Alvar Fáñez reabre las puertas de la ciudad

El caballero medieval resucita en una jornada de recreación histórica que recordó, en el IX centenario de su muerte, la toma de la ciudad que gobernaban los musulmanes. • La empresa valenciana La Fragua de Vulcano escenificó una encarnizada batalla entre moros y cristianos junto al torreón que lleva el nombre del caballero.


También Alvar Fáñez, como el Cid, ganó una batalla después de muerto. El caballero, dice el cantar que primo de Rodrigo Díaz de Vivar, tuvo que esperar nueve siglos, pero volvió a comandar sus tropas cristianas para abrir –por las bravas, todo sea dicho- las puertas de la ciudad musulmana. Lo hizo en una recreación histórica de la toma de Guadalajara en el siglo XI, con el ambiente habitual de las muchas  jornadas medievales de España y la provincia y con el ‘enganche’ del 900 aniversario de la muerte del caballero.

Esta representación de una batalla medieval fue el momento álgido de una programación que durante todo el fin de semana ha tenido instalado un mercadillo medieval en las inmediaciones del Infantado, con puestos de artesanía y algunas actividades de calle donde no han faltado danzas, pasacalles, leyendas y las inexcusables exhibiciones de cetrería.

Pero durante toda la jornada del sábado fue la situación de un campamento militar musulmán en los Jardines del Infantado y de otro cristiano a los pies del actual Torreón de Alvar Fáñez lo que hizo presentir la carnicería que se escenificaría al caer la tarde. Hasta entonces, moros y cristianos se dejaban fotografiar ejercitando maniobras rudimentarias, mientras otros personajes –impecable el mendigo leproso– ambientaban la vida de nobles y aldeanos en una ciudad medieval para desembocar, pasadas las ocho de la tarde, en la batalla, recreada de una forma muy visual para recordar de paso el mito refundacional de la ciudad.

La batalla

Pasadas las ocho, cuando el público al fin se había arremolinado entre los setos de los jardines próximos al torreón y en el aparcamiento junto al Infantado, por megáfono se escuchó a Alvar Fáñez arengar a sus soldados y una grabación que ponía en situación al público. De regreso al siglo XI, en un contexto de retroceso de la frontera musulmana en la Península, el caballero cristiano reclamaba al gobernador musulmán las llaves de la ciudad en cumplimiento del pacto por el que luego colaboraría con los moros en la toma de Valencia. Como estos no respondían a su acuerdo, la Reconquista de Guadalajara se debía hacer por las bravas.

En la representación de la batalla, con una escenografía atrayente y un sonido mejorable, no había más lenguaje que el de las armas. La recreación se concretó en la escenificación de una batalla encarnizada que dejó un reguero de arengas militares (“¡No tengáis piedad con el enemigo!”) y un campo de batalla sembrado de cadáveres.

La acometida inicial de las huestes de Alvar Fáñez fue repelida inicialmente por los defensores de la ciudad, que hicieron retroceder a los cristianos, pero al final estos se recompusieron y finalmente lograron sitiar la ciudad –fue llamativa la presencia de maquinaria de asedio y la lluvia de flechas de los arqueros musulmanes que disparaban desde lo alto del Infantado–. Una vez cambiaba el signo de los acontecimientos, con todo a favor para los reconquistadores, finalmente los cristianos lograban penetrar en las murallas de la ciudad para librar algunas de las batallas visualmente más atractivas sobre los muros del Palacio del Infantado.

La ciudad cambiaba de mando. Tal vez en el fragor de la batalla pasaba desapercibido un detalle: quienes se rendían eran los musulmanes, infieles, por supuesto, pero sobre todo los artífices de que Guadalajara fuese lo que tanto hemos añorado siempre: una de las más importantes ciudades del momento por sus manufacturas y sus letras. Pero la historia la escriben los vencedores y quienes alzaban sus espadas al cielo eran los cristianos. Ganaban, por tanto, los buenos.


Fotos: R.M.