Pradillo redescubre el ‘corazón verde’ de Guadalajara

Publica en Aache el libro ‘El paseo de la Concordia’, donde repasa más de siglo y medio de historia del parque. • Estas más de 200 páginas reúnen anécdotas, recortes de prensa y material gráfico con los principales hitos del lugar. El historiador reivindica el carácter especial de esta zona verde y propone en el epílogo un plan de actuación integral que recupere el aspecto original del paseo.


La zona verde más emblemática de Guadalajara ya tiene su libro. Lo ha escrito el historiador alcarreño y jefe de patrimonio en el Ayuntamiento, Pedro J. Pradillo y Esteban, que hace un repaso de más de siglo y medio de historia del que llama “el corazón verde” de la ciudad. Son sus jardines históricos, su paseo de toda la vida –hoy olvidado como tal– y el escenario de los grandes acontecimientos durante décadas: desde la boda de Felipe II, antes incluso de que el paseo fuese construido como tal, hasta aclamaciones de reyes, celebraciones de ferias o el paso de la antorcha olímpica.

Pradillo ha elaborado este libro, con una cuidada edición en Aache, a partir de la documentación que rescató en 2004 para el catálogo de la exposición que acogió el Ateneo Municipal con motivo de los 150 años de la construcción de La Concordia y como continuidad a un proyecto que en su día pensó para publicar con la desaparecida cabecera El Decano. Desbordado de material, que incluso ha ido engordando a lo largo de esta década, y entusiasmado con la idea de conferir al lugar la identidad histórica que le corresponde, no sólo levanta un informe preciso de lo ocurrido allí en diferentes épocas de la historia reciente, sino que acaba elevando una propuesta de plan de actuación frente a otras tentaciones de reforma del parque que seguirían desvirtuando su carácter.

Porque La Concordia “no es un parque más”, nos insiste el autor, que recalca que es un jardín con mayor historia y uno de los escenarios claves de la ciudad. Por eso Pradillo pide en el epílogo una vuelta a estos orígenes y un plan de actuación que repiense la zona como un todo.

Sus diferentes elementos

Pradillo va situando sobre el actual parque los diferentes elementos que lo constituyen, conforme fueron apareciendo, y los que ya no están. Nos habla a lo largo de estas páginas, en sentido cronológico, del diseño original que llevó a cabo el general Rodríguez de Quijano y Arroquia. Nos explica cuándo aparecen las diferentes esculturas, desde las muy originales de Carlos V y La Mariblanca hasta otras posteriores como la del alcalde Fernando Palanca, la de Vives o la ya desaparecida de José Antonio. Y por supuesto habla de algunos elementos que nos parecen eternos, pero que no estaban originalmente, como el muro y la escalinata de La Carrera.

Y, entre los aspectos más llamativos del libro, están algunos acontecimientos especialmente llamativos como la celebración de las primeras sesiones de cine al aire libre en 1915, la instalación de un circuito de karts para niños en la primavera de 1966 o el paso de la antorcha olímpica en 1968 en su periplo desde Grecia hasta México.

La historia de la Concordia arranca incluso antes de que se diseñe este parque. Porque la Carrera de San Francisco acogía ya desde mucho antes desfiles y paradas militares de los caballeros medievales. La zona que ocupa ahora el parque quedaba extramuros de la ciudad, entre las puertas de Bejanque y del Mercado (en Santo Domingo) y allí se reunían a veces los guadalajareños de la época para compartir acontecimientos como el bosque mágico que se recrea para Isabel de Valois en su boda en el Infantado con Felipe II o la aclamación de Fernando VII.

Un ‘circuito’ de paseo

Pero es en 1854, en el contexto de un amplio plan general de urbanismo para la ciudad que impulsa José María Jáudenes, designado jefe político de la provincia de Guadalajara, cuando se lanza la idea del Paseo en ese mismo punto de confluencia para los alcarreños, la llamada Plaza de las Eras. Fue este mismo hombre, por cierto, quien propuso el nombre de Concordia, con ciertas connotaciones políticas, pues venía a legitimar la pretendida paz de los conservadores frente a la sacudida de los progresistas de seis años antes.

No tardó en haber otro brote revolucionario, la ‘Vicalvarada’, y la revolución popular que dio paso  al bienio progresista, pero el nombre se mantuvo ya hasta los años treinta: “los guadalajareños mantuvieron por siempre ese título inicial, quizá, por considerar la conformidad entre contrarios como uno de los principales valores de la civilización y de la convivencia, aquella que se practicaba todos los días bajo el arbolado y entre los setos de aquel animado paseo”.

Un paseo que, por cierto, se sitúa no donde hoy habitualmente circulan los guadalajareños (hacia o desde San Roque) sino junto al templete, aunque la zona ha quedado desvirtuada por una serie de reformas en la segunda mitad del siglo XX de las que también habla en su momento el autor. El libro documenta, en cualquier caso, el concepto inicial del diseño, como una zona verde abierta, para ser traspasada desde cualquier punto (sin entradas principales) y con un paseo en elípsis para dar vueltas en círculo y saludar a quienes uno se iba encontrando, a modo de ‘circuito’. El arbolado existente permitía estar allí durante todo el año, pues no había tantas zonas umbrías que ahora lo hacen demasiado fresco en invierno.

La inauguración fue el 13 de junio de 1854, relata Pradillo: “fue un día clave en la historia de la capital, pues desde ese momento quedó al servicio de los habitantes de Guadalajara un espléndido parque para uso y disfrute de todos y en todas las estaciones del año”, convertido además en “el escenario más idóneo para la celebración de eventos y conmemoraciones de cualquier tipo, y para albergar diferentes festejos populares”.

Desde esta fecha hasta la irrupción de la República, que se festejó en esa misma zona, transcurrió más de medio siglo en que “la Concordia se convirtió en el centro neurálgico de la capital, en el lugar de encuentro y recreo más apetecible, allí donde ocurre todo, de noche y de día, y donde se celebrarán los principales eventos institucionales”. Entre ellos, por ejemplo, de la coronación canónica de la Virgen de la Antigua o las ferias, ya desde 1976 con cucañas, bandas de música, venta ambulante y quema de pólvora. Y fue escenario, además, del primer cine al aire libre, con asistencia masiva de público para ver las proyecciones.

En todo ese tiempo también se van añadiendo algunos elementos como el muro y la escalinata de La Carrera (1914), el quiosco de música (1915), la eliminación de las dos fuentes de los extremos dispuestas en 1860 (1916), la instalación de las estatuas de Carlos V y Adriano (1917), la proyección de una biblioteca (un pequeño edificio con dos estantes para libros, en 1926) o los quioscos de refrescos que flanqueban al de música (1927).

La República y la guerra

La llegada de la República siguió manteniendo el parque como zona habitual de encuentro y de celebraciones de acontecimientos importantes como el primer aniversario del 14 de abril, en 1932. También fue la época en que el Paseo cambió su nombre por el de la Unión Soviética.

Uno de los aspectos más llamativos que revela el libro es la construcción de tres refugios contra los ataques aéreos en el interior de La Concordia, de los que Pradillo ofrece planos y detalles. Uno de ellos, el 41-42, todavía sigue vigente hoy, con capacidad para 173 personas y más de cien metros cuadrados. La fotografía de Díaz Casariego con algunos guadalajareños accediendo a uno de ellos en 1937 y el plano de 1942 con la ubicación de cada uno de ellos son algunos de los documentos gráficos más interesantes del libro.

La dictadura

Durante la Dictadura, el Paseo de la Concordia dejó de ser paseo y cambió de nombre para ser el Parque Calvo Sotelo. Los cambios de su fisonomía más relevantes fueron a lo largo de varias décadas la instalación del edificio del transformador eléctrico (que muchos ahora llaman el palomar), la apertura de un paseo diagonal entre San Roque y Santo Domingo, la colocación de los pilastres del acceso principal, el ajardinamiento de la zona sur, el derribo de los viejos urinarios y la biblioteca Cervantes y la colocación de un busto del alcalde Fernando Palanca, otro del general Vives y ya en los setenta del monumento a José Antonio, en un política de instalación de estatuas que parecía buscar que la Concordia albergase algo así como “un panteón de ilustres” al gusto de la dictadura.

La Concordia fue también recinto ferial durante todo el franquismo, como prueba gráficamente una de las instantáneas del libro donde se puede ver una gran asistencia en el paseo, aunque no tanta como en otra imagen sobre la clausura de las Jornadas Marianas del 23 de mayo de 1954, con una Concordia absolutamente atestada de gente.

La democracia

Ya en democracia, ha habido una gran cantidad de usos del parque, como enumera Pradillo: “convocatorias públicas, manifestaciones políticas y comidas de hermandad, eventos comerciales dedicados a la artesanía y la literatura, pruebas deportivas para todas las edades y concursos infantiles, verbenas populares y conciertos musicales, espectáculos teatrales y pasacalles, convocatorias solidarias y procesiones religiosas, y todo tipo de actos asociados a celebraciones y festivales de diversa consideración”.

Pese a todo, a partir de los años ochenta la Concordia perdió su lugar preeminente como escenario social, “había dejado de ser, después de tantos años de exclusividad, la zona de recreo más solicitada y pasaba a ser un parque más, en competencia con los de la Amistad, de la Constitución, del Conquín y del Río” y para varias generaciones de arriacenses, el parque con más solera “dejó de ser el espacio de referencia, aquel en el que se sucedían las principales vivencias en su tiempo de ocio”.

Las reformas llevadas a cabo durante las cuatro últimas décadas tienen buena parte de culpa de que esto haya sido así. Ocurrió por ejemplo con la instalación de una jardinera en mitad del paseo original, con la ubicación de la fuente luminosa y la apertura del paseo diagonal –el que hoy más se usa– dando paso de San Roque a Santo Domingo. Se eliminó también la biblioteca para préstamo de libros para leer en el parque. Por eso el historiador acaba su libro, antes de dar paso a un curioso anexo de recortes de prensa, con su reivindicación de la redacción de un plan de actuación “que tuviera como principal objetivo la recuperación de la esencia y el diseño con que fue creado”, poniendo de nuevo “el acento en su condición de salón de recreo, itinerario de ‘paseo’ y zona verde de esparcimiento con carácter pluriestacional”.

Se trataría, plantea Pradillo, de hacer una reforma más, pero esta vez no para desvirtuar el concepto original sino para volver a los orígenes. Como en esos paseos de la Concordia de antes en los que los guadalajareños volvían, al cabo de su tránsito, al mismo punto de partida.


El próximo número en papel de Cultura EnGuada, el especial de Verano que sale a la calle a finales de esta semana, incluye una entrevista con el historiador.

 

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