La vida de Santa Teresa, en cinco huellas

Desde la apertura del Año Jubilar Teresiano, la Colegiata de Pastrana acoge en su interior una ilustrativa exposición sobre la vida y obra de Santa Teresa de Jesús, que también se detiene en el paso de la abulense universal por la villa ducal. • Afectada por paroxismo y anorexia, entre otras enfermedades, fue sin embargo, una religiosa de grandes arrebatos espirituales.


Dentro de la ruta ‘Huellas de Teresa’, que une a las diecisiete ciudades teresianas españolas, se encuentra la ruta de peregrinación religiosa, turística, cultural y gastronómica ‘La mirada de Teresa de Jesús en Pastrana’. Esta última acoge en la Iglesia-Colegiata ‘La mirada de fe’, una exposición didáctica sobre la Santa. 

La muestra está, a su vez, dividida en huellas que señalan al visitante los pasos vitales de este personaje, cautivador y profundo, que a nadie deja indiferente por su espiritualidad, relevante biografía y calidad literaria. 

“La exposición muestra el camino espiritual que siguió Santa Teresa”, explica Nieves Alvarez, que es guía de la Colegiata y del Museo de Tapices, junto a Eduardo Pastor, hilando  un discurso que va captando la atención del visitante, en un entorno que se presta a dejar que la espiritualidad de la abulense impregne su ánimo.

La muestra también permite recordar los datos biográficos más destacados de Santa Teresa de Jesús, que nació en Avila, el 28 de marzo de 1515  y a los trece años queda huérfana de madre. De esta Santa Teresa niña, Álvarez destaca que la lectura tuvo una enorme importancia en su formación: “los libros que leyó en su adolescencia, porque aprendió a leer a muy temprana edad, alimentaron su espíritu. Tenía una mente privilegiada, y tuvo la gran suerte de que su padre hacía declamaciones de textos en público, lo que despertó su curiosidad y ansia por saber”. 

Uno de ellos fue ‘El libro de la vida de los santos’: “Después de su lectura, quiso experimentar la sensación de ser mártir y convenció a su hermano Rodrigo, un año mayor que ella, para viajar a tierras de infieles porque quería sufrir martirio”, refiere la guía.  

A los 16 años, Santa Teresa ingresó en el Monasterio de las Agustinas, pero al año siguiente tuvo que salir de él, porque su estado de salud era crítico. “Estaba muy débil. Posiblemente hoy la hubieran diagnosticado de anorexia, por el abandono de sí misma a que se sometía. Tenía una gran energía espiritual, pero nunca gozó de buena salud”, explica Nieves. Después de reponerse en casa de su tío, que poseía una gran biblioteca, ingresó en el Convento de la Encarnación, a las afueras de Ávila.  De nuevo su fragilidad le jugó una mala pasada. Tuvo que abandonarlo por un nuevo problema físico, una especie de paroxismo, que la tuvo postergada durante dos años. En el año 1539 se recuperó y regresó al Convento de la Encarnación.  

Cuando cuenta con cuarenta años, Teresa de Cepeda “sintió una llamada que agudizó su espiritualidad”, cuenta Nieves. Ocurrió en 1555, cuando, en el mismo Convento de la Encarnación, se quedó prendada de un cuadro que representaba a un Cristo Llagado, “cayendo postergada al suelo, impresionada por la visión”. 

En esa misma época de su vida lee las ‘Confesiones’de San Agustín, libro que marca su entrada en la mística. Entonces comienza a escribir y a tener arrebatos profundamente espirituales que refleja en sus escritos: “Santa Teresa dijo una frase que a mí me gusta mucho, y que alude a su capacidad de dejarse impregnar por lo que lee y por la observación de la realidad: mucho he escrito, pero más he oído”, cita Álvarez. 

El receso breve sobre la biografía de la Santa cita su nombramiento como doctora universal de la Iglesia por parte del papa Pablo VI en el año 1970, cuando el visitante se halla ante un cuadro propiedad de la Colegiata en la que aparece representada con un libro, y la fecha y lugar de su muerte, en Alba de Tormes (1582). 

Dos conventos en Pastrana

En la tercera huella, la muestra hace alusión a sus diecisiete fundaciones. Santa Teresa llegó a Pastrana en 1569. Fue la Princesa de Éboli quien envió su carroza a Toledo para traerla hasta Pastrana. Santa Teresa tuvo sus dudas sobre si aceptar o no el ofrecimiento, pero después de una confesión, entendió que iba a hacer algo más que fundar un convento en Pastrana. Y así fue, puesto que fundó dos: uno para mujeres, el de San José, y un segundo para hombres, el del San Pedro, que hoy se llama del Carmen. 

La abulense coincidió en Pastrana con San Juan de la Cruz. Como ella, pensaba que la orden del Carmelo debía volver a sus orígenes de austeridad, pobreza y entrega. Consideraba a su paisana la reformadora de la Orden. En 1570, San Juan de la Cruz fue maestro de novicios en el convento de los Carmelitas Descalzos de San Pedro, actual convento del Carmen, y confesor de Santa Teresa: “estuvieron unidos por una gran relación de amistad, que se tradujo en una amplia literatura epistolar entre ambos”, explica Álvarez. 

En Pastrana, en la misma Colegiata, hay una reliquia de Santa Teresa, certificada por la Iglesia por un documento que se llama precisamente “auténtica”, una carta manuscrita, una rejilla-confesionario portátil, que usaba la Santa en sus viajes, varios bastones y un cuadro de Jerónimo Gracián, su confesor, además de una imagen San Juan de la Cruz, entre otros muchos objetos. 

Literatura teresiana

La cuarta huella está dedicada precisamente a indexar someramente la literatura teresiana: “En sus libros dejó constancia de sus experiencias espirituales por deseo personal, pero también porque aceptaba como una obligación, a veces impuesta por sus superiores, la necesidad de dejar una guía para los lectores futuros”, dice Álvarez.

Sus obras mayores son el ‘Libro de la vida’, autobiográfico, ‘Las fundaciones’, ‘Camino de perfección’, y el más místico de todos ellos, el ‘Castillo interior’. “También escribió otras obras menores, así como muchas epístolas”, explica la guía. 

En la quinta huella la exposición repasa algunos de sus mejores versos, como el poema dedicado a la eficacia de la paciencia: “Nada te turbe, Nada te espante  (…)”, unos versos “insuperables, que son el reflejo de su escritura, sencilla y accesible”. Un cuadro anónimo, también propiedad de la Colegiata, representa la transverberación de Santa Teresa: “ella misma describe cómo un ángel se le aparece, y le clava una saeta de oro en el corazón. Experimentó entonces un dolor intenso, incomparable con cualquier otro, que es el momento de su fusión mística. Bernini esculpió esta misma escena del ‘Extasis de Santa Teresa’ en un conjunto barroco que puede admirarse en la Iglesia de Santa María de la Victoria, en Roma”. 

La visita acaba leyendo en voz alta el poema ‘Vivo sin vivir en mí’, que destaca la personalidad ejemplar en pos de un ideal “amor total a Dios en un siglo de tensiones y reformas religiosas en las que supo mantener firmes sus creencias”, termina Álvarez.

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