz, falleció de noche en el Gran Hotel de Burdeos donde se alojaba. Fue un hecho completamente inesperado, porque no se le había detectado ninguna enfermedad. “No se sabe cómo muere ni qué pasó”, subraya Herrera Casado, que deja abierto el suceso a todo tipo de hipótesis.

Nada sabemos en detalle sobre su muerte. ¿Tuvo asistencia médica de urgencia? ¿Recibió ayuda espiritual de algún sacerdote? ¿Estaba sola?”, se pregunta también Pablo Herce Montiel en el libro que próximamente será reeditado por Aache, en una iniciativa conjunta del Ayuntamiento y la Diputación con motivo del centenario.

Para los que sentimos un amor entrañable hacia el pueblo de Guadalajara, la muerte de la ilustre dama que a sus títulos nobiliarios unía el de hija predilecta de esta ciudad, constituye una desgracia irreparable”, arrancaba la crónica de Flores y Abejas, días después y a toda página. Allí se la calificaba de “bienhechora” y la describía como “una dama de grandes virtudes, muy cristiana y muy caritativa”. Resalta también las razones de que la ciudad sintiese de manera tan intensa su muerte: la duquesa “se preocupó para que a las clases trabajadoras no les faltase nunca trabajo”.

La última vez que la duquesa de Sevillano estuvo en Guadalajara dejó claro que tenía planes para pasar el otoño de su vida en la ciudad, porque acometió obras de instalación eléctrica y ascensor en su casa. La muerte la sorprendió en Burdeos. La despedida en su ciudad, con el cuerpo enterrado en el Panteón, fue por todo lo alto. “La ciudad se volcó” con sus muestras de cariño, dice Herrera Casado. En el multitudinario entierro estuvo presente el expresidente Antonio Maura. Todos los comercios cerraron los dos días siguientes en muestras de luto. La ciudad despedía a la que muchos conocieron como ‘la madre de los pobres’. 

Un siglo después de esta despedida masiva, este otro 9 de marzo transcurre con pasmosa calma en el Panteón de la Condesa de la Vega del Pozo. En la cripta, donde está enterrada la duquesa, el silencio es cautivador. No hay ningún grupo de turistas ni de escolares. No ha pasado por allí ninguna autoridad ni ningún otro periodista. No habrá un homenaje de la ciudad ni de las Hermanas Adoratrices. Aunque es miércoles y la visita es gratuita, a las puertas informan de que se trata de una jornada normal. Si acaso hay menos visitantes de lo habitual. Por el tiempo, se entiende.