El (necesario) mapa de la vida

Blanca Portillo y José Luis García-Perez firman una brillante actuación en 'El Cartógrafo', de Juan Mayorga, que el viernes reunió a 700 espectadores en el Teatro Buero Vallejo. • Lluvia de aplausos final para una obra que explora la necesidad de recordar la historia y no olvidarla. 


Igual que la historia se ha servido de mapas para ser explicada, para esbozar territorios desconocidos, lugares imaginarios o visualizar catástrofes, la vida necesita de sus propios dibujos. 

'El Cartógrafo', de Juan Mayorga, que reunió el viernes en el Buero Vallejo a unos 700 espectadores, es un complejo y fantástico texto que obliga a reflexionar sobre esos atlas vitales con tres historias que caminan de la mano y se cruzan generando a su vez un nuevo mapa teatral. El espectador asiste a ese atlas durante dos horas sin descanso y entregado gracias al exigente y brillantísimo trabajo actoral de Blanca Portillo y José Luis García-Pérez. Los dos, como llevados de la mano, dan vida a los doce personajes de esta historia escrita por Mayorga, que también se ha encargado de la dirección.

El mapa de 'El Cartógrafo' comienza en la Varsovia actual. Blanca, mujer de un diplomático, se pierde por las calles buscando los lugares de un antiguo mapa del gueto judío que, según cuenta una leyenda, fue dibujado por una niña a petición de un viejo cartógrafo al que sus piernas le impedían recorrer las calles. El mapa de 'El Cartógrafo' prosigue en un sótano de la Varsovia ocupada donde un viejo dibujante de mapas pide a su pequeña nieta que le ayude a dibujar el mapa real del gueto judío. Afuera, el mundo es un desastre, muchos conocidos mueren, otros son deportados y no hay apenas comida que llevarse a la boca. 

A partir de ahí, la historia, las historias, fluyen solas y el espectador comienza a soñar con los actores. Es un texto lleno de simbolismos, donde se hace teatro dentro del teatro, desarrollado con una mínima escenografía embellecida con sonidos y ligeros golpes de humor y que potencia la imaginación del espectador. Tanto, que llega a ver -donde físicamente no hay- decenas de mapas, pasillos, personajes, peligros, fotografías, una calle polaca, una imprenta clandestina, un sótano, una casa de antigüedades, una fiesta de la embajada de España en Varsovia o el dolor del Holocausto, que no se escenifica pero que Blanca describe con escalofriantes datos en una especie de aparte teatral, donde se sincera con el público.

La que va devanando la madeja es Blanca Portillo. La actriz es la esposa del diplomático que no ceja en su empeño en encontrar el mapa con el que arranca la historia, que se convierte también en cartógrafa para llegar hasta la verdad última, viviendo un proceso que, al final, le sirve para desentrañar la madeja de su propia vida. Pero también es la nieta del cartógrafo, Déborah, que va creciendo hasta hacerse anciana. A su lado, José Luis García-Pérez es el viejo cartógrafo; es Raúl, el marido diplomático que asiste un tanto incrédulo a ese gusto de su mujer por los mapas; es un anticuario al que Blanca visita; es el impresor para el que Déborah/Blanca trabaja. Ambos están soberbios.

Entre sus muchas lecturas, 'El Cartógrafo', al que quizás le sobre un poco de minutaje, arroja también una reflexión sobre la realidad y las representaciones que necesitamos hacer de ella para comprenderla; una reflexión sobre la memoria histórica, sobre el recuerdo necesario para no olvidar, porque el olvido asusta (“Todo va a borrarse, la cabeza es como un mapa rodeado de agua, un papel que quiere deshacerse”, dice Blanca, en un momento de la función). Y también, es una reflexión sobre la verdad y la subjetividad. Porque hay mapas que engañan, cartografías falsas. Porque los mapas no nos cuentan todo, porque no son iguales según quién los trace, porque cambian según avanza la vida. Porque al igual que en un mapa se sintetiza, en la vida cada uno elige lo que más le marca para completar el dibujo más preciso que represente mejor su identidad. Es el consejo del viejo cartógrafo a Blanca: “debes mirar, escoger, representar”. Y es la letanía de esta obra que en sí misma es un viaje descalzo y en rojo (pasión, dolor, sangre...) -el único color del vestuario y de la escenografía- que, al fin, interpela a quien asiste a la historia desde su butaca: ¿cómo dibujarías tú el mapa de tu vida? 

Y el círculo se cierra con una visita a la vieja Déborah -impecable interpretación donde García-Pérez asume el rol de Blanca- y con una doble catarsis de pareja que explica la tragedia por la que han dejado de amarse y ya no son los mismos: Blanca pide a Raúl que le trace con tiza su silueta, tendida en el suelo. Raúl le pide lo mismo. “Ayúdame a comprender el mapa de mi (nuestra) vida”, parecen decirse el uno al otro, en lo que resulta un gesto de amor, con el que la luz se apaga del todo.

No extrañó la lluvia de aplausos que siguió al final y que obligó a salir tres veces al escenario a los dos actores que terminaron fundiéndose en un abrazo.