“Al grabar, la guerra se ve de forma irreal”

Márquez, nacido en Guadalajara, vuelve a la ciudad para dar una charla con la asociación de reporteros local, Arggu. • “En este oficio se aprende a saber si quien te apunta y te dice algo va en serio o de farol”. • “Si hubiese pensado que me jugaba el tipo grabando, no habría ido nunca a la guerra”. • “No es una cuestión de valentía; o sales de la esquina y te expones al fuego, o no hay imágenes”. • “A veces pienso que la denuncia que hemos hecho los periodistas de guerra no ha servido para nada”. • “En televisión ya sólo buscan decir ‘aquí estamos’; antes te ibas a un sitio y no se sabía nada de ti en un mes, pero volvías con buen material”.


José Luis Márquez (Guadalajara, 1950) es uno de esos alcarreños ilustres que hay por el mundo y de quien no se acuerdan nunca las autoridades en sus homenajes. Sin embargo, pocos hombres y mujeres nacidos en la ciudad tienen tanto mundo, por lo extenso de la geografía recorrida y por lo intenso de las experiencias. Considerado uno de los mejores reporteros gráficos en la cobertura de conflictos, inició su trayectoria en Vietnam en 1968 y ha coleccionado batallas desde entonces en todos los continentes: de los desiertos de África hasta las muchas revoluciones, golpes de estado y guerras de guerrillas iberoamericanos de los años ochenta, pasando por las dos contiendas de Irak, las revueltas estudiantiles de Pekín en 1989 –fue el único cámara que grabó la masacre de Tianamen– o la cobertura en los Balcanes, donde firmó grandiosos reportajes con Arturo Pérez-Reverte, a quien le inspiró un personaje mítico de la narrativa del género en ‘Territorio comanche’. Es posible que muchos reconozcan todavía hoy a Márquez con el rostro de Carmelo Gómez, quien le encarnó en la adaptación a la gran pantalla.

Sobre Márquez dijo el también creador de Alatriste, compañero de hazañas bélicas y ahora escritor: “tiene la desgracia de, en vez de ser norteamericano y trabajar para la WIT, para la NBC o para la CNN, haber sido latino, español y trabajar para Televisión Española; entonces, el hombre vive con un sueldo exiguo, como siempre, y se juega la vida por cuatro duros, ya que en otros lugares es más reconocido”. Por eso, como “reparación moral” ante tal injusticia, Pérez Reverte le dedicó su novela.

Ha sido uno de los mejores, y no sólo por los elogios de su colega cartagenero, que se prodiga más en collejas públicas que en alabanzas. De Márquez hablan bien otros compañeros como el prestigio Oscar Mijallo, otra de sus parejas de corresponsalía en Oriente Medio y a quien le asombraba que Márquez grabase en mitad de un intercambio de golpes como si fuese “una estatua”. Ha formado tándem con Miguel de la Quadra Salcedo y es muy amigo del ‘jefe de la tribu’, Manuel Leguineche, afincado en Brihuega. Otros grandes se han rendido a su buen hacer, como Gervasio Sánchez. Ha recibido premios como el Miguel Gil, que lleva el nombre del periodista asesinado en Sierra Leona. Aunque también ha habido quien ha hablado mal de él, como Ángela Rodicio, que por otra parte tampoco sale bien parada en los retratos de Pérez Reverte y otros colegas.

Márquez está ya retirado y atiende al teléfono con amabilidad. Por delante, más de media hora larga de charla y respuestas concisas y honestas. Este sábado vuelve a Guadalajara: tiene cita en el Palacio del Infantado, invitado por la Asociación de Reporteros Gráficos de Guadalajara (Arggu) para charlar sobre el que ha sido su trabajo durante cuarenta años. Salta como un resorte al escuchar la palabra conferencia: José, que compartirá algún material gráfico con los asistentes, no da conferencias, sino que comparte “charletas”. Y cuantos menos vengan, mejor, “para estar en familia”, dice incluso más sincero que irónico.

Este alcarreño vive ahora en Levante pero vuelve de cuando en cuando por Guadalajara porque mantiene vínculos familiares. Aprovecha la llamada desde la ciudad para preguntar al periodista si conocía La Palma, mítica tasca junto a la concatedral de Santa María. Y así, entre anécdotas compartidas con regusto a moscatel, comienza una charla distendida…

No sé si sería vocacional, pero comenzó muy joven a grabar conflictos…

…tenía 18 años.

¿Y cómo surge esa oportunidad de cubrir la guerra de Vietnam?

Estaba en TVE, me preguntaron si tenía pasaporte y me dijeron que me tenía que ir a Vietnam. Hice la maleta y tenía los ojos como platos. Dicho ahora, en esta época, llama la atención, pero entonces no todo el mundo viajaba, en el año 68 sólo habían salido de España cuatro gatos. Yo fui y la sorpresa fue que me fascinó el mundo de las hazañas bélicas. Y ahí me quedé a piñón fijo.

Se puede pensar que el sueño de todo periodista es cubrir una guerra, el periodismo puro de ir, ver y contar… pero no todo el mundo que va, repite.

Yo he tenido compañeros que han dicho “una y no más, Santo Tomás” y que se habrían vuelto al momento si hubiesen podido. Es muy respetable. A lo mejor lo criticable es lo nuestro, que estamos muy locos. Pero es que hay que tener un algo especial.

De hecho la figura de este periodista curtido en el frente está muy mitificada como la de alguien hecho de otra pasta.

Tú llegas sin saber nada de nada. Si la primera vez ya no regresas para repetir, esa primera experiencia se queda en anécdota. Pero si sigues, vas aprendiendo a saber cuándo una bala sale y cuándo llega; a mirar la cara de alguien con un arma en la mano y saber si te están hablando en serio o es un farol. Y sólo se aprende estando allí y teniendo cierta intuición.

¿La ha tenido?

Toda la que no he tenido para otras cosas, la he tenido para esto. Luego, eso sí, soy de los que me compro un globo y elijo el que se pincha.

¿Se ve la guerra de forma irreal a través del visor de la cámara?

Sí, se ve de forma irreal, como si no fuese contigo. En primer lugar tienes una misión, que es hacer tu trabajo. Una vez que pones el ojito en el agujero de la cámara es como si vieras una película. De hecho la cámara tiene una batería con una duración y a veces cuando se acaba y ves que no puedes trabajar más, dices ‘qué carajo hago aquí’… y no te quedas de espectador, te marchas corriendo.

¿Cambia mucho cuando quita el ojo del agujero, como dice, y ve lo que se está grabando, ahora sin mediar la cámara?

No tanto… No cambia lo que has visto, sino que cuando trabajas estás muy pendiente de lo que haces y no te das cuenta. Dicho a lo bestia, eres egoísta y eres un cazador en busca de tu presa: dónde cae una bomba, si es en la calle o en una casa… si hay en la puerta tres hombres muy malheridos. Es la visión de un cazador. ¡Suena bestia dicho así!

Pero ustedes no son inhumanos ni insensibles… Habrá momentos en que reflexionen sobre lo visto, ya en el hotel, o de vuelta a casa tras el viaje…

A veces ves cosas que te hacen pensar, pero lo cierto es que llegas a un extremo en que la piel se curte. No puedes estar flagelándote un día tras otro. Al volver a casa, si no vuelves más a otro lado, puedes decirte “cómo somos, qué inhumanidad, qué bestias son”; pero si tienes que volver a otro conflicto, no puedes pensarlo. Y lo que tampoco puedes es bajar la cámara y decir que ya no hay guerra. Aunque no lo cuentes, todo eso seguirá pasando. Lo peor es que te queda el punto de que no sirve para nada, aunque piensas que denuncias.

También Manu Leguineche me lo dijo una vez: repasando todos los conflictos, se venía a preguntar: “¿y todo esto… ¿para qué?”

Haces un trabajo de denuncia y procuras decir que hay mucha porquería en este mundo. ¿Y quién hace caso? Muy poca gente. Somoza en Nicaragua hacía lo que quería hasta que un periodista grabó cómo asesinaban a un compañero. Y entonces se acabó Somoza. Pero tiene que pasar algo así para que nos demos cuenta y se le ponga coto a estas cosas. Generalmente la denuncia sirve de muy poco. Todos denuncian lo que hacen los israelíes en Palestina, pero hacemos oídos sordos. Al final te limitas a hacer tu trabajo y si alguien quiere leer o mirar, ahí lo tiene.

¿Por qué se juega uno el tipo, por rigor profesional, por principios...?

Porque no lo piensas. Si pienso que me juego la vida, no voy nunca. He tenido siempre una filosofía absurda: juego a la lotería desde hace muchos años un día sí y otro también y pienso: “vengo a un conflicto veinte días... ¿y me va a tocar a mí la lotería? No puede ser tan injusto el mundo conmigo”.

Ya, pero la lotería a veces le toca al vecino… Entonces lo vemos muy cerca.

He tenido compañeros que han muerto, algunos muy cercanos. Te hierve la sangre porque ese hombre viene a trabajar y ayudar a la gente… En esos casos, sólo digo que al menos mueren haciendo lo que querían.

¿La muerte de un compañero es el momento más duro en una guerra?

Lo es, pero no porque sea un compañero periodista, sino porque le conoces bien. Si me dicen que en una esquina de Ramala [en Palestina] han matado a un tipo de una tele danesa al que no le pongo cara, no deja de ser uno más. Cuando te dicen que en Kosovo [en Bosnia], donde no estás, han matado a un amigo con el que has estado el día anterior en Gaza… te quedas pálido y helado. Pero aún así tienes que pensar que murió contento porque hacía lo que le gustaba.

La estrella de la pareja suele ser el redactor, pero suele jugarse más el pellejo el cámara…

Aquí no hay quien se juega el tipo… sería absurdo. Simplemente hay un trabajo que hacer y cada uno hace lo que le toca.

Pero expone mucho más el gráfico…

Lógicamente. Pero, en general, el señor que no quiere sacar la cabeza no la saca, y no tiene porqué. Pero para dar las imágenes, o sales de la esquina o no las tienes. No es una cuestión de valentía, sino de que tienes que apuntar hacia el objetivo para tener las imágenes. Te la tienes que jugar. En varias ocasiones he tenido que decir: “Una, dos y tres”. Sales, y te tapas. Y otra vez: “una, dos y tres” y sales, corres y te tapas. A veces sí hay que pensárselo muy mucho.

Usted en particular ha tenido fama de aguantar el chaparrón sin que le temblase el pulso.

Lo que pasa es que no quiero decirlo porque a veces suena chulesco. Pero es cierto que a mí no me daba miedo nada, cayeran de color rojo o de color verde.

Le he oído decir alguna vez que no sólo hay coraje; a veces es por algo práctico: uno espera horas a que llegue el momento de grabar, donde de verdad luce el trabajo, y no puede pensar entonces en retirarse porque se arriesga...

El del periodista es un trabajo que visto desde fuera tiene la imagen de las pelis americanas con reporteros que ganan mucho dinero, que tienen unos coches que te pasas y que llegan a Nueva York con unas chavalas de la hostia en apartamentos de lujo. Pero no. A veces estás tres días sin comer ni beber, tirado en el suelo simplemente para esperar porque te han dicho que van a volar un puente. En ese momento no te puedes marchar, por muy malos que sean los que vienen en los carros de combate.

Lo de volar un puente, para quien no lo sepa, tiene mucho que ver con lo que cuenta Pérez-Reverte que hacía el personaje que usted le inspiró: quería grabar la voladura sí o sí…

No lo sacó de su pluma, pasó realmente así. Era una cabezonada mía: vi un puente que lo tenían dispuesto como un árbol de Navidad para volarlo. Y estaba claro que iban a volarlo antes de que pasase la gente. Estás viendo cómo se organiza todo y que se está disparando, hay combatientes allí, no es que estés tú solo con la cámara como un idiota… Pero había que irse porque no llegábamos al telediario. Yo les dije que no, que no podía irme hasta que no grabase cómo volaban el puente…

¿Se siente muy reconocido en el personaje de Pérez-Reverte?

Hay muchas cosas que sí, pero no deja de ser un libro y también tiene historietas que no son verdad. Con la verdad pura y dura no se vende, pero poniendo que hay una puta de por medio funciona mejor. No me estoy defendiendo de nada, porque no tengo que hacerlo ante nadie, pero es verdad que todo esto forma parte de la literatura. Lo leo y digo: “qué bonito queda, que hasta ligas y todo”. Por eso en algunas cosas me reconozco y en otras no.

¿Ha cambiado mucho el modo de cubrir la información del frente?

Radicalmente. Antes había control, pero de otro modo. Hoy se trabaja para primicia. En televisión, que es lo que conozco, se busca la publicidad, que aparezca su micrófono en la pantalla, el “aquí estamos”. Te vas una semana a cubrir algo y tienes que hacer 44 telediarios. Tienes que estar continuamente en el punto de directo, sin tiempo para trabajar.

Así no hay quien grabe la voladura del puente…

…hoy en día lo que hay son directos y más directos, teléfono y más teléfono… Antiguamente te enviaban a un sitio, hacías un reportaje durante un mes o dos y te dedicabas a hacer esa información siguiendo una historia, bien hecha, a conciencia…

Volvía uno con mejor material.

Claro. Por eso TVE tiene un archivo buenísimo. Pero ahora sólo se hacen telediarios.

La calidad de la información también se resiente. A veces prima que se vea al reportero subido al helicóptero, aunque no se oiga nada de lo que dice o apenas interese el fondo de la cuestión.

Sí, pero aparece el micrófono, como yo digo. Han demostrado que están ahí. En una rueda de prensa de Obama, con que se vea el micrófono en la mesa, ya está, están encantados en la cadena. Pero no se valora si el trabajo es bueno o malo. Apenas nadie lo valora. ¿Quién se dedica a criticar hoy un telediario? Cuatro, en toda España.

Repasando imágenes de sus conflictos, ocurre como con las fotos color sepia, se asocia una técnica y una calidad visual a algo ya histórico.

Es que antiguamente se trabajaba en cine. El vídeo no te da eso mismo, la imagen siempre es igual. Personalmente no me gusta.

Les sienta muy bien ese aspecto particular a las imágenes, porque ahora son documentos históricos...

Sí. ¡Pero es que todo mi trabajo es historia, como yo! (Risas). Somos… parte de la historia de la tele.

La pregunta es típica, pero ¿hay algún trabajo del que esté especialmente orgulloso?

No puedo decir ninguno. Parece que siempre respondo lo mismo, como siempre me hacen la pregunta…

…Ya dije que era la pregunta tópica (risas).

No, si es normal. Es que cada vez que he hecho un trabajo he estado tan ilusionado con lo que acababa de pasar que me tapaba lo que hacía antes de ayer. Es como ir pasando de páginas. Cada capítulo nuevo es más chulo. Pero todo ha sido muy importante.

¿Hay algo especial o personal?

Por ejemplo tengo muy en el recuerdo un reportaje con Quadra Salcedo que se llamó ‘La larga marcha de los eritreos’, en Etiopía, porque fue mi primer reportaje con la cámara en la mano, mío completo. Siempre me acuerdo de aquél como mi primer gran trabajo. Pero también he hecho cosas muy interesantes en Uganda o en Israel, donde he estado casi 12 años y he hecho de todo… no me quedo con nada concreto.

¿Se sintió importante en otras ocasiones, como en Tianamen, por saber que su presencia única en un lugar prestigiaba la labor periodística, contar lo que ocurría?

Sí, claro. Haces la labor del periodismo, eres tú el que estás denunciando lo que ocurre porque nadie más se atrevió a pasar allí una santa noche como yo y porque, además, a España le tocaba por entonces la Presidencia de la UE [es rotativa, por semestres] y el embajador me llamó para que contase a todas las autoridades lo que había visto. Eso te hace sentirte importante. Te preguntas: ¿no hay nadie más serio que yo para que informe de eso? Ahí ves lo importante que es lo que haces. Eres el único que tienes la información de primera mano.

Ha estado con periodistas reconocidísimos, entre ellos Manu Leguineche, que vive en Brihuega y que se ganó la fama de pionero y jefe de la tribu.

Sí, Manu y yo somos muy amigos.

¿Cómo es en las distancias cortas?

Ha sido un tío fantástico, un gran jugador de mus pero muy tramposo y un hombre muy amigable, cariñoso y buena persona… Y muy despistado. Hay una anécdota: fuimos a hacer un reportaje a los países del Este y en la frontera nos pidieron el pasaporte, y fue Manu y dio el pasaporte malo; le dijeron: “ese no es”, y cogió el tío, con toda la cara, y dio el pasaporte bueno… nos quedamos todos con una cara… y le dijimos: “Manu, tío, ¡vamos a ir todos a la cárcel por tu culpa!”.

En Guadalajara hay cierta sensación de injusticia por que no le hayan concedido a estas alturas el Príncipe de Asturias de la Comunicación.

Tal vez porque es un premio más moderno, más que Manu… (risas). A lo mejor por eso no se cuenta con él. Si hubiese un premio a toda una vida o trayectoria, me imagino que sí se lo darían.

En Guadalajara hay un premio internacional de periodismo con su nombre, que han ganado Lydia Cacho y Javier Espinosa, pero la convocatoria este año ha quedado aplazada…

No conocía el premio.

Se otorga a un periodista con mérito que encarne los mismos valores que Leguineche.

De haberlo sabido, me habría pasado por allí alguna vez. ¿Y se ha suspendido para siempre?

Está en estudio su continuidad, tal vez con menor cuantía o con carácter bianual. Aún no se ha decidido. La dotación era de 20.000 euros.

¡Pues está muy bien! ¡Madre mía!

Pues ya sabe para la próxima convocatoria…

Lo pensaré. Y si gano me gasto el dinero en Guadalajara, ¡eh!

Para acabar, supongo que habrá jóvenes periodistas en la charla. ¿Se ve con fuerzas de dar ánimos, a pesar de que piense que su trabajo no siempre ha servido?

Sí, aún hay ánimo, aunque están las cosas muy difíciles ahora mismo. Hay que echarse la mochila a la espalda y decir: ¿dónde hay una buena montada? ¿Israel, Gaza? Marcharse, comer lo que sea, trabajar y vender en plan ‘free-lance’… Todo el que ha llegado ha sido así. Está difícil, pero es así. Muchos de mis compañeros se presentaron un buen día en Sarajevo, durmieron en la habitación de otros, les he tenido que dar de comer o llevarles en coche… pero hay que arriesgar. Y de vuelta, llamar a un periódico y a otro, ir haciéndote un nombre… Nadie te va a llamar.

También hacen falta medios que quieran publicar historias, no sólo tuits…

El Twitter es un corta y pega. Uno dice algo y otro lo vuelve a mandar… ¿y qué se creen que están haciendo? Los jóvenes tienen que salir fuera, arriesgar, hacer un pequeño calcetín y estirarlo…

Son malos tiempos para el periodismo, cuando el periodismo es tan necesario o más que nunca...

Me da la sensación de que debería ser algo que no tendría que faltar nunca, pero decae a ritmos forzados. Sólo hay cuatro que cuentan lo que quieren en el poder y la gente joven crítica, muy lanzada, no interesa por su forma de ser.