Rimar en la misma dirección

Los diez artistas internacionales del proyecto ‘La poesía anda por las calles’ estrenaron ante más de 600 espectadores en el Buero un espectáculo de poesía oral experimental, ecléctico y emocionante.


Ésta no es una crónica al uso. Pero es que el espectáculo de ayer en el Buero tampoco lo fue. Asistimos a un Viernes de los Cuentos sin cuentos, poético y teatral; una función en la que sobre el escenario había ocho actores en busca de autor, un recital–pero en realidad algo más grande– ecléctico y experimental. Y muy emocionante.

Si a un proyecto sobre narrativa europea le hubiese dado por encerrar en un mismo albergue de una ciudad medieval durante quince días a una española, tres portugueses –una afincada en Madrid–, tres franceses –uno apellidado Capobianco–, un cubano y dos italianos, a buen seguro que sólo se habría necesitado descubrir una noche un cadáver en el pasillo para tener listos todos los ingredientes de una novela. Pero la poesía, en cambio, ha formado con un cóctel de lenguas, rostros y caracteres todo un sueño de libertad. Es un sueño interpretado por una coral polifacética, políglota y diversa (pues dice versos). Que derrumba muros y que levanta puentes. 

El espectáculo ‘La poesía anda por las calles’ ha sido un desafío arriesgado. Los cuatro socios del proyecto europeo liderado por el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de Guadalajara han escogido dos poetas orales cada uno –dicho de otro modo, cada cual de su padre y de su madre–, los dejó el 1 de marzo en la Hospedería Porta Coeli de Sigüenza y les puso un contador de 15 días para que crearan a contrarreloj un espectáculo que se estrenaría el 17 de marzo en el Teatro Buero Vallejo de Guadalajara, para luego llevarlo a Fundao, Grenoble y Cologno Monzese. Los artistas no se conocían previamente. La mayoría estaba acostumbrado a actuar en solitario –son poetas y narradores orales– y a dirigirse a sí mismos sobre el escenario. Tenían que ponerse de acuerdo en crear un discurso y desarrollar una puesta en escena convincente. Sin renunciar a sus estilos –por eso estaban allí– pero dispuestos a hacer sacrificios, si querían salir de allí.

Era todo un reto que quedó en las manos de Pepito Mateo, francés de padre español, un hombre de teatro de mente abierta, modales exquisitos y sonrisa cálida. Con la ayuda de dirección de una artista lusa afincada en Madrid, Sarah Reis, ha sido el encargado de encajar tan diversas piezas en un espectáculo que habla de la libertad, de la capacidad de las palabras para ponerse unas sobre otras hasta tender puentes por encima de todos los obstáculos de la incomunicación –que no es sólo verbal–, que habla de la posibilidad (¿o es necesidad?) de la poesía como arma cargada de un futuro sin muros. De cómo hacer Europa desde el corazón.

 Galería de la función en el Buero Vallejo / Fotos: R.M.  

 

El esfuerzo ha sido brutal. Pepito Mateo ha tenido que coordinar una orquesta con ocho solistas. Mario Bertasa se pone al piano y Giacommo Spica Capobianco utiliza varios instrumentos propios –entre ellos un bajo de una cuerda que también funciona a modo de flauta, todo un artilugio– para recrear las atmósferas. El peso de los recitales y de la teatralidad recae sobre la alcarreña Estrella Ortiz (capaz de poner los pelos como escarpias dibujando una golondrina en el aire), la francesa Nathalie Thomas y la portuguesa Cristina Paiva –que trasladan al público los aromas de nuestros países vecinos, a veces con emotivos cantos–, el también luso Jorge Serafim y la italiana Alessandra Racca, que marcan un plus de dramatismo al conjunto. Y luego está Alexis Díaz Pimienta. Un verso suelto que pone el contrapunto, un virtuoso del repentismo que enardece al auditorio y que improvisa porque es su mejor modo de tener medida su participación en el espectáculo.

El resultado de esta fusión imposible lo vieron este viernes en el Buero más de 600 espectadores, entrada récord de la temporada Viernes de los Cuentos, a la altura de una ocasión tan especial. El miércoles, no obstante, el auditorio municipal del Pósito de Sigüenza había asistido al preestreno.

¿Y qué se vio? Una obra obligatoriamente ecléctica y todavía abierta a más posibilidades, en una suerte de ‘work in progress’ que ha descubierto caminos que aún están por explorar. La función arranca con los actores ‘malencarados’ los unos frente a los otros, como muros humanos que se levantan desafiantes entre sí. Durante un primer tramo, cada uno de los ocho artistas propuestos para este proyecto introduce el tema, practicando poesía a su manera. Pesan en este tramo la solemnidad de la propuesta –tal vez en exceso–y el estatismo de los actores sobre el escenario, pero emocionan ya algunos pasajes cantados y despunta la ‘performance’ de un Bertasa desgarrándose junto al piano.

Galería de la función en El Posito de Sigüenza. / Fotos: R.M. - SLIJ.

La obra despega con la primera aparición del cubano Alexis sobre las tablas, insistimos que improvisando (sus versos en el estreno del Buero no coincidieron con los del preestreno del miércoles en Sigüenza). A partir de ahí el montaje gana fluidez, con un ‘crescendo’ que cada vez mezcla más y mejor las voces y los estilos. Hay cruces muy arriesgados, como el dueto entre la embelesadora Estrella Ortiz y el agitador Spico Capobianco. Aunque hay destellos individuales, la función emociona sobre todo en un tramo final en el que funcionan muy bien algunos cuadros más sencillos, gestos simbólicos y poemas a varias voces. 

Triunfa la poesía como método. Hay un grito compartido de libertad que se clava en el espectador, en quien los poetas depositan la energía y la magia de la poesía para que, al acabar la función, se los lleven puestos. Con ellos camina ya la poesía por las calles de la ciudad, derribando muros y levantando puentes. No hace falta saber latín para entenderlo: rimemos todos en una misma dirección.

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