El alcarreño que ‘reinó’ en La Alhambra

Se cumple el quinto centenario de la muerte del segundo Conde de Tendilla, figura crucial de la época. • Fue capitán general de Granada tras la Reconquista, diplomático y militar al que se le dedicará un congreso en noviembre. Fue quién decidió que el palacio granadino se mantuviese en pie a pesar de los enormes destrozos sufridos en la toma de la ciudad.


Cuando el 2 de enero de 1492 Boabdil firmó las capitulaciones en Granada ante los Reyes Católicos, las llaves que entregó el rey moro fueron a parar a un alcarreño. Era Íñigo López de Mendoza, uno de los militares más destacados de la conquista del reino musulmán. Cuentan las crónicas, seguramente fruto de una leyenda, que también recibió una sortija de oro en la que se podía leer en árabe: “no hay otro dios sino el verdadero y éste es el sello de Abén Alí Abdilehí”. Al darle esta joya, el sultán le habría dicho: “Con esta sortija he gobernado Granada desde que se ganó por los moros; tomadla para que la gobernéis con ella, Dios os haga más dichoso que a mí”.

Íñigo López de Mendoza, que sería recordado como El Gran Tendilla, gobernó en efecto la ciudad hasta el final de sus días, durante casi un cuarto de siglo, y no sólo retuvo el nuevo territorio conquistado, sino que también decidió mantener en pie una joya todavía más importante que la sortija: el palacio de La Alhambra, que hoy es el monumento más visitado de España con más de dos millones de viajeros al año.

El lunes se cumplieron cinco siglos de la muerte del que fue segundo conde de Tendilla y primer marqués de Mondéjar, que de hecho está enterrado en el convento de San Francisco de la propia Alhambra granadina, en la misma sepultura que inicialmente ocuparon los restos de la reina Isabel la Católica antes de ser trasladados a su emplazamiento definitivo.

El historiador alcarreño y cronista oficial de la provincia, Antonio Herrera Casado, lo ha retratado como "hombre ilustrado, político de altura y protector de las artes". La figura de Íñigo López de Mendoza, nieto del marqués de Santillana y sobrino del cardenal Pedro González de Mendoza, resulta de una enorme dimensión como “testigo y actor de excepción de algunos de los acontecimientos más trascendentales del reinado de los Reyes Católicos”, en palabras de la historiadora de la Universidad de Valladolid, Mª Cristina Hernández Castellón, que le ha dedicado su tesis, centrada en el arte, pero con otras informaciones novedosas y un perfil desmitificador del personaje.

El también llamado Gran Tendilla fue, entre otras cosas, embajador del rey Fernando en Roma, militar destacado en la Reconquista y durante casi un cuarto de siglo capitán general de la ciudad –primero- y del reino (más tarde) de Granada. Esta capital andaluza acogerá precisamente a principios de noviembre un congreso internacional dedicado a la figura del insigne guadalajareño.  

Un importante jefe de la reconquista

Su presencia en la Reconquista de Granada fue muy activa: “fue uno de los más importantes jefes militares de la guerra de Granada”, dejó escrito el historiador alcarreño García de Paz: “No era un estratega o general de las grandes batallas, sino un experto en el arte de las escaramuzas y emboscadas, ataques rápidos y repliegues”.

Sus méritos como militar, pero también sus habilidades como diplomático, le valieron la designación como máxima autoridad de Granada. Fue el primer cristiano en gobernar el último territorio musulmán en caer de la Península. Y fue allí donde mantuvo su firme compromiso de que La Alhambra, muy castigada por los combates, siguiese en pie, como consta en algunas cartas que está poniendo en valor Hernández Castellón, que ha estudiado a fondo a este notable guadalajareño y que ha recalcado la importancia de la labor pacificadora que mantuvo en Granada tras la toma de ciudad.

Por su activa participación en la contienda los soberanos hicieron merced al conde de Tendilla de las dos dignidades civiles de mayor jerarquía en los territorios recién anexionados, la capitanía general del Reino y la alcaidía de la Alhambra”, explica esta historiadora, que señala que en las misivas consta su empeño en que la Alhambra se mantuviese en pie a pesar de los enormes destrozos que varias partes del edificio habían sufrido en la toma de la ciudad.

No se trataba únicamente de un asunto de sensibilidad artística o voluntad política, sino que el mantenimiento de todo el complejo palaciego suponía unos enormes costes para la Corona. El propio marqués de Mondéjar calculó en sus últimos años de vida que evitar la ruina de la Alhambra había supuesto a las arcas del reino en torno a 200.000 maravidíes al año, una suma descomunal.

El pacificador que no volvió a Guadalajara

También en Granada, el Gran Tendilla logró amortiguar una primera insurgencia morisca en 1500-1502. Cuentan las crónicas que subió en persona al Albaicín e instaló allí a su familia como prueba de confianza con aquellas gentes, con cuyas costumbres se mantuvo siempre respetuoso y a quienes, al parecer, protegió a menudo de la Inquisición. Por hechos así fue llamado “padre de los moriscos”. No le tembló más tarde el pulso a la hora de contestar a la rebelión militar de las Alpujarras.

De cómo observó mucho de lo ocurrido en aquellos años en Granada se sabe gracias a que se conserva su abundante relación epistolar en un registro de más de 5.000 cartas: “Destacan entre ellas aquellas en las que comenta su vida cotidiana hasta los menores detalles”, contaba García de Paz, uno de los principales estudiosos de la familia de los Mendoza.

Más allá de su presencia fundamental en territorio andaluz, la figura del segundo conde de Tendilla también fue importante como introductor del Renacimiento en España, tras sus incursiones en Italia. Una de las pruebas en territorio guadalajareño es la fachada del monasterio de San Antonio en Mondéjar, pendiente de rehabilitación. También fue promotor de arquitecturas defensivas como los castillos de Mondéjar y Valfermoso de Tajuña. Otro de sus mayores legados como precursores del renacimiento en la Península, desafortunadamente en estado lamentable actualmente, es el monasterio de Santa Ana de Tendilla.

Señor de las villas de Loranca, Miralcampo, Anguix, Añazón, Fuentelviejo o Balconete, entre otros territorios, una vez le fue encomendado ejercer la máxima autoridad en Granada el alcarreño ya sólo regresó en alguna ocasión esporádica a su tierra natal, incluyendo la venta de parte de su patrimonio alcarreño. En alguno de sus testamentos llegó a incluir la opción de ser enterrado en el monasterio de San Antonio, pero finalmente escogió el convento de San Francisco en la Alhambra por su carga simbólica. Todavía hoy sus restos descansan allí, en un sepulcro cuya lápida no tiene ninguna leyenda que dé cuenta de ello. De la sortija del rey Boabdil, por cierto, nada se volvió a saber.