San Valentín se vuelve botarga en Almiruete

La recuperación del carnaval en este pueblo de la ruta de la Arquitectura Negra cumple tres décadas este sábado. La fiesta, con más de 1.000 años de antigüedad, dejó de celebrarse en 1964 pero un grupo de vecinos del pueblo, "con el recuerdo muy vivo" decidió recuperarla y el Ayuntamiento, en 2006, abrió un Museo que homenajea esta tradición.


Este sábado, se cumplen 30 años de la recuperación del carnaval de Almiruete, la fiesta más importante de esta pedanía de Tamajón y de interés turístico provincial desde 1985. Con más de 1.000 años de antigüedad a su espalda, el carnaval de Almiruete fue perdiendo fuelle entre 1955 y 1964 hasta dejar de salir a las calles, verdadero escenario de esta tradición que se mantuvo en silencio durante 21 años en el pueblo. Pero los habitantes de este pequeño pueblo de la ruta de la Arquitectura Negra guadalajareña nunca dejaron de respetar ni de admirar la fiesta.

Fue en 1985, cuando un grupo de chavales y mozos que vivieron como testigos principales las últimas ediciones de la fiesta, los que decidieron que mujeres y hombres tenían que volver a salir a la calle transformados en botargas y mascaritas. “Teníamos el recuerdo muy vivo, asi que no tuvimos que preguntar nada a nadie”, señala Miguel Mata, uno de los botargas que ha participado en la recuperación del carnaval.

De su discurso, se deduce que todos sentían la necesidad de devolver a Almiruete una celebración que nunca se debió perder. Por eso, treinta años después se nota cierto alivio en sus palabras. Aquel febrero de 1985 fue un día feliz para quienes escenificaron la tradición, para los mayores del pueblo que la presenciaron y cuyos ancestros la mantuvieron viva durante casi diez siglos. “Nos sentimos satisfechos y emocionados. Disfrutamos de la fiesta y además, involucramos a nuestros hijos. Ahora son ellos quienes la siguen, detrás de aquellos primeros pasos. Creo que lo hemos conseguido”, añade Mata. 

Otro paso importante para conservar y proteger los elementos que conforman el Carnaval, fue la creación en 2006 del Museo de Botargas y Mascaritas de Almiruete, que renovó completamente la exposición en 2010. Abre un día al mes. 

Un ritual basado en tradición y curiosos detalles

Ellos –botargas-, ellas –mascaritas- son el centro del carnaval. Mozos y mozas que preparan su vestimenta, retocada o actualizada de alguna manera cada año sin salirse del guión que marca la tradición. Un mes antes del carnaval, comienzan los ensayos por las calles de Almiruete. Cada noche, “sin los trajes, pero con los cencerros, las albarcas y el garrote”, puntualiza Mata.  

En las horas previas a la celebración, los botargas eligen el sitio en el que se van a disfrazar prestándose ayuda mutua. Si el tiempo lo permite, lo hacen en medio del monte, en las laderas empinadas de la sierra local y cada año en un lugar diferente y secreto. Sólo los participantes saben las coordenadas. Si llueve o nieva, quedan en alguna taina vieja a las afueras del caserío.  

A las cuatro de la tarde, cuando los botargas, -18 ó 20, según los años-, están listos, el poderoso sonido de un cuerno de toro hiela la sangre de los vecinos. Se acerca el momento. La lejanía y la gravedad del eco impiden determinar con precisión por dónde aparecerán, hasta que finalmente lo hacen. Cuando llegan, exhiben orgullosos su indumentaria en un recorrido invariable al que dan tres vueltas completas.

En la segunda, recogen a las mascaritas, a las mozas que ya están caracterizadas con un atuendo que nada tiene que ver con el suyo. Ellas no parten del campo abierto, sino que se citan en un lugar, igualmente íntimo, pero en el entorno doméstico del pueblo. Botargas y mascaritas se eligen y emparejan, con la dificultad que entraña reconocerse, porque tanto unos como otras llevan la cara y el resto del cuerpo cubiertos, incluidas las manos.

El tercer y último giro, que termina en la plaza, lo hacen desfilando en dúos.  Cuando por fin termina la ruta por el pueblo, los botargas recogen las espadañas, que han escondido previamente, mientras que las mascaritas hacen acopio del confeti de colores que han recortado y que guardan a buen recaudo. Soplando juntos esparcen a turistas y lugareños, las pelusas de las espadañas y los papelillos de colores, que terminan pegándose en la ropa de los que miran. Mientras cae esta lluvia de la fertilidad, los botargas, cometiendo una pequeña maldad, ensucian la cara a las mujeres que no se han vestido “con tizne de la sartén o con algo de grasa que manche, pero sin abusar”, puntualiza Mata.

Sólo entonces los disfrazados descubren sus caras en la plaza, dándole así comienzo a la segunda parte del ritual: las carreras tras el botillo de vino. Antiguamente, los botargas subían a la casa consistorial donde adrede se encontraban reunidos los casados y las autoridades municipales. Tras un brindis del alcalde, se intercambiaban algunos tragos de vino y, seguidamente, se lanzaba el botillo por una ventana a la plaza. El que lo cogía al vuelo, corría hacia el campo rápidamente con él, apurando a la carrera algún sorbo hasta que el resto de botargas recuperaban la bota.  

En medio de las carreras tras el botillo, suelen  aparecer también otros tres personajes: el oso, el domador y la vaquilla. El primero “ataca” a la gente,  mientras el domador “lo retiene en lo posible”. La vaquilla hace esto mismo, pero sin control humano y “siempre en sentido figurado”, puntualiza Mata, llevando sobre los hombros y la espalda una estructura de madera que corona una cornamenta real, de toro, sujeta a las tablas, y completamente cubierta por una manta negra, pelada, que envuelve hasta los pies a quien va debajo.

Cuando se le da caza al ‘ladrón’ se trae de vuelta a la plaza, el núcleo de la celebración. Y vuelta a empezar. Las mascaritas no corren tras la bota, por eso cuando el reloj marca las cinco de la tarde, un grupo de dulzaineros, normalmente provenientes de Sigüenza o Guadalajara, empiezan a tocar mientras el público se arranca con los bailes.

Carnaval de Almiruete (2013)

Cae la tarde y se enciende la lumbre para asar la carne que compartirá el pueblo. Una semana antes, se han embutido unos cuantos kilos de chorizo que se unen a la panceta para ser asados en las ascuas. El baile sólo se interrumpe por este motivo. Cuando llega la noche, un par de grupos de botargas y mascaritas recorren en ronda las casas de Almiruete para pedir el somarro: lomo de cerdo, chorizo, tocino, huevos o, en general, “cualquier cosa que se pueda comer o beber para seguir la fiesta en la cena”, dice Mata.

Antiguamente, los vecinos entregaban productos de la matanza recién hecha, también viandas o dinero “que luego se empleaba única y exclusivamente para mantener viva la tradición y reponer los materiales necesarios”. Con la “recaudación” botargas y mascaritas cenan juntos en un lugar igualmente anónimo. Ya rozando las nueve de la noche, de nuevo suena la música, pero esta vez para los que tienen el valor de desafiar al frío en la plaza.

Los difraces

» El disfraz de mascarita: De pies a cabeza, el disfraz comienza por unas alpargatas con suela de esparto, hechas de lona blanca, y atadas con cordones de este mismo color, común a todas las prendas de la vestimenta. Las medias, a juego, son de algodón o lana. Las mozas llevan unos pololos que confeccionan ellas mismas, decorados con puntillas y otros adornos. La enagua que les cubre hasta los pies es igualmente artesanal, con puntilla y volantes. El delantal tiene un gran bolsillo delante, y adornos de claveles, rosas u hojas de hiedra, como la enagua, porque soportan bien las temperaturas, y los malos tratos derivados del roce y ajetreo del día. La blusa tiene volantes y puntilla. 

Las mascaritas van cubiertas con un mantón sobre los hombros, sujeto al pecho con alfileres. El antifaz es un trapo al que se le abren orificios para ojos, nariz y boca, que cada una  decora a capricho, con pájaros, flores o plantas, en este caso pintando de colores la tela inmaculada. El sombrero es de paja, de tipo segador o pamela. Se forra con una tela blanca, a juego con el resto del equipamiento, también con puntilla en todo el perímetro del vuelo, una flor en lo alto del sombrero y un lazo que rodea el copete. Las manos de las mascaritas se recubren con guantes para que ni aun así puedan ser reconocidas.

» El disfraz de botarga: Sin duda, es más rudimentario. De pies a cabeza, calzan abarcas y calcetines de lana de oveja hechos a mano en Almiruete. Unas polainas de cuero les cubren las piernas. Más arriba, calzón blanco. Ambas prendas se visten encima de un pantalón que protege del frío. La camisa es blanca, sin adornos. A la altura de los hombros va decorada con unos flecos rojos de unos veinte centímetros de largo. Una rosa roja engalana cada hombro. El faldón de la camisa se adorna con estos mismos flecos rojos. La careta la diseña cada botarga a su gusto. Suele ser de cartón. En general, procuran no utilizar plásticos, ni materiales que no estuvieran disponibles en el medio rural de antaño en la confección del disfraz. También puede estar hecha de madera, aprovechando troncos con formas llamativas que luego se pintan de color o se añaden elementos extraños, que causen miedo en la gente.

El gorro es una tiara con un solo pico adelante, que se adorna con flores y papelillos de colores. Después se sustituye por un sombrero de paño negro adornado con una rosa blanca. A la cintura va una sarta de cencerros, cuatro o cinco, de en torno a 20-22 centímetros de largo. No han de rozarse entre ellos.

Van sujetos a una cuerda, anudados para que no se desplacen o golpeen cuando los botargas están en marcha. La cuerda se prolonga desde la cintura por un hombro hasta volver a enlazar en la espalda con ella. Igualmente sucede en el otro hombro, de manera que los cencerros quedan fijados a la cintura y a la espalda. Sobre la camisa llevan una faja antigua de lana negra. Puesta sobre el cuello, la mitad de la prenda debe colgar por cada lado. Entonces se trenza dos veces sobre el pecho, y lo mismo se hace sobre la espalda, para que quede en forma de aspa por delante y por detrás. El garrote lo fabrican con tallo de olmo, roble o fresno.

Múltiples significados del carnaval

Un aviso para recordar la necesidad de despertar del letargo invernal, porque llega la primera. Es una de las  interpretaciones que le dan los almirueteños a su fiesta de carnaval, señal de que la naturaleza se reinventa y comienzan a prosperar los sembrados, de los que dependen las futuras cosechas. Es necesario  retomar las tareas, sobre todo agrícolas. También, hay voces que defienden que la fealdad de las máscaras y el ruido de los cencerros ahuyentan en realidad los malos espíritus, que podían afectar negativamente al desarrollo de la vida cotidiana de personas y animales. Hay quien ve en este Carnaval también un homenaje al oficio y vida de los pastores.

Para los que han vivido en el pueblo una vida pobre, el carnaval está cargado de sentimiento porque representa la forma de vida de quienes les precedieron, que sus herederos tienen la obligación de preservar con cariño, respeto y admiración hacia ellos: “Muchas personas que no han conocido la vida en el medio rural se han involucrado de tal manera que sin ellos y ellas sería difícil mantener viva esta milenaria tradición. En todo caso, creo que debemos evitar la incorporación de elementos modernos que deterioren o modifiquen tanto la indumentaria como el fondo de la celebración”, finaliza Miguel Mata.

01: Botargas en 1950. / 02: Mascaritas en 1990. / 03: Botargas adultos y niños en el año de la recuperación del Carnaval, 1985.

Fotos: Museo de Botargas y Mascaritas de Almiruete.


Consulte el programa del Carnaval 2015

 

 

 

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