Salinas: ¿un patrimonio con mucho jugo?

Imón y Saelices de la Sal son las dos únicas salinas Bien de Interés Cultural en Guadalajara, la única provincia española con idéntico patrimonio protegido. Mientras Imón, una de las grandes productoras de sal de su época, está abandonada actualmente; Saelices lucha tímidamente desde 2013 por una segunda vida y en su primera campaña logró producir 150.000 toneladas de sal, que aseguran las carreteras provinciales en invierno. • Dos expertos, Katia Hueso y Jesús F. Carrasco, disertaron sobre su riqueza y su futuro como recurso sostenible en la primera de las conferencias del ciclo sobre patrimonio industrial que ha organizado la Biblioteca Pública coincidiendo con el Año Europeo Industrial y Técnico.


Los amasijos de hierro, los edificios destrozados se pueden reconvertir en foco de desarrollo industrial. Ha ocurrido con el viejo Matadero municipal, que tras una restauración vive una segunda vida como Museo Sobrino. Ha pasado también en Madrid, con la antigua fábrica de cervezas El Aguila, hoy Biblioteca regional Joaquín Leguina. Son dos ejemplos, pero no son excepciones, de cómo recuperar el patrimonio para la comunidad.

El año 2015, Año Europeo Industrial y Técnico, es un aliciente para reflexionar sobre esas segundas oportunidades que puede tener este tipo de patrimonio. Guadalajara no es una isla en este aspecto. Desde las minas hasta los lagos o la sal. Y de todo ello se hablará en un ciclo de conferencias de objetivo divulgativo que arrancó este martes de la mano de los expertos en desarrollo rural y Áreas Protegidas, Jesús F. Carrasco y Katia Hueso, fundadores de Ipaisal, la Asociación de Amigos de las Salinas de Interior, que se dedica a la salinicultura patrimonial, al estudio y difusión de los aspectos patrimoniales de la sal.



Tras esta conferencia, varios expertos y profesores disertarán hasta mayo de 2016 sobre las minas de Hiendelaencina, el Salto de Bolarque (industria hidráulica), la línea férrea de MZA a la Central Nuclear de Zorita, la fábrica de cementos en Matillas, la Hispano, el Tyce y el Parque de la Aeroestación. Las conferencias culminarán con una mesa redonda bajo el título 'La recuperación y el uso sostenible del patrimonio industrial en Guadalajara'. Porque es, precisamente ahí, en la sostenibilidad y los retos que se encuentran en la gestión del patrimonio donde harán hincapié los siete expertos que hablarán en este ciclo.

El negocio del patrimonio salinero

La profesora Katia Hueso, profesora de Ciencias Ambientales, alerta de la mala situación de las salinas de Imón. En una fotografía, tomada desde un avión, se puede comprobar cómo incluso el terreno ya se está hundiendo y su edificio principal tiene el tejado hundido en parte. Hueso muestra en su conferencia algunas de las fotografías que pudieron tomar en una visita que resultó ser la última. Porque después de aquella, no se les permitió más volver, insistirá en varios momentos de su charla.

Imón, que es junto a la de Saelices de la Sal, Bien de Interés Turístico convirtiendo a Guadalajara en la única provincia de España con dos salinas BIC, es ejemplo de un "patrimonio mal aprovechado". Atrás quedaron los años prósperos en que era referencia en cuanto a producción -en la Edad Media, sobre todo-. El obispado de Sigüenza llegó a tener incluso su explotación, tras una concesión de Alfonso VI y Carlos III las amplió construyendo canales y más almacenes. "Fue una de las salinas más importantes junto a las de La Olmeda, Gormellón, Bujalcayao o Carabias", recuerda Carrasco. En el siglo XVIII su producción superaba las 3.500 toneladas, el 7% de la producción de toda España en aquella época. Imón era la mejor salina de la comarca de Sigüenza y Atienza, ubicada en una de las dos zonas salineras más importantes de la provincia de Guadalajara: el valle del Río Salado. Tenía a su favor una buena situación geográfica, algo de lo que, apunta Jesús F. Carrasco, carecía la otra zona salinera, el Alto Tajo, donde sin embargo, todavía hoy se conserva una salina que lucha por una segunda vida.

En Saelices de la Sal -compañera de otras ya desaparecidas, próximas a Molina de Aragón, como las salinas de Armallá o de Ocentejo- "hay un incipiente desarrollo", cuenta esperanzada Katia Hueso. En el verano de 2013, se recuperó su producción y se obtuvieron de forma artesanal más de 150 toneladas de sal en la primera campaña. De momento, sirve de momento para hacer más viables las carreteras de los pueblos en invierno, aunque no se descarta la comercialización en un futuro. Detrás de su explotación y gestión está su propietario, el Ayuntamiento de Saelices,  algo que, según advierte la profesora Hueso, influye mucho a la hora de hablar del futuro de una salina. "Si hay una institución detrás que se encarga de su gestión hay más posibilidades de que salga adelante", reconoce. Las administraciones pueden hacer mucho para conservar "el paisaje de la sal" y reconocer el paisaje cultural.

Pero ése es sólo uno de los retos que quedan por desarrollar. "Para salvar el patrimonio es necesario una adecuada identificación de agentes sociales, saber quién vive allí, quién conoce la zona, hace falta una planificación, llegar a acuerdos sólidos, coordinarse con las diferentes partes, buscar sinergias, reconocer la sal artesanal como elemento diferenciador". Y, añade Hueso, "tener un sentimiento de pertenencia. Nos falla el orgullo del terruño".

¿De dónde se puede sacar jugo al patrimonio salino?

En España, hay nueve salinas que son Bien de Interés Cultural y dos de ellas, se encuentran en Guadalajara. "¿Qué ocurre con esa potencia salinera de interior que podría ser la provincia?", se pregunta Katia Hueso. ¿Cómo una salina podría ser fuente de riqueza turística y de desarrollo local?¿Cómo poner en valor ese paisaje?

Las salinas artesanales Guérande son uno de los ejemplos a seguir, según esta experta. Situadas en Bretaña, hoy son productoras de la famosa sal gris. Actualmente trabajan allí 300 salineros, 200 de ellos en cooperativa, y han logrado colocar su sal como producto cotizado. Pero además, el espacio cuenta con un centro de interpretación y dos museos con visitas guiadas.

El otro ejemplo a imitar, a juicio de Hueso, son las salinas de la isla de Læsø, situadas en mitad del Kattegat, el canal que separa la península danesa de Jutlandia de Suecia. Sus habitantes viven de la extracción de la sal, que no sólo se echa en las comidas sino también en piscinas de agua de un famoso spa de la zona y en diferentes tratamientos de belleza. Son dos muestras de "buenas prácticas", defiende la profesora Hueso, que demuestran que las salinas son fuente de desarrollo socioeconómico y turístico.

Además de la "producción de sal y derivados", cita algunos otros beneficios como "los aerosoles de salmuera, los cosméticos, las sales de baño, ya que las bacterias de las salinas son aprovechables en otras industrias como la cosmética o la electrónica, es el I+D+i". De cara a la comunidad local, Hueso defiende "el aprovechamiento terapéutico de la sal y lúdico con baños de salmuera".

Las salinas también pueden ser espacios para organizar eventos culturales, "como conciertos, carreras o charlas" y en el plano turístico, ser objeto de "visitas guiadas o espacio de recreaciones históricas". Se podría fomentar incluso "el turismo de diversidad funcional o el voluntariado" y dejar que "los niños mamen y palpen la sal porque es la mejor manera de enseñarles el patrimonio".

Todo ello "es compatible con ser Bien de Interés Cultural. Guadalajara podría ser la capital de la sal", sentencia Hueso. "Lo que nos pide a gritos este patrimonio salinero es hacer un plan que integre todos estos elementos. En Imón no sabemos qué puede pasar todavía" pero en Saelices "ya se ve un proyecto bonito y cuidadoso". Un ejemplo de que es posible recuperar estos lugares especiales donde se funden la tierra y el mar.

 

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