‘Retrovisiones’ de la ciudad

El fotógrafo Manuel Única publica en un libro y en una galería ‘on line’ una selección de instantáneas que tomó de edificios y del entramado urbano de la Guadalajara de principios de los años ochenta.  


La Calle Burgos era un camino de tierra, la estación de tren parecía más bien un apeadero y las ovejas pastaban a los pies de las torres del Alamín cuando en 1982 el joven fotógrafo Manuel Única recibió un encargo de parte de unos gestores y expertos en urbanismo: retratar decenas de rincones de la ciudad de Guadalajara. Su batida con la cámara fijando la atención en edificios y entramados urbanos se tradujo en nada menos que 3.500 negativos. Más de treinta años después, los ha desempolvado y revelado en un proyecto artístico titulado ‘Retrovisión’ que deja al GTV (ya saben, el guadalajareño de toda la vida) en un inevitable estado de ‘shock’.

La posibilidad de ver el resultado de ‘Retrovisión’ está al alcance de un clic. El proyecto de Única (nacido en Hita en 1961 y residente en Guadalajara), que trabaja como cámara de vídeo en la agencia Efe, ha sido publicado en doble formato por Obra Sobre Papel, editora de arte y galería ‘on line’. Además del libro con las panorámicas retocadas, muchas de las estampas aparecen en 60 galerías situadas en un plano callejero digital de la ciudad, lo que ofrece un fantástico paseo virtual.

Durante casi dos años, el fotógrafo alcarreño ha seleccionado 700 negativos en blanco y negro, ha llevado a cabo un proceso de digitalización de las imágenes –con tratamiento artístico que ha afectado, por ejemplo, al retoque con radical libertad de algunos encuadres– y ha construido tres relatos para mostrar la estética urbana de Guadalajara de principios de los años ochenta, en la España del Mundial de Naranjito y de las primeras elecciones que ganaría Felipe González.

El salto

Lo primero que sorprende al ver las fotos es precisamente el salto: treinta años o un abismo. El progreso, según los cánones. La transición política que se había llevado a cabo tardó en plasmarse en las calles de la pequeña capital de provincias de apenas 55.000 habitantes. Quien lo afirma al ver las fotos es el arquitecto Javier Solano, que elogia el modo en que la retina de Única supo captar los detalles de esa sociedad que “todavía permanecía anclada en un rancio franquismo”. En el prólogo del libro, el arquitecto alcarreño subraya precisamente el valor documental de las imágenes. La colección, vista con la perspectiva del tiempo, permite “recuperar el pasado con objetividad, cimentar la memoria colectiva –el alma de nuestras vidas– y construir la intrahistoria de esos años”.

Estas imágenes de la Guadalajara de los ochenta relatan y retratan cómo era la ciudad no hace tanto, muestran una Guadalajara en blanco y negro de dos y tres alturas, con plazas arboladas, paseos con horizontes despejados y paseantes con bigote y sombrero. Son estampas que retrotraen al espectador treinta años atrás, con modelos de automóvil aptos hoy para coleccionistas que entonces se aparcaban a las puertas de San Nicolás y con una retahíla de detalles que, de manera casi inevitable, disparan el gatillo fácil de la nostalgia: el paisano recogiendo los cartones con su carretilla; el mojón señalando el kilómetro 140 de la nacional en el cruce de Bejanque, la cabina de Santo Domingo desde la que llamábamos antes de ayer, ese anuncio de la discoteca Zoika o el cartel del bingo de la Calle Mayor.

Escribió Saramago que “habitamos físicamente un espacio, pero, sentimentamente, habitamos una memoria”. Lo que nos señalan las fotos de Única es que los guadalajareños del siglo XXI habitamos un paisaje urbano repleto de agujeros negros. De las calles han desaparecido quioscos donde comprábamos periódicos, bancos donde nos sentamos, administraciones de lotería donde apostamos y, sobre todo, comercios –muchísimos comercios– donde comprábamos y montones de plazas donde aparcábamos en pleno centro. Que era en realidad un centro comercial a cielo abierto repleto de bazares, zapaterías y casas de comidas.

Los vacíos

Si la nostalgia es un sentimiento que pone el acento en las ausencias, en la galería de ‘Retrovisión’ hay un goteo incontestable, foto a foto, con todo un serial de comercios con solera y con apellidos arriacenses que en casi todos los casos se han diluido entre aquel tiempo y este tiempo. En las fotos de Único asoman con un orgullo provinciano los escaparates de La Mallorquina, La Murciana, El Pilar, Maruja, Robisco, Tejero, Camarillo, Marqueta, Duce, Madrigal, nombres que casi se pueden recitar como un romancero de ausencias. Se contemplan edificios de dependencias públicas donde ahora quedan estructuras moribundas que amenazan ruina. Y un buen puñado de paradas obligatorias: el Bar Soria, La Palma, El Ventorrero, la Cafetería Campoamor… La pantalla fría devuelve el olor a pan de la vieja tahona.

Hay en este combinado de luces y sombras motivos para las alegrías, espacios que ante el objetivo de Única se mostraban entonces miserables –“imágenes patéticas”, dice Solano– en una ciudad que descuidaba su patrimonio, que demandaba a gritos inversiones en modernización y que, tres décadas después, ha restaurado algunos de estos espacios y ha recuperado de entre los escombros algunos edificios emblemáticos. La Huerta de San Antonio, la plaza de Oñate, el Palacio de Dávalos, la Puerta de Bejanque, el barranco del Alamín o la Fuente de la Niña enfilaban el fin de siglo con más pena que gloria.

También el adjunto de dirección de la editora Obra Sobre Papel, Jorge García, insiste en que Manuel Única es “un documentalista subjetivo” porque “en sus trabajos se advierte una mirada experimentada en el arte de observar, dotada de singular subjetividad y con una eficiente vocación de narrar”. En este paseo por la ciudad perdida reconocemos los rasgos de una ciudad que ha mudado de piel, que ha cambiado de rostro, con nuevos rasgos que entonces no se intuían y con marcas que hoy se han borrado. Una ciudad que no era ni mejor ni peor, pero que -como cada uno de nosotros- es la misma y a la vez es otra.

Fotos: Manuel Única