Los Casares, una galería de arte rupestre

Más de 180 visitantes han acudido a la Cueva de los Casares tras su reapertura por el Museo de Molina después de dos años de cierre. • Sus 169 grabados rupestres resultan singularidades por la situación de la cueva y por algunas de sus representaciones, especialmente veinte antropomorfas.  Se cumplen ochenta años de la identificación de los grabados rupestres por parte del profesor Cabré y de su declaración como Monumento Nacional. 


A la cueva de los Casares se llega después de hacer un pequeño sacrificio: salvar el exigente desnivel de un cerro en cuya ladera se asentaba una antigua villa medieval de la que apenas quedan unas cicatrices en el suelo y, ya en lo alto, sobre la caverna, la atalaya restaurada que parece señalar como un monolito la existencia del kilómetro cero de la civilización en la provincia de Guadalajara.

Allí, sobrevolando el Valle de los Milagros, en el epicentro del lamentable incendio de 2005 y en las márgenes del río Linares, más conocido como río Salado, se encuentra el museo más antiguo que tenemos, aunque tal vez fuese más apropiado decir que es el santuario guadalajareño más viejo del que hay noticia. Los casi 200 grabados rupestres que alberga esta cueva de La Riba de Saelices constituyen una de las más antiguas expresiones artísticas de la provincia que pueden hoy visitarse –de ahí lo de museo–, aunque dicen los que saben que seguramente fue un lugar sagrado para nuestros antepasados, el lugar donde se reunían para celebrar ritos, porque incluso las viviendas estarían al aire libre, en una suerte de chozas.

En la oscuridad de la cueva, en el silencio hermético bajo toneladas de piedra que caen en una lluvia de estalactitas, se respira el ambiente enigmático que remarcan las extrañas figuras representadas sobre las paredes desde hace al menos 10.000 años, aunque se han encontrado evidencias de ocupación de homínidos de hace 30.000.

Un arte inexplicable

Los grabados de la cueva no saltan a los ojos del visitante, que tiene que acostumbrar primero la vista y concentrarse después para dar forma a la historia donde apenas advierte arrugas en la piel de la caverna. Dice el guía, José Antonio, que ese conjunto aparentemente caótico de líneas son “como nubes”, porque de pronto se puede seguir un rastro y dar forma a una figura. Lo singular de ellas radica en la existencia, además de los más típicos ciervos o caballos, de tantas representaciones de antropomorfos, incluso dos de ellos con máscaras (posiblemente son chamanes), veinte figuras semi-humanas, poco habituales por su número y que remarcan el componente misterioso del lugar por su aspecto casi marciano.

Hay entre las 169 figuras identificadas –sólo tres pinturas rupestres, el resto son todo grabados– un hombre que parece montar a caballo en un periodo en el que, algo no cuadra, sería pronto para dar por culminada la doma de equinos. Hay también mujeres embarazadas, incluyendo la llamada ‘Venus de los Casares’ y otra posible escena de parto. Pero entre las más poderosas imágenes se encuentra la de una suerte de antropomorfo lanzándose al agua, en una inédita inmortalización del primer piscinazo humano que ha dado lugar a numerosas especulaciones. Llama la atención también la profusión de peces, la existencia de un animal muy poco representado, el glotón, o de una escena de sexo, “ese instante de cópula que ni el más atrevido Picasso hubiera sido capaz de mejorar”, en palabras del historiador Antonio Herrera Casado.

En un librito editado por Aache por la Agrupación de Amigos de la Cueva de los Casares y del Arte Paleolítico, se especula con las diferentes teorías sobre la utilidad del arte rupestre para los grupos de cromañones que lo crearon. Desde la opción del “arte por el arte” hasta la búsqueda de caza, pasando por las elucubraciones más simbólicas (que se representasen animales sagrados con los que se identificaba la tribu) hasta otros más prosaicos, lo cierto es que no hay un consenso sobre los orígenes de estas representaciones, de las que Guadalajara tiene más pruebas en el valle del Jarama, en la cueva del Chorrillo de Tamajón o muy cerca de Los Casares, en la Cueva de La Hoz.

La singularidad de Los Casares

Pero la singularidad de la cueva de Riba de Saelices no se agota aquí. Lo ha dicho una eminencia en arte rupestre, el catedrático Ignacio Barandiarán, que la visitó por vez primera en 1963 y quedó asombrado: “Sus figuras resultaban excepcionales (y lo siguen siendo) en el panorama del arte rupestre de la Península y en el de todo lo conocido al otro lado del Pirineo”.

El profesor de la Universidad del País Vasco dirigió las excavaciones entre julio de 1966 y septiembre de 1968. De esa prospección en un pequeño área de la cueva surgieron numerosas piezas que ahora exhibe el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

Después de los trabajos iniciales de los profesores Cabré y Beltrán, fue Barandiarán quien puso en el mapa de la prehistoria a la Riba, por una cuadruple excepcionalidad: se encuentra en una zona de ‘aislamiento’, en pleno centro; por el gran número de antropomorfos que hay en sus grabados; por la altitud de la cueva, por encima de los 1.050 metros, “sin duda la máxima de los santuarios rupestres conocidos”; y por su posicionamiento entre las dos zonas francocantábrica y mediterránea con las que tradicionalmente “se suele explicar el imaginario rupestre europeo”, ha escrito en el prólogo del libro editado en 2010 por Javier Angulo y Emilio Moreno.

Más de 180 visitas desde Semana Santa

Hasta hace apenas dos años, el encargado de guiar el paseo por esta galería de arte rupestre de más de 260 metros de profundidad era precisamente Emilio Moreno, quien acostumbraba incluso a aportar algunas dosis extraordinarias de imaginación para que el visitante acabase ‘viendo’ a las hembras de los cromañones dando a luz: bautizó incluso una de las localizaciones como “el paritorio”.

Con la jubilación de Moreno, la cueva quedó cerrada en el verano de 2012 y la Consejería de Cultura incluyó este recurso turístico dentro de su plan de privatizaciones. No ha sido hasta este año que el concurso ha quedado resuelto. Ahora es el Museo de Molina, la única oferta presentada, el encargado de reabrir las puertas. Desde Semana Santa han sido 183 los visitantes, siempre en grupos de entre seis y veinte personas. Hay incluso algunas reservas ya para las próximas semanas, hasta junio, y algunas jornadas con todos los grupos cerrados. El próximo fin de semana se incluye la visita (veinte personas, por sorteo) en el programa del Geolodía, que llevará a los participantes por otros puntos próximos a conocer la interesante geología de la comarca.

Más ajustados a los rigores científicos, restando a cambio poderes de fabulación, las visitas guiadas que se han reanudado ahora repasan los diferentes grabados del primer tramo de la Cueva, dejando al visitante sin la opción de poder ver los numerosos grabados de la parte más profunda de las galerías.

“Los visitantes se quedan con ganas de entrar hasta el interior, pero ya les avisamos antes de venir que esas son las condiciones”, impuestas por Patrimonio, que también impide las visitas a la vecina cueva de La Hoz, con más complicada accesibilidad. “En todo caso, creo que la gente se queda muy satisfecha”, explica el actual guía, geólogo de formación.

La privatización del lugar ha impuesto el pase por seis euros, a pesar de que desde el Museo de Molina aseguran que “la cueva no tiene rentabilidad económica” y que se apostó por ella “porque es un recurso más para el Geoparque, un recurso muy potente científicamente”, añade José Antonio.

Ochenta años del ‘monumento’

En septiembre próximo se celebrarán los ochenta años de la declaración de este yacimiento como Monumento Nacional en 1934 por las autoridades de la República. Habían sido el maestro del colegio Rufino Ramírez y su hermano Claudio los primeros en observar en aquellas arrugas, en aquellas ‘nubes’ de roca, la posibilidad de un arte primigenio. Avisaron al cronista provincial, Layna Serrano, del vecino pueblo de Luzón, quien también convencido de esta posibilidad dio con el ojo oportuno que por vez primera reconoció el valor histórico de los grabados: Juan Cabré.

Este experto identificó aquellas representaciones como rupestres, a pesar de que parecían ‘fuera de lugar’ según los criterios científicos conocidos hasta el momento. Era 15 de julio de 1934: la Cueva de los Casares, tantas veces redil para el ganado, empezaba a hacer historia. No ha parado porque, como dice el historiador Herrera Casado, ninguna otra “iguala en cantidad, calidad y diversidad de temas a la de Riba de Saelices”.

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