Perdidos en el laberinto

Ultramarinos de Lucas estrena ‘Nada’ en Alcalá de Henares, adaptación de la atrevida novela de Janne Teller sobre el modo en que un grupo de jóvenes lleva hasta el límite su búsqueda del sentido de la vida. 


No merece la pena existir”, dice Antón, el protagonista resabiado y descreído de ‘Nada’, que anda por las ramas y que desde su atalaya mira al resto necesariamente por encima del hombro. Pareciera que allí le susurra sus versos el poeta José Hierro: “Después de nada, o después de todo / supe que todo no era más que nada”. Antón, el más listo de la clase, decide precisamente abandonar el instituto (¿para qué seguir estudiando... para nada?), subirse a un ciruelo y proclamar desde sus alturas que la vida es un absurdo.

¿Y si tiene razón? ¿Y si nuestra existencia es un inmenso paréntesis entre la nada de antes y la nada de después? ¿Y si todos esos esfuerzos por creer que hay cosas que nos importan son en vano? 

El Corral de Comedias de Alcalá estrena este viernes para público adulto (lo hizo ya este jueves para alumnos de instituto) la adaptación de la compañía alcarreña Ultramarinos de Lucas de la novela juvenil ‘Nada’, de la danesa Janne Teller. En su planteamiento, un gran interrogante de la filosofía de todos los tiempos: ¿es nuestra existencia un completo absurdo? ¿Merece la pena vivirla? 

Antón piensa que no. Pero su propuesta, vivir colgado de una rama, no resulta muy seductora. Ya lo vino a decir el filósofo y escritor existencialista Albert Camus en ‘El mito de Sísifo’: aunque venir a este mundo nos resulte absurdo, la única alternativa al suicidio es darle un sentido a este tránsito. Y es lo que parecen pensar el resto de muchachos del grupo de clase de Antón cuando se afanan en demostrarle que hay cosas que verdaderamente importan. Y por eso deciden irse a una nave abandonada de un descampado y convertirla en una suerte de templo sagrado donde instalar un altar con las cosas que llenan de significados sus vidas. Quieren hacerle bajar para que vea que la vida tiene un sentido y que son algo... o mejor dicho: alguien. 

En su demostración, los chavales serán capaces de llegar tan lejos como resulte necesario para impresionar al 'rarito' de su amigo. Pero será en esta búsqueda donde se pierdan. Parten de un juego aparentemente bienintencionado que acaba por llevarles hasta un laberinto sin salida, donde cada puerta descubre un pasillo todavía más oscuro, quedando totalmente atrapados en una espiral cada vez más siniestra y obsesiva.

Todo esto, que en realidad puede ser muy sesudo, Ultramarinos lo presenta sobre las tablas con agilidad narrativa, sólo detenida en ciertos momentos de clímax, resueltos con un lirismo que ya es marca de la casa. Esto es lo que diferencia a esta ‘Nada’ de ‘En la ardiente oscuridad’ que escribiera Buero, a la que tanto se parece en su planteamiento, pero tan poco en su desenvoltura. El descenso a los infiernos de estos chavales de ‘Nada’ es un viaje salpicado de preguntas y sugerencias, sin dogmatismos, incluso sin respuestas, que dibuja un signo de interrogación en la cara del joven espectador, pero también del adulto, un público al que los actores miran a los ojos cuando rompen literalmente la cuarta pared para saltar hasta el patio de butacas.

Salvan los cuatro actores un obstáculo nada fácil, el de hacerse pasar por chavales de 16 y 17 años. Antón, interpretado por el también director del montaje Jorge Padín, ejerce una atracción fatal sobre el resto, el grupo de muchachos que interpretan con desparpajo Juam Monedero, Juan Berzal y Marta Hurtado –varios cada uno– y que en realidad funcionan como un único personaje coral que le da la réplica al singular muchacho. Todos estos chavales inicialmente luminosos e inocentes sufren una transformación radical, entregan lo que más les importa y, con ello, revelan sus secretos, derriban a sus ídolos y pierden –unos más que otros– su pureza en una escalada de sacrificios que parece no tener límite. Todos descubren al final que hay otros que intentarán decidir qué es lo que importa e incluso ponerle un precio.

Con una estructura clásica de presentación (muy breve), desarrollo y desenlace trágico, Ultramarinos lleva durante hora y cuarto al público adolescente, para el que está pensada la obra (a partir de 14 años) hasta el límite de la experiencia teatral, aquella que juega con fuego casi hasta quemarles y que rompe las barreras entre la realidad y la fantasía hasta confundirlas. Y propone, para completarlo, un interesante debate tras la función sobre el contenido de la obra y sobre las emociones y sensaciones que han tenido los muchachos en la butaca, dentro de un proyecto más amplio que ha culminado con el estreno de este espectáculo en el Corral de Comedias de Alcalá y que previamente ha contado con un ciclo de charlas para alumnos con la directora teatral Nina Reglero, el filósofo Santiago Alba y la autora de la novela adaptada. 

El debate, que incluye también la presencia de episodios truculentos sobre el escenario y su tratamiento artístico, está servido. Ultramarinos de Lucas, Premio Nacional de las Artes Escénicas para la Juventud y la Infancia 2015, ofrece en esta obra incluida en el magnífico ciclo madrileño Teatralia, no sólo otra emocionante aventura teatral a las que ya nos tienen acostumbrados, sino una reflexión filosófica a partir de un catálogo de interesantes preguntas que plantea la función y que resultan ideales para debatir en clase o en la cafetería. Hay un enorme abanico de respuestas, desde el “no merece la pena existir” de Antón hasta la optimista sentencia que dejó en su conferencia de este miércoles en Alcalá la escritora de 'Nada', Janne Taller, cuando dijo que la vida, sobre todo, es un regalo. Hay luz al final del laberinto. 

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