Cuando Roma se comió Arriaca

La exposición ‘La romanización en Guadalajara’, en el Museo Provincial, se prorroga hasta el próximo 2 de marzo. • Es un viaje a aquel tiempo a través de reconstrucciones en 3D y 300 piezas de arqueología. • Celtíberos y carpetanos convivían en Guadalajara, la antigua Arriaca, cuando los romanos empezaron a invadir la Península Ibérica. 


Los romanos llegaron a Guadalajara hace más de dos mil años y aún hoy se conservan muchísimos vestigios artísticos que atestiguan que pisaron estas tierras con contundencia. Termas, necrópolis, ladrillos, tuberías de plomo, cerámicas de terracota, espadas, monedas, villas, fichas de juego, dados, canicas y hasta una paleta de cosméticos de pizarra. Más de 300 piezas se reúnen para explicar el proceso histórico de implantación de la civilización romana en la Península, que hizo adormecer a otras que llegaron antes, como la celtibérica, en la exposición temporal ‘La romanización en Guadalajara’. Debería clausurarse el próximo 2 de febrero, pero se ha prorrogado hasta el 2 de marzo, debido al éxito de público. 

La exposición ha sido visitada por casi 6.000 personas en las Salas del Duque del Museo Provincial y se han organizado en torno a ella visitas guiadas, representaciones teatrales y una jornada sobre romanización, entre otros actos.

Forman parte del recorrido por la exposición las conclusiones de todas las investigaciones desarrolladas hasta la fecha, la recreación de necrópolis para entender qué forma elegían para ser enterrados, datos históricos que permiten conocer la organización política, social o, incluso, el tipo de comercio que practicaban o si sometían o no a otras comunidades como los indígenas pero también la vida cotidiana de esta civilización que también tenía rituales, era coqueta y muy guerrera.  

Los comisarios María Luisa Cerdeño, Teresa Sagardoy y Emilio Gamo, arqueólogos todos, proponen un itinerario museístico por excavaciones como las de Gárgoles de Abajo o la cercana de Yunquera. En este viaje, destaca un espléndido mosaico de la villa romana de Gárgoles y se descubre que en tiempo hubo termas, como las de las películas, que las mujeres tenían su estuche para pintarse los ojos o darse colorete, que eran muy buenos ceramistas y que tenían estilo hasta construyendo –veáse una muestra de ladrillos redondos y romboidales-.

“Con esta exposición lo que pretendemos es explicar y recrear todo el proceso de conquista y de aculturación que tuvo lugar con la llegada de los romanos a Hispania y nuestra provincia", ha dicho el director del Museo, Fernando Aguado.

Los celtíberos y los carpetanos

Porque cuando los romanos llegaron a la Península, ya había vecinos. Por ejemplo, los celtíberos y los carpetanos. Los primeros se establecieron en la zona de las parameras de Molina mientras que los segundos, optaron por el suroeste de Guadalajara, por ejemplo, en Driebes. A los celtíberos les gustaba más vivir en poblados grandes –los oppida- mientras que a los carpetanos les encantaban las casa más pequeñas y los asentamientos con menos interés defensivos –los oppidum-. Los castros tenían murallas de piedras, torres, fosos y campos de piedras hincadas, para evitar la entrada de la caballería e infantería, como se puede ver todavía hoy en el de Castilviejo de Guijosa. La exposición  permite viajar, también, gracias a la reconstrucción en 3D, a algunos de los castros celtibéricos de la provincia, que han sido excavados y musealizados y son visitables actualmente. Es el caso de El Ceremeño, en Herrería, reconstruido en el siglo V a.  C. tras un incendio y hoy uno de los ejemplos mejor conservados de las pequeñas aldeas fortificadas de los celtíberos antes de la llegada de los romanos a la península ibérica; el de Peña Moñuz en Olmeda de Cobeta o el de Castildegriegos, en Checa (s. II).

En los últimos años se ha avanzado mucho en la localización de castros (hasta 51 en la provincia) gracias a los trabajos realizados sobre la presencia de pobladores en Guadalajara antes de la llegada de los romanos.

Además de recreaciones y vistas aéreas, la exposición recupera objetos variados. Desde un collar de cuentas de terracota de la necrópolis de Checa a puntas de ballestas o espadas, halladas en otra necrópolis, la de la Cabeza de Moranchel en Mazarete. Son testimonio de guerras celtibéricas y de la conquista de la Península. Este apartado se complementan con la figura de un guerrero celtibérico y un soldado romano, cortesía de la Asociación  Tierraquemada de Soria.

Integrar, no devastar

Los romanos sometieron a la fuerza a las comunidades que existían en la zona, como los indígenas, aunque lo hacían sin devastar los territorios sino integrándolos en su propio sistema político, convirtiéndolos en provincias de su estructura estatal.

El comienzo del Imperio fue con Augusto. De esta etapa, es la reconstrucción de la villa rural de Valdeaviña, en Alovera, y de su almazara. La muestra recorre además el santuario de Santas Gracias, en Espinosa de Henares, un lugar de culto dedicado a divinidades indígenas en el siglo II d. C. En ese lugar, se descubrieron varios altares de piedra caliza dispuestos en semicírculos. En aquel tiempo, esclavos y libertos compartían territorio. La estampa se plasma en una recreación de las termas de la villa de Luzaga.

El poeta Marcial describió las excelencias de la vida en las villas romanas. Ciudades construidas con ladrillos redondos, romboidales, capiteles, mosaicos... una arquitectura que también refleja esta exposición. Una de esas villas fue la de Gárgoles de Arriba (s. III-IV d. C.), de la que se puede observar -casi al final de las Salas del Duque- un mosaico.

Entre los yacimientos expuestos destaca la necrópolis tardorromana de Las Zorreras, excavada en Yunquera de Henares hace pocos años y que ha permitido documentar la existencia de un área funeraria de 70 sepulturas, aunque puede asegurarse que el número de enterramientos era sensiblemente mayor, ya que parte de la necrópolis se ha visto muy afectada por las continuas labores agrícolas en la zona. 

¿Qué método funerario era el más habitual?

Lo funerario también está presente en esta exposición. El más habitual rito era la cremación o incineración de los cadáveres con sus objetos personales, para enterrar así las cenizas en un hoyo en el suelo, en una vasija de cerámica, diferenciando algunas tumbas mediante círculos de piedras o empedrados tumulares, muy semejantes a nuestras lápidas actuales. Una de las necrópolis citadas en la exposición es la del Ceremeño, celtibérica, descubierta en 1997, al otro lado del río de Herrería. Allí, se han encontrado restos que podrían datar de fechas anteriores a la construcción del primer castro hasta la última época de ocupación de El Ceremeño II. Celtíberos y carpetanos otorgaron gran importancia al mundo de los muertos, construyendo sus cementerios junto a los poblados. Los difuntos se quemaban en el ustrinum, una pira realizada al aire libre sobre la que se colocaba el cadáver vestido y adornado, junto a algunos objetos y utensilios utilizados en vida, metáfora de que también les acompañarían en el Más Allá. Algunas de estas piezas han sido prestadas por el Museo de Molina, que “con esta colaboración refuerza su presencia en las manifestaciones científicas o culturales que ponen de relieve el patrimonio arqueológico y cultural de la comarca”.

Así se clausura esta muestra que refleja cómo se expandió y cayó una de las culturas más influyentes en las civilizaciones posteriores. Así se romanizó Guadalajara.