Los últimos papeles del Archivo

El acto de despedida del Archivo Histórico, ‘Palabras para el Archivo’, contó con archiveros, investigadores, directores y usuarios. • El subdirector general de Archivos Estatales, Severiano Hernández, que acudió a la cita, dijo que “el Archivo de Guadalajara ha tenido la suerte de ser el último proyecto de la no crisis”. • Hubo recuerdo para investigadores recientemente fallecidos como González Marzo o García de Paz y para la primera archivera y bibliotecaria de la ciudad, Juana Quílez.


El Palacio del Infantado es un poco más huérfano desde ayer. La tarde fue distinta a otras vividas desde hace 41 años en este edificio que el conocido arquitecto Juan Guas ideó a finales del siglo XV. Fue la última también entre esos muros para investigadores, archiveros y trabajadores del Archivo Histórico Provincial de Guadalajara, que lo pisaron por última vez como profesionales. Aunque la mudanza del Archivo está terminada completamente, los últimos papeles, 30 legajos finales, se hicieron públicos ayer precisamente, en una tarde que resultó íntima, cercana incluso para quienes han consultado pocos libros en el salón de investigadores de ese archivo, que se asemeja más a un “cenador monacal” y a un saloncito de princesas y reyes.

Riánsares Serrano, su directora actual, dejará de ser “marquesa”, como dijo con sentido del humor el subdirector general de Archivos Estatales, Severiano Hernández. En adelante, será “degradada” a ser la capitana de un buque moderno y funcional, el de Julián Besteiro, construido con todos los propósitos para guardar y conservar en óptimas condiciones la memoria empapelada e histórica de Guadalajara.

No hubo lágrimas en el acto, titulado ‘Palabras para el archivo’, pero sí muchos recuerdos y algunas emociones no ocultadas, como la del propio Hernández: “mi presencia es casi obligada. Es muy difícil hacer menos con más, por eso estoy aquí. Para respaldar el trabajo que se ha hecho en Guadalajara”. Tesón y esfuerzo que se ha traducido en un hito, casi impensable para un archivo: “conseguir que una institución como esta, conecte con la sociedad”, afirmó.

Hernández, que recordó sus primeros años de archivero -tiempos sin luz, ni estructuras metalizadas autosoportables sino “con lámparas de aceite” y pobres estantes-, admitió que el nuevo edificio del Archivo ha tenido la suerte de ser “el último proyecto de la época de no crisis”, rubricando el compromiso del Ministerio de “completar el mobiliario en los próximos ejercicios”. 

El historiador Angel Mejía Asensio tiene una relación con el Archivo de más de 30 años. El primer día que pisó el edificio “me acerqué medio asustado y confuso, me parecía algo sublime”. Con el tiempo, se convirtió en uno de sus lugares preferidos. El idilio continúa hasta hoy y seguirá: “Todo cambio supone una pérdida emocional pero a veces el cambio supone nuevas expectativas de trabajo”, señaló. Los “papeles rancios, atados y desatados mil veces, las cajas de cartón, los papeles finísimos, casi transparentes, los pasos sigilosos, las fichas amarillas, la cálida piedra dorada, ese patio que sigue vigilado por monstruos y fue escenario de bodas reales”, recordó Juan Fernando Pérez Santana, se quedarán atrás. “Quizás se pierda el lustre del pasado”, admitió Hernández, pero nada más. Seguirán los archiveros, “sin ellos, no hay archivo”, como dijo Manuel Benito, que llegó a trabajar allí un verano, "a través de una carta del Inem".

Un depósito documental de "espacio y penumbra"

De todas las estancias de esta “bodega de la historia donde los documentos adquieren solera”, la archivera municipal de Sigüenza, Amparo Donderis, eligió el depósito documental “sobrio, oscuro” donde conviven “espacio y penumbra, movimientos cortos, rápidos y precisos” y surcan “arterias metálicas que custodian un importante legado documental”. 

Además de papeles, se agolpan también los recuerdos de personas que ya no están y fueron importantes entre esos muros. El recientemente fallecido profesor José Luis García de Paz fue nombrado, como lo fue también la primera archivera y directora de la Biblioteca, Juana Quílez y la bibliotecaria, fallecida hace escasos meses, Pilar Sánchez Lafuente, además del investigador y profesor de la Universidad Complutense Félix González Marzo. “Su muerte me cambió el discurso”, admitió el Doctor en Historia, José Miguel López Villalba: con él compartió chascarrillos en la Continental y pupitre en el Archivo. Por eso, casi todos los recuerdos vertidos ayer –“el Archivo es un espacio donde sentirse bien, recuerdo el consejo templado de Martín Galán”, citó- se mezclaron con el cariño al colega fallecido. 

El citado Martín Galán, "el master and commander" del Archivo, presidente de la Asociación de Amigos del Archivo Histórico, quiso reconocer la labor de Juana Quílez –“Guadalajara le debe un homenaje”, precisó-, la primera bibliotecaria y archivera de la ciudad. "Me dejó ver el Catastro de la Ensenada”, dijo, “fuera de horario”. Un flexo de luz que con el tiempo se le antoja raquítica, las manos enguantadas por el frío con las que tomaba sus notas, un archivo entonces sin fotocopia –eran los años 70-, la casi clandestinidad que suponía salir con un tomo bajo el abrigo para hacer copias en una copistería de la Plaza Mayor… son recuerdos que se agolpan en la memoria de este profesor de Geografía e Historia, que mencionó a los siete directores del Archivo. 

La actual, Riánsares Serrano, le dijo “adios” al “amado Palacio”. Su carta, reconoció, la escribió entre cajas, durante la mudanza a Julián Besteiro, entre julio y octubre de 2013. Sus letras fueron dedicadas a los “muros" que deja, "a los compañeros, también los de la Biblioteca” con quienes compartieron espacio hasta su mudanza al Palacio de Dávalos, “a los vetustos espacios, al olor, el inconfundible olor a papeles viejos que siempre me acompaña allí adónde voy, a la escalera que construyó Valcárcel” y que hizo posible subir y bajar de los depósitos documentales. Pero “nos llevamos a los trabajadores actuales, símbolo de los que pasaron por el Archivo durante 40 años, nos llevamos la memoria de los que se fueron”.  

Desde fincas a testamentos

Los archivos no son lugares sombríos sino “un micromundo, un hilo conductor que une momentos”, que te permiten conocer tu ciudad, admitió la archivera Mercedes Castelo, que trabajó en el Archivo entre 2005 y 2010. Menos aún, apenas 30 días, dejaron una huella imborrable en la memoria de Lourdes Santos Sedano, que trabajó allí el mes de agosto de 2004: “venía del Archivo Municipal” donde echaba de menos “el aroma a Historia”. Los del Archivo Provincial “fueron días sencillos pero grandiosos”, que no olvidará jamás. 

Esta “casa grande de los libros y la historia”, como tildó al edificio el Jefe de Servicio del Catastro de Guadalajara desde hace 25 años, Francisco Javier González Guijarro, es “el archivo perfecto para aprender la profesión. El Archivo ha trascendido su función de servicio público”, comentó Rosa Calvo Bóveda, coordinadora de fondos de algunas de las exposiciones organizadas por el Archivo, como la exitosa ‘1º de Mayo’.

En este Archivo se han buscado datos del pasado, fincas rústicas para evitar riñas de pueblo, testamentos de clérigos fuertemente sellados, antepasados, datos catastrales, protocolos notariales, fotografías, y todo se ha encontrado con “una atención exquisita, con ayuda inestimable”, subrayó el historiador Francisco Fernández Izquierdo. 

Aunque no siempre atravesó tiempos felices. Investigadores, archiveros y etnógrafos han visto cómo el Archivo también ha sufrido de estrecheces. “Papeles comidos por las ratas”, como recordó en su papel López de los Mozos, o sedes desastrosas como era el Infantado cuando se mudó allí en 1972, tras su paso por el edificio que hoy ocupa el Palacio de la Diputación Provincial y mucho antes, en el Instituto de Educación Secundaria Liceo Caracense.

A él llegó Luis López Puerta, que a mediados de los 60, preparó su tesina sobre la Desamortización Eclesiástica de Mendizábal. En su primera sede, el Liceo, conoció a Juana Quílez: “se sentía, sobre todo, archivera” y vivió su primera anécdota: las horas se le habían pasado volando entre los libros. Tanto, que todo el personal se fue sin darse cuenta de que él seguía investigando. Se quedó encerrado y tuvo que saltar por la ventana. 

López Puerta recordó el traslado a un Infantado aún en ruinas por el incendio que le devastó en 1937 y la lucha de Juana Quílez por que el Palacio no se convirtiera en el Archivo General del Estado, que finalmente se ubicó en Alcalá. “Juana fletó un camión para traspasar todos esos papeles viejos”. El reto de clasificar, ordenar e, incluso, conocer el contenido de esos papeles “le desbordaba”. Pese al tiempo transcurrido, López Puerta, reconoció que “la institución tiene carencias” pero “la calidad profesional”, de sus trabajadores las suple. 

A partir de ahora, la historia del Archivo se escribe en otros muros, en Julián Besteiro. Será la cuarta sede, y posiblemente definitiva, de un edificio que ya abre al usuario dos días a la semana –martes y jueves- a jornada completa. “El nuevo edificio está eternamente remoto pero regresaré con innegable frecuencia”, dijo el Doctor en Historia, López Villalba. Toca adaptarse, reubicar y reorganizar los fondos pero la nueva casa es “más práctica, accesible y cómoda”, admite Riánsares Serrano, su directora. El Palacio no dejaba de ser eso, un palacio, cuyo “artesonado mudéjar ha sido el cielo de muchos investigadores y archiveros, de muchas horas de trabajo y mucha memoria”, dijo la archivera Ana Isabel López Beltrán. Ahora, esa memoria se muda a otros muros. Quizás perdiendo lustre, pero sin cambiar ni una coma. 

Palabras para el archivo, de José Luis Muñoz Román. Uno de los dos vídeos que se emitieron en el acto. El otro, titulado ‘Recordando’, lo firmó Fernando Rincón. 

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