El triunfo del amor eterno

Cientos de guadalajareños asistieron al primero de los dos pases de la XXII edición del Tenorio Mendocino, realizado por la asociación Gentes de Guadalajara.• La lluvia sólo hizo acto de presencia en la última escena, en el jardín de la iglesia del Convento de la Piedad.• Muchos aplausos para la gran comitiva de actores y extras, que realizaron una notable representación en siete escenas.• Hoy, el Tenorio se repite a partir de las 19:30 horas, si la metereología lo permite.


Siete escenas y seis escenarios bastan para narrar la historia del triunfo del amor sobre la muerte, el Don Juan que solo en Guadalajara se hace mendocino. La historia que ambientó José Zorrilla en 1540 bien podría ser solamente la biografía de don Juan, un conquistador nato, -en la batalla y en la cama-, o la de doña Inés, alma cándida al principio, misericordiosa después, con un 'infierno' personal donde se debate eternamente entre el amor a Dios y el amor carnal, convertido en amor con mayúsculas incluso en el más allá.

Si por algo destaca Don Juan Tenorio es por la vigencia del texto, universal: el honor, el amor y la muerte. Es una alegoría de la libertad derivada en libertinaje. Es lo que en términos existencialistas sería el modo en que el ser humano tiene que responder ante sus actos. El ser humano es libre pero eso no quiere decir que lo que haga no tenga consecuencias. En el siglo XVI, la moraleja de toda la segunda parte es una justificación de que el hombre tiene que responder ante Dios. En términos religiosos, aunque el destino trágico tenga una salvación, pagan justos por pecadores.

Cientos de guadalajareños -muchísimos niños entre el público- acudieron anoche al primer pase de la XXII edición del Tenorio Mendocino, Fiesta de Interés Turístico Regional desde hace tres años, que contó con la metereología como aliada -salvo la incómoda lluvia en la escena final, pasada la una de la madrugada- y obtuvo aplausos generalizados, quizás más abundantes para los actores con más peso -faltó Brígida en los saludos finales-.

A destacar también la buena producción, la agilidad en las transiciones de escenas y la obra en general, la dirección a cargo de la actriz guadalajareña Abigail Tomey (sobre 150 personas, amateurs) y la labor de Producciones Malvhadas que puso muy acertadamente, la luz y el sonido. Hoy, de nuevo la cita será a las 19:30 horas en la Concatedral de Santa María, en la taberna mendocina...

Crónica de la Evocación de la Guadalajara del siglo XVI


ESCENA I: PLAZA DE LA CONCATEDRAL/HOSTERÍA DEL LAUREL

En la taberna mendocina, en la plaza de la Concatedral, parece que no hay crisis. Los ducados mendocinos se intercambian sin parar por un vasito de vino. Las viandas se comparten, se oyen risas, capas que vuelan, se ven corsés con collares llenos de cuentas, moños, espadas, dulzainas, mozas, mozos y caballeros que se citan, que se encuentan y terminan poniendo sobre la mesa, apuesta de por medio, la capacidad de conquistar a las mujeres. El asunto no es baladí. Está en juego la vida.

Butarelli -José Mª Sanz- se encarga de narrar a los cientos de espectadores la génesis del Tenorio. Avisa que se irán desgranando versos, que así se hace la magia, que tenorios y mendocinos unieron su sino para ser la misma cosa, hay recuerdos a los que ya no están como Pedro Bodega y Fernando Borlán... es un maestro de ceremonias de mediados del XVI, época en la que Zorrilla -el autor de la obra- sitúa este drama romántico, de capa y espada. “Estilo y sigilo”, gritan todos como lema. Y comienza el baile a ritmo de las dulzainas de los Gaiteros Mirasierra.

Los actores que esperan entrar en la representación siguen con palmas la escena. Se ve a Don Juan (Julio Prego) -de blanco-, a Don Luis Mejía (Jorge Bermejo) -de verde, con un antifaz que destaca sus ojos azules-, espléndidos a la hora de batallar por quién es más valiente, más osado, más enamorador. Ocurre frente a la Concatedral de Santa María, escenario de la transformación de un ventorro en Hostería del Laurel, primer escenario donde se cuece el Tenorio. Ambos recuerdan sus batallas en Nápoles, París... y sus conquistas -56, Don Luis; 72, Don Juan-. En la lista de este falta una novicia a punto de procesar. Don Luis, en cambio, ya solo tiene ojos para doña Ana de Pantoja, con quien se casará en pocos días. ¿Una novicia? Doña Inés, ¿una conquista fácil? Doña Ana. Esa es la apuesta: “bastan solo seis días, uno para enamorar”, dice Don Juan.

Asisten al reto el Capitán Centellas, Ciutti, Don Diego Tenorio -padre del protagonista- y Don Gonzalo de Ulloa -un magnífico Juan Morillo, el único actor profesional de todo el elenco-, padre de doña Inés, que ya advierte que hará todo lo imposible por que su hija, novicia en un convento, siga con su vida monástica y no caiga en las redes de Don Juan. Avisado está.


ESCENA II: LA COTILLA/EXTERIOR DE LA CASA DE DOÑA ANA DE PANTOJA

Los tercios de Flandes -el Grupo de Tambores de la Cofradía de la Pasión del Señor- marcan el paso de ciudadanos y actores hacia el Palacio de la Cotilla. Demasiada muchedumbre para espacio tan reducido. Es difícil hacerse con un hueco para ver bien la escena. La visibilidad de la obra es uno de los hándicaps durante toda la función. Debería ser una de las prioridades aunque es claro que lo dificulta el hecho de que el Tenorio se desarrolla en escenarios naturales, en esquinas, en jardines -salvo el Patio de los Leones del Infantado, donde más aforo se permite-. En el zaguán, en la penúltima escena, lograron apiñarse más de dos centenares de personas. Puede más la pasión por esta obra que la comodidad, lo aseguro.

En el Palacio de la Cotilla, el Grupo de José Antonio Alonso musica la ronda espléndidamente. Don Luis Mejía abre su corazón al respetable. Ama a doña Ana de Pantoja -acertadamente tierna y enamorada la joven Raquel Sánchez-, y se anticipa a verla para asegurarse que su amor es correspondido, antes de que Don Juan entre en escena. No se verá este último encuentro, pero después se comprenderá que doña Ana también cayó ante el hechizo del apuesto Don Juan.

Suenan las voces de la Coral Polifónica La Esperanza, mozos y mozas cantan 'A la vida, vidita bona, vida, vámonos a chacona', del compositor catalán Juan Arañés -y que Cervantes incluyó en dos de sus Novelas Ejemplares-. Entra en acción Brígida -esa Josefina Martínez que con el tiempo ha convertido su personaje en una simpática celestina, alcahueta traviesa, perfectamente extrapolable a la madrastra/bruja de Blancanieves-. Ella engrasa la maquinaria precisa para que la trama prospere. Se gana la vida conectando corazones y lo consigue, arrancando las únicas sonrisas del público en la noche.


ESCENA III: PATIO DEL CONVENTO DE LA PIEDAD/CELDA DE DOÑA INÉS

Yo no quería pero él me enamoró, parece decir Doña Inés, en su celda. Fue una de las escenas más logradas de la noche. A la joven Julia Piera le toca dar vida a la joven enamorada, que se deja guiar por las artimañas de Brígida y que cae, sin remisión, a los brazos de Don Juan, que entrará en el convento para raptarla y llevarla a su quinta.

Estupendo el Patio del Convento de la Piedad. Es un marco incomparable. Visto así, con el aforo lleno, se antoja incluso como un escenario a tener en cuenta para futuras actuaciones musicales. En la escena que nos ocupa, también había música, pero celestial, a cargo de un nutrido grupo de monjas cerca de las once menos cuarto de la noche.

Tomey ha querido, muy acertadamente, aprovechar todo el espacio del Convento e invita al público a que disfrute también con el recorrido del grupo de monjas, que suben las escaleras y atraviesan todo el claustro con un eterno canto, bajito, susurrante.

Carmen Niño encarnó anoche la madre abadesa -hoy lo hará Mª Pili San Juan, según indica el programa de mano-, que custodia el convento.

Doña Inés ya está enamorada pero la carta que le escribe don Juan y que Brígida le hace llegar termina por arrebatarla. Los dos jóvenes se encuentran y sucede lo inevitable: ella pierde la conciencia en brazos del joven galan y él se la lleva. Don Gonzalo de Ulloa, que le sigue los pasos, llega tarde al convento. Su hija ya no está. “Imbécil”, grita Don Gonzalo a la madre abadesa. Imponente final.

La escena es, en general, espléndida, pero es una lástima que el vestuario -perfecto- chirríe por un calzado mal elegido. En un convento es extraño que alguien ande con tacones.


ESCENA IV: PATIO DE LOS LEONES/QUINTA DE DON JUAN

Es la escena más reconocida por ese monólogo en el que Don Juan pregunta a su ángel de amor si no cree que en esa apartada orilla del Guadalquivir, donde se ubica su casa, la luna brilla más pura que en ningún otro sitio y se respira mejor. Antes de comenzar la escena, al pasar por el zaguán, el público se encuentra con un óleo vivo. Es la familia Mendoza, inmortalizada como si de un panorámico cuadro -muy buena iluminación- se tratase. Los Mendoza, nobles, obispos, la duquesa de Éboli... estamos en el Palacio del Infantado y es una forma original de hacer también historia.

En el Patio de los Leones, la escenografía se simplifica. Apenas un banco, una celosía para ver sin ser vistos y una escena de amor. Hay una introducción a la historia del Palacio -un guiño turístico-, con alusiones al arquitecto y escultor Juan Guas, artífice del Infantado.

Brígida abre la escena. Le sigue un Don Juan desconocido hasta ahora, un poco más apasionado de lo necesario, que se desarma ante Doña Inés, virtuosa y más cuerda de lo que cabría esperar. Mejor Don Juan en la escena con Don Luis Mejía, que viene a rendir cuentas con la espada por haber encandilado -por imposible que pareciese en la tercera escena- a su Doña Ana de Pantoja.

La escena crece con este lance y con el que después tendrá con Don Gonzalo, que no ceja en el empeño de recuperar a su hija. Buen morir tienen este y Don Luis, aunque hicieran reir al público.


ESCENA V: IGLESIA DEL CONVENTO DE LA PIEDAD/PANTEÓN DE LOS TENORIO

He aquí un punto de inflexión. El Tenorio más clásico, el de enredos y fábulas amorosas se despide para abrir otro capítulo. Zorrilla da un giro hacia un texto más profundo, más filosófico si se quiere, lleno de reflexiones sobre el existencialismo y valores éticos, religiosos.

Ya están todos muertos, menos Don Juan (Fernando Catalán), con más años, que vuelve a Sevilla a visitar el Panteón donde están sus víctimas. Fantástica recreación de los personajes, convertidos en estatuas. Don Juan se encuentra con el escultor que ha trabajado los bustos. En su diálogo, se nota a Don Juan arrepentido, que incluso llora a los pies de la sombra de Doña Inés -toma el testigo la joven María Nieva-, muerta de tristeza y amor. Es una reunión de espíritus, que le señalan como pecador. Logran humillarlo pero no fulminar. Don Juan consigue sacar su lado más osado, más guerrero, y termina invitando a cenar a los muertos, en especial, al Comendador, Don Gonzalo de Ulloa.


ESCENA VI: ZAGUÁN DEL INFANTADO/APOSENTO DE DON JUAN

El zaguán del Infantado se convierte en el aposento de Don Juan. Le acompañan sus viejos amigos, el Capitán Centellas y Avellaneda. Más de 200 personas siguen la representación, pese a estar cerca la una de la madrugada. Alguien entre el público hace mención a que la escena se debería hacer mejor en el patio.

Es un brindis por la memoria, el último banquete de Don Juan, que incluso se ve amedrentado. Los ánimos no son los mismos, ya no es el bravucón de los primeros actos. Y cuando el espectro del Comendador aparece -mientras el Capitán Centellas y Avellaneda 'duermen' tras beber de la copa- discuten. Es el reencuentro entre ambos tras el duelo que acaba con su vida en la Quinta de Don Juan. Don Gonzalo le reprocha no sólo que le haya mancillado el honor y le haya matado, sino además que se ría de él. Doña Inés le anuncia que su vida llega al final.


ESCENA VII: IGLESIA DEL CONVENTO DE LA PIEDAD/PANTEÓN DE LOS TENORIO

La escena final empezó con lluvia, aunque la función continuó. Las gotas dieron más realismo, incluso, a este punto y final, en el que Don Juan ve cómo un grupo de alguaciles portan su propio féretro. Suenan las campanas por su funeral. Es una manera poética de representar que su última hora ha llegado. Don Juan no cree en la vida eterna. Por eso, cuando ve que sus muertos sí que viven esa otra segunda vida, él se amedrenta. ¿Pagaré en la otra vida lo que no pagué en esta?, parece preguntarse.

Doña Inés, representante de la pureza en todo momento, le libra de sus fantasmas y le demuestra que el amor verdadero es el que perdona y es para siempre. Es el que salva. Doña Inés da su alma a Dios por un Don Juan, que convence con su actuación. La joven consigue que la dudosa salvación que tendría él por su pecadora vida, se transforme en penitencia y que, finalmente, crea: “Es el Dios de la clemencia, el Dios de Don Juan Tenorio”.

Fotos: Rubén Madrid

 

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