Dos 'locas' maravillosas

Lola Herrera y Juanjo Artero dan vida a una madre y a un hijo en esta deliciosa y poética reflexión sobre la fragilidad de la vida. • Unos 800 espectadores acudieron al Buero Vallejo el viernes. 


¿En la vejez hay belleza?¿lo hay en la vida? Belleza y temor. Y mil sensaciones más. 'La velocidad del otoño', dirigida por Magüi Mira, reúne sobre el escenario, ocho años después de la comedia 'Seis clases de baile en seis semanas', a Lola Herrera y Juanjo Artero. Los dos firman en el Buero Vallejo una función de hora y cuarto, muy catártica, que habla de la frugalidad de la existencia, de la fragilidad humana, de cómo enfrentarse a la recta final de la vida y de los miedos que a todos nos acompañan siempre, aunque seamos jóvenes. 

Cuando sube el telón, vemos a Alejandra, una artista de 79 años, que está durmiendo mientras suena una pieza de ópera. Su hijo Cris -un joven gay, dibujado con credibilidad por Juanjo Artero, que no roza siquiera la línea de la caricatura- entra en la casa, por la ventana, después de 20 años sin saber nada de su familia, con el fin de mediar entre su madre y sus hermanos. La mujer está decidida a volar la casa -por eso aparece rodeada de varios cócteles molotov, botellas con líquido de revelado en su interior- si sus hijos se empeñan en sacarla de allí y llevarla a una residencia. Ella quiere ser libre hasta el final, aunque sus hijos crean que está chalada.

Lola Herrera se sumerge en este personaje cómico, lleno de interrogantes pero determinación al mismo tiempo, y consigue llevar deliciosa y fantásticamente, como un vals, al espectador por el encuentro que se produce con su hijo pequeño. En el fondo, asistimos a un espejo. Cris es el único hijo al que Alejandra inoculó el amor por el arte y la sensibilidad. Un fiel reflejo de ella, un compañero que la comprende y que ansía lo mismo que su madre, la libertad. Poco a poco, el público va descubriendo esta complicidad en un diálogo forjado de recuerdos y bofetadas de realismo, con un guion que alterna la emoción y la sonrisa, con clímax francamente fantásticos como el monólogo de Herrera describiendo los cuadros del Museo Sorolla o los de Artero, al recordar el accidente mortal de una desconocida y al describir un ritual de indios navajos. 

Los 800 espectadores que asistieron anoche al Buero aplaudieron mucho -algunos se pusieron de pie, incluso- esta comedia agridulce que pone el acento en la importancia de la dignidad, la empatía y la libertad humana y en la necesidad de sentirse acompañado y entendido en momentos claves de la vida.