La granja que ‘fundó’ Carmena

La Huerta La Limpia, proyecto pionero en España como granja escuela, fue fundada por los supervivientes del despacho de abogados de Atocha que sufrió el atentado del que ahora se cumplen 40 años.


Al pasear por los caminos de la Granja Escuela de La Huerta La Limpia, entre establos y un silencio sólo roto por el cacareo de las gallinas o el relincho de un caballo, nada hace pensar que exista una conexión directa con el Madrid tumultuoso que tiene en Atocha un cruce de caminos y uno de los puntos más negros de la historia de la Transición. Hace hoy cuarenta años un grupo de ultraderecha perpetró allí el asesinato de cinco abogados laboralistas. Un episodio infame sin el que tal vez no existiría este remanso de paz en el extrarradio de Guadalajara, por el que han pasado más de 34.000 chavales desde su fundación en febrero de 1979.

Dos años antes de que por vez primera llegase un grupo de alumnos del Colegio Siglo XXI hasta esta granja, el 24 de enero de 1977 unos pistoleros de extrema derecha entraron en un despacho de abogados militantes de CCOO y el PCE y dispararon indiscriminadamente contra ellos, matando a cuatro letrados y un administrativo e hiriendo a otras cuatro personas más. Entre quienes burlaron a la muerte, porque no se encontraba allí en ese momento, estaba la que con los años se ha convertido en alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. Meses después de la tragedia, ella y el resto de supervivientes de La Matanza de Atocha dieron impulso a un proyecto inédito en España: fundar una granja escuela.

Estábamos machacados después del atentado”, rememora Javier López-Roberts, que también trabajaba en Atocha 55 y que sería uno de los encargados de poner en marcha La Limpia, el centro que dirigió durante su primera década. Según relata, cuando el bufete echó el cierre, el patrimonio se repartió entre los socios, que adoptaron la decisión de emplear estos fondos en financiar a la cooperativa que quería convertir en realidad un deseo expresado por un niño en un collage de una actividad de un club de tiempo libre: que la escuela ideal fuese una granja.

Los fundadores de esta aventura dieron con la finca arriacense, muy oportuna no sólo por las características y condiciones de los terrenos, sino también por su proximidad a la ciudad de Guadalajara, que era aconsejable para un proyecto pensado especialmente para niños. “El dinero, unos préstamos personales de los abogados, se devolvió peseta a peseta”, subraya López-Roberts.

La huerta se fundó gracias al préstamo de los supervivientes de la Matanza de Atocha, de quienes Carmena en realidad es sólo el rostro más conocido, pero no el único. Hubo de hecho cuatro que se implicaron de forma directa, formando parte de la cooperativa. Todos ellos respondieron al horror del fascismo que habían sufrido con un gesto de confianza absoluta en la educación como arma cargada de futuro. Lo que hicieron los antiguos abogados y trabajadores de Atocha 55 fue plantar una semilla en La Limpia.

Un experimento pionero

Los chicos descubrían la naturaleza mediante la observación directa y la experimentación en un ambiente de cooperación”. López-Roberts define con esta frase la filosofía que impregnaba el proyecto, entonces novedoso en todo el país, de crear una granja-escuela en la que se experimentaba con “una pedagogía activa y crítica” y donde la finca era “un apéndice de la escuela en un ambiente más abierto". Niños y adolescentes de barrios como Getafe o Vallecas podían encontrarse de pronto pastoreando o participando en la matanza del cerdo, pero también debatiendo en asamblea sobre el plan de la jornada.

Dos preocupaciones orientaban esta experiencia basada en una experiencia anterior en clubes de tiempo libre de barrios de Madrid como Getafe e inspirada en modelos de otros países como Francia e Italia: demostrar que los niños que entonces crecían en la calle junto a recreativos con máquinas tragaperras podían disfrutar de un ocio más enriquecedor y saludable; y renovar de paso las prácticas escolares de un país que intentaba soltarse el lastre del nacionalcatolicismo.

Y así lo hicieron, ante la sorpresa difundida a los cuatro vientos por los periodistas que llegaban de Madrid, atraídos por una experiencia novedosa en unos tiempos en los que las granjas escuela todavía no estaban de moda. Hay reportajes en Diario 16 y en El País en los que se describe el clima idílico de la escapada rural de los colegiales, entre animales bautizados por los propios niños como Apache o Fanego, pero donde sobre todo, se aprendía con unos métodos revolucionarios.

Una granja escuela donde la libertad es la regla de oro”, titulaba El País un reportaje que arrancaba así: “Huerta La Limpia es una granja-escuela ideada por un grupo de personas constituidas en una cooperativa anónima, situada a la entrada de la ciudad de Guadalajara, donde los escolares de EGB de los colegios madrileños acuden a lo largo del curso para desarrollar en vivo sus clases de Ciencias Naturales”, relataba la entradilla escrita en julio de 1979 por Esteban S. Barcia, especialista en educación. “Durante los meses de verano la granja está abierta a todos los padres que quieran enviar allí a sus hijos para disfrutar unos días de vacaciones en contacto con las labores del campo”.

No se trataba sólo de trabajar el conocimiento directo del medio rural y las tareas agrícolas y de suscitar una conciencia ecológica, sino de profundizar además en conceptos como la autogestión y la cooperación, de favorecer enfoques alternativos en las relaciones entre los adultos y los niños y de desencadenar los mecanismos de investigación, espontaneidad y libertad donde normalmente se aprendía al dictado de una educación autoritaria, muy pautada y de bases patriarcales y urbanitas. Se trataba de fomentar “la educación activa”, la que convierte al niño en motor de su propio aprendizaje. “Y no con un papel de comparsa, sino como protagonista, con una verdadera aportación de su esfuerzo personal”, según defendían el propio López-Roberts, Juan Barja y Alejandro Tiana en el libro ‘Aprender en el campo’, basado en la experiencia de este centro.

La Limpia fue pionera en crear un espacio que ponía el acento en su segundo nombre: era más un centro educativo que una explotación agrícola y los objetivos docentes primaban absolutamente sobre la rentabilidad económica. A partir de aquí, la granja original que compró la cooperativa con la ayuda financiera de los supervivientes de Atocha se transformó en un complejo adaptado a los fines pedagógicos. Y funcionó. Hasta el punto de que el invento tuvo sus réplicas en no pocos puntos del país. Enseguida surgieron experiencias similares en Zamora, Granada, Lugo o Barcelona. 25 años después de que abriese sus puertas, el Centro Nacional de Educación Ambiental tenía registradas nada menos que 117 granjas escuela con esta denominación, aunque seguramente fuesen más. “Aparecen como setas en el campo”, reconocía en 2004 su presidenta, Clotilde Escudero.

Un campamento rural

El pasado verano, la granja abrió las puertas a Cultura EnGuada con vistas a la publicación de este reportaje. El actual director, José María Hornedo, obró de cicerone por un recorrido agradable, al frescor de la verdura, a pesar de la jornada calurosa. La motivación de quienes se acercan allí sigue ajustándose a los patrones originales: oler a campo, comer sano, reunirse en asamblea, mirarse a los ojos y recuperar el contacto humano. Los pequeños granjeros del siglo XXI dejan de lado los teléfonos inteligentes y las tablets para disfrutar de un campamento en el que ordeñan vacas, hacen máscaras, cine o rap en los talleres, comen productos recogidos con sus propias manos o destilan colonias fabricadas con las plantas aromáticas de la finca. Conviven así con otros chavales de su edad en un entorno privilegiado, un oasis rural a tiro de piedra de un centro comercial, un parque temático de la vida rural donde pueden montar a caballo y reunirse por la noche en una suerte de plaza de pueblo donde protagonizan una función de marionetas. Los campamentos de verano son la opción más demandada de la oferta del centro, que cuenta también con talleres para familias y las visitas de colegios durante casi todo el curso.

¿Qué queda de los planteamientos un tanto utópicos de los fundadores? “Queda lo que se hizo con estos maestros y no tanto que se hayan creado después otras 400 granjas”, indica López-Roberts al ponderar el legado de la iniciativa, cuyo acento sitúa en la revolución de los métodos educativos y lo que tuvo de experiencia para los propios docentes.

Para el actual director, que llegó dos años y medio después de que se fundase el proyecto, “el espíritu actual sigue siendo el mismo que el de entonces”, aunque inicialmente estuviese más marcado por el apoyo que dio a la granja “el grupo de profesores y estudiantes de magisterio que estaban por la renovación pedagógica y que en cierto modo constituían una especie de élite”. Hoy en día el abanico de propuestas es más amplio y ajustado a los nuevos tiempos, incluso a demandas menos románticas, con ofertas concretas como los campamentos en inglés, las experiencias en familia o la celebración de cumpleaños.

Sí perviven algunas prácticas que son ya marca de la casa, como tener el programa de actividades abierto a las propuestas que hagan y decidan en corro los propios chavales, de modo que “se sientan partícipes de lo que hacen”, aunque los monitores procuren luego la mejor organización. Este respeto a las esencias no pervive, en cambio, en todas las granjas escuela que en los últimos años han proliferado en el país, a la vista más de la pasión por la cuenta de resultados que por una vocación pedagógica. “Hay un gran mosaico de experiencias de granja-escuela y muchas se han reciclado hacia conceptos como el de multiaventura”, reconoce Hornedo.

En Guadalajara intentan mantener un equilibrio que no traicione en exceso la idea original. Más de una decena de trabajadores se encargan de que todo esté listo. “Es un trabajo muy absorbente”, dice el director, que desbarata cualquier imagen bucólica sobre la serena vida del granjero. “Se trata de una tarea muy intensa, sobre todo para los monitores”, asegura Hornedo que, como López-Roberts, coincide en destacar que el aprendizaje de los niños constituye la mayor satisfacción para quienes se han puesto al frente de La Limpia. Más allá de que haya niños que allí han descubierto incluso alguna vocación profesional ligada a ámbitos tan dispares como la fotografía o la biología, el logro generalizado de esta forma de transmitir el amor por el campo radica en “el cambio de la manera de relacionarse con la naturaleza que experimentan los niños”.

Desde que abrió sus puertas, por la granja han pasado ya más de 34.000 alumnos en los campamentos de verano y las visitas escolares, según los cálculos que hace la dirección. Los campamentos no son precisamente baratos, con precios que oscilan entre los 192 euros de cinco días de junio hasta los 600 de la quincena en julio o agosto. Pero, quien más y quien menos, ha estado allí algún día. La excursión a La Limpia es un clásico de colegios, institutos y guarderías. “Resulta muy gratificante que llevamos ya unos años recibiendo incluso a los hijos de quienes vinieron en los primeros años, y en algunos casos vienen en familia”, asegura Hornedo. Hay una oferta exclusiva de fin de semana para este tipo de visitas.

¿Y Carmena? ¿Ha vuelto por La Limpia? Aseguran que la actual alcaldesa de Madrid habla muy bien de la experiencia en cuya puesta en marcha colaboró, aunque este digital ha intentado contactar sin éxito con el gabinete de Alcaldía para conocer sus impresiones de primera mano. “El pasado verano un profesor de la granja se encontró con ella y le dijo que guardaba un gratísimo recuerdo”, apunta el actual director. Queda además alguna anécdota recordada con cariño en La Limpia, como el periodo que por allí pasó uno de los perros de la ahora regidora, quien también apuntó a algún nieto a un campamento, así como el vínculo que mantiene con algunos de los fundadores del proyecto, entre ellos la maestra ya jubilada Maricarmen Bueno.

Aprender en el campo

En 1982, con motivo del cuarto aniversario de la fundación de la granja guadalajareña, apareció el libro ‘Aprender en el campo’, en un intento por reflexionar sobre el modelo renovador de educación que se estaba experimentando. “Es necesario que todos comprendan que la escuela no puede ser una estructura cerrada y que es imposible que eduque dentro de sus cuatro paredes”, defendía en el prólogo Fiorenzo Alfieri, pedagogo de la Universidad de Turín que elogiaba que confluyesen incluso los intereses de la escuela privada con los de esta cooperativa agrícola y con los objetivos de las autoridades públicas.

Iniciativas como la de la granja-escuela de Guadalajara marcan una etapa fundamental en la historia de la educación moderna”, aseguraba el experto italiano, no sin optimismo: “Mañana serán recordados como los primeros signos concretos de un radical cambio en el proceso educativo y en la concepción cultural de nuestra sociedad”.

En este libro aparece una pregunta de una niña de 7º de EGB de un colegio de San Fernando de Henares. “¿Por qué las ciudades no las ponen en el campo?” En la aparente paradoja que encierran sus palabras se descubre el tímido despertar de un carácter crítico, de cierta oposición a la resignación, tal vez una primera manifestación de inconformismo que se abre paso desde la tierra, como el brote de la planta a partir de la semilla.