Morir de tanto soñar

La adaptación de 'Madame Bovary' de Pentación atrajo a unos 800 espectadores al Buero Vallejo. • El montaje evoluciona desde el drama romántico hasta un apoteósico y trágico final. • El actor Juan Fernández firmó la mejor actuación de la noche como Carlos Bovary, mientras que Ana Torrent brilló en el último acto.


Se puede perder la cabeza por amor hasta morir. Y no por un amor concreto, sino por el Amor mayúsculo de los poetas y los soñadores empedernidos. Emma Bovary es sin duda el personaje femenino de la literatura que mejor encarna esta locura romántica que ayer viernes se representó sobre las tablas del Buero Vallejo en la versión libre -aunque fiel al argumento que ideó Flaubert- que dirige Magüi Mira y que protagoniza Ana Torrent.

Esta adaptación teatral que firma Emilio Hernández es una versión propia porque resume en menos de dos horas una obra monumental y densa, que avanza a un ritmo más propio de la angustia que del dinamismo que exige un drama. Necesariamente, la versión para la escena deja el argumento en la raspa, sacrifica muchas de las dudas que tiene la mujer infiel, pero, sobre todo, la mujer insatisfecha con el mundo, y prioriza el triángulo amoroso de la protagonista sobre otros aspectos muy interesantes del libro, como la decadencia de la moral de la época, que aquí queda en segundo plano.

Hay en el libro un conflicto existencial por el que pasa de puntillas el montaje de Pentación que, en cambio, tiene el acierto de asumir el reto de traducir la mecánica narrativa del escritor, en la que todo el engranaje avanza hacia el clímax del suicidio. Un momento que el montaje resuelve de un modo muy propio y adecuado para la tragedia.

El triángulo de la tragedia

Tras una presentación del conflicto en cuatro escenas (en las que quedan trazadas las bases de la historia) y un desarrollo con altibajos -demasiado forzado el enamoramiento con Rodolfo, por ejemplo-, las últimas escenas, que conformarían un tercer acto en la estructura clásica, son sublimes: a partir del monólogo de Emma fumando (Ana Torrent mejora su interpretación conforme avanza la la obra) se desencadena un final apoteósico que culmina el marido, en una muestra de amor real, pegado al suelo, que pone los pelos de punta gracias al trabajo de un sensacional Juan Fernández. El amor prosaico del marido protector y preocupado por que a su mujer no le falte de nada -pero, ¡ay!, le falta todo-, ese amor que pareciera minúsculo, se hace mayúsculo.

La fatalidad de Emma Bovary es aquí la de la mujer que sueña con volar más lejos: “Me gusta leer y vivir otras vidas”, dice. “No se puede vivir sin soñar”. Sin embargo, la realidad acaba por arruinar sus sueños -tanto León como Rodolfo terminan por rechazarla- y sus delirios derrumban su realidad, la confortable vida que el doctor había reservado para su familia. Emma resuelve a la moda romántica y busca en la muerte la evasión: “Me gustaría abrir la ventana y volar como un pájaro”.

Hay algunos elementos chirriantes en la obra: varios giros cómicos, innecesarios en un drama; la falta de remordimientos de Emma en sus adulterios; y su caracterización, con algunas expresiones y tics demasiados modernos para una mujer del siglo XIX. Hay más química dramática en la historia con León (Fernando Ramallo, muy creíble en su papel de joven soñador) que con Rodolfo (discreta interpretación de Armando del Río).

Muy bien escrita, con mejores monólogos que diálogos y con un ritmo bastante aceptable -en el que colaboran las transiciones musicales entre escenas, con una melodía asignada a cada hombre con el que se relaciona Emma-, esta 'Madame Bovary' de Magüi Mira salda una tarea ingente: la adaptación de la obra maestra de Flaubert, pórtico de la novela moderna. Para conseguirlo, sin embargo, reduce a un drama romántico un proyecto literario de categoría ética, con el que su autor original quiso dar por terminados sus escarceos juveniles con el Romanticismo.