Detrás de la foto

Algo más de 200 espectadores asistieron el sábado al mano a mano sobre las tablas del Buero entre Alberto Jiménez y Jordi Rebellón en una fiel adaptación de la novela ‘El pintor de batallas’ de Pérez-Reverte.


Tras el velo de cada foto está la vida. Y detrás de la coraza, el hombre. En la otra cara del retrato y en la otra cara de la máscara se descubre una realidad que escuece, en la que todos somos culpables. Esa es la trágica visión de la condición humana que el escritor Pérez-Reverte tiene por marca de la casa y que el director teatral Antonio Álamo dispone sobre las tablas en su versión de ‘El pintor de batallas’, que ayer llegó a un Teatro Buero Vallejo de Guadalajara con algo más de 200 espectadores.

Con unas interpretaciones más que solventes, una interesante propuesta escénica que le saca partido a través de una gran pantalla a los murales que pinta el protagonista en su refugio y unos diálogos ágiles –pese a su carga de profundidad–, la adaptación de la novela más reflexiva e introspectiva de Pérez Reverte guarda una enorme fidelidad al original y lo adapta sin estridencias, aunque tampoco sin destellos, con un resultado notable.

El montaje plantea un mano a mano entre Alberto Jiménez (entre los 15 seleccionados al Max, como la propia producción) y Jordi Rebellón, que encarna a Andrés Faulques, prestigioso fotoperiodista de retiro en una torre de un pueblo del Mediterráneo en la que se dedica a pintar murales de batallas históricas. Un día se presenta allí Ivo Markovic, soldado anónimo de la guerra de los Balcanes dispuesto a matar al reportero que le ha arruinado la vida con una foto: un retrato que incluso mereció un importante premio –esa es la cara de la foto– y que al retratado le condenó a perder a su mujer y su hijo –esa fue su cruz–.

¿Qué hay detrás de esta foto? ¿Qué hay detrás de cualquier foto? ¿Es cualquier foto de un reportero una foto cualquiera para el retratado?

La interesantísima propuesta narrativa sirve de excusa en la novela como en la adaptación teatral para hablar de la vida durante un encuentro de 80 minutos entre Faulques y Markovic. El reportero es un tipo descreído. Ha vuelto de los infiernos y entretiene los días entre coñac, analgésicos y otros consuelos. Pinta el mural de algo así como la madre de todas las batallas. Dice que “la guerra devuelve al hombre al caos del que procede”, que nos despoja de la cultura y de los buenos modales para retratarnos como lo que verdaderamente somos, unos auténticos hijos de puta. Y aquí, asegura, no se salva nadie. Ni siquiera las víctimas, como su repentino invitado. Está fantástico Rebellón, que estremece en un pasaje de agudeza excepcional al rememorar su encuentro con un francotirador. Es Pérez-Reverte en estado puro.

El personaje de Jiménez, en cambio, se resiste a resignarse. No cree que nuestro destino esté necesariamente guiado por las leyes invisibles de la probabilidad. Rebate al reportero echando literalmente espumarajos por la boca. Tiene sed de venganza, pero se contiene –porque antes que nada quiere entender los motivos del otro–. Duda. Finalmente, culmina su ejecución desenterrando el episodio más doloroso para el fotógrafo,  reabriendo la herida, retirándole la coraza que necesita para sobrevivir. El hombre que había detrás de la foto mira a los ojos al hombre que había detrás de la máscara. Ambos comprenden.